The Bad Plus
Feat. Craig Taborn & Chris Potter
CNDM Jazz en el Auditorio
30
Marzo, 2026
Text: Pedro Andrade
Photos: © Elvira Megías
CONCERT REVIEW. In&OutJazz Magazine
The Bad Plus: Reid Anderson, contrabajo / Dave King, batería / Craig Taborn, piano / Chris Potter, saxofón tenor. Ciclo de Jazz en el Auditorio del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM).
The Bad Plus, Craig Taborn y Chris Potter, reviven el espíritu de Keith Jarrett de los 70 en un cierre histórico del Ciclo de Jazz en el Auditorio del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM).
El 27 de marzo, el Auditorio Nacional de Madrid clausuró el ciclo Jazz en el Auditorio 2025-2026 con una de esas veladas que no se limitan a suceder en el tiempo, sino que lo suspenden. Lo que se vivió en la sala de cámara del Auditorio fue una invocación, un regreso a la fuente, una conversación con la memoria viva del jazz moderno. The Bad Plus (Reid Anderson, contrabajo; Dave King, batería), junto a Craig Taborn (piano) y Chris Potter (saxo tenor), ofrecieron un homenaje de altura al American Quartet de Keith Jarrett, aquel laboratorio sonoro de los años setenta en el que Jarrett, aún lejos de la celebridad planetaria que alcanzaría después, comenzaba a esculpir una voz propia entre la libertad, el lirismo y el riesgo.
Hablar de este concierto es, en realidad, hablar de un Keith Jarrett anterior al mito: del músico que, en los primeros setenta, junto a Dewey Redman, Charlie Haden y Paul Motian, exploraba una idea de grupo donde la música no se imponía como forma cerrada, sino como pensamiento en movimiento. Aquel cuarteto no fue simplemente una formación histórica: fue una manera de entender el jazz como respiración compartida, como filosofía de la escucha. Y precisamente eso fue lo que estos cuatro gigantes contemporáneos supieron restituir con una intensidad conmovedora.
La apertura llegó con la contundencia de lo inevitable: una música construida por secciones, por irrupciones y repliegues, por solos que no eran exhibición sino discurso. Dave King, con las baquetas primero y las varillas después, marcó el pulso de una energía torrencial; Reid Anderson levantó desde el contrabajo una arquitectura armónica de una claridad asombrosa, articulando modulaciones y desplazamientos tonales con una elocuencia casi narrativa. Mientras tanto, Craig Taborn parecía practicar el arte de la contención: la nota justa, el silencio exacto, la inteligencia de quien sabe que el verdadero poder del piano no está en la abundancia, sino en la precisión. Sobre ese entramado, Chris Potter desplegó un discurso de una solidez implacable, de fraseo amplio y pensamiento estructural, capaz de tensar y expandir la materia sonora sin perder nunca el hilo interno del relato.
Uno de los momentos más memorables llegó con “Le Mistral”, composición de Keith Jarrett incluida en Treasure Island (1974). Allí el grupo sostuvo un motivo casi obsesivo, como si la música quisiera pensarse a sí misma desde dentro. El tema se desplegó como una corriente de aire que no cesa, un movimiento circular que permitía a los músicos pasarse el discurso como un hilo que se entrelaza y se transforma continuamente, sin que la tensión decayera un instante. La pieza, en manos de Taborn y Potter, adquirió una dimensión casi metafísica: más que avanzar, se mantenía, capturando matices en cada vuelta.
La dimensión más introspectiva de la noche se alcanzó con “Silence”, perteneciente a Bop-Be (1978), una de las últimas estaciones de aquel universo creativo. En este homenaje, la pieza apareció como un blues contenido, en el que el silencio no actuaba como ausencia, sino como auténtica materia sonora. Fue Craig Taborn, por supuesto, quien articuló el centro expresivo de la interpretación, construyendo desde el piano un discurso íntimo, pausado y amplio, de una sutileza casi meditativa, en el que cada acorde parecía abrir un nuevo espacio de escucha. A su alrededor, el resto del grupo orbitaba con una atención reverencial, recogiendo y prolongando la tensión suspendida que él iba trazando. Sobre ese paisaje sonoro, Chris Potter desplegó uno de los solos más sobrecogedores del concierto: un discurso de oratoria pura, limpio, ascendente, en el que cada frase parecía interrogar el sentido mismo del tiempo musical.
Después llegó la furia liberadora de “Mushi Mushi”, también de Bop-Be (1978), composición de Dewey Redman, y probablemente el punto de máxima combustión de la noche. Aquí el concierto dejó de mirar al pasado para convertirse en presente absoluto. Taborn, rabioso y visionario, atacó el teclado con el codo y con líneas infinitas de notas que parecían abrir grietas en la forma; Potter respondió con sonoridades deconstruidas, casi en trance, devolviendo al espíritu free del American Quartet toda su radicalidad originaria. King y Anderson, mientras tanto, sostuvieron una base rítmica inquebrantable, no como mero soporte, sino como fuerza motriz del acontecimiento.
Hubo también ecos de “Gotta Get Some Sleep”, otra composición de Dewey Redman incluida en Bop-Be, y resonancias del universo de Fort Yawuh (1973), particularmente de “(If the) Misfits (Wear It)”, donde la música se organizó como una serie de irrupciones y desvíos, fiel al espíritu fragmentario y eléctrico del Jarrett de los primeros setenta.
Lo verdaderamente extraordinario de la noche fue comprobar cómo estos cuatro músicos no actuaron como una suma de individualidades brillantes, sino como un supergrupo en el sentido más profundo del término: una comunidad de pensamiento sonoro. La conexión entre ellos resultó casi telepática. Dave King y Reid Anderson, tras décadas compartiendo lenguaje en The Bad Plus —formación que precisamente en este 2026 pone fin a su trayectoria—, poseen una base rítmica consolidada y orgánica; sobre ella, la inteligencia armónica de Craig Taborn y la potencia discursiva de Chris Potter no se superponen, sino que dialogan, se desvían, se provocan mutuamente.
Este homenaje a Jarrett no fue arqueología ni nostalgia. Fue la reivindicación de un momento fundacional del jazz moderno: aquellos años setenta en los que Keith aún no era la figura monumental que hoy representa, pero ya estaba formulando las preguntas esenciales. Sobre el escenario del Auditorio Nacional, esas preguntas volvieron a escucharse con una fuerza vibrante, física, casi visceral. La música de estos cuatro no se escuchó únicamente con el oído: se sintió, como bien decía el programa, con las tripas, y después quedó latiendo en la memoria, allí donde la gran música se transforma en pensamiento y emoción duradera.