Andrés Coll Cosmic Trio
Ride to Heaven
Review
AIEnRuta Jazz 2026
23
Abril, 2026
Texto: Pedro Andrade
Fotos: Concesión del artista
AIEnRuta Jazz 2026. Andrés Coll. Cosmic Trío dentro del Ciclo AIEnRutaJazz 2026.
Ride to Heaven (XJAZZ! Music, 2026). Review. Andrés Coll. Cosmic Trio. Feat. Ramón López & Mateusz Smoczyński. Artista: Andrés Coll Cosmic Trio. Andrés Coll · marimba, piano, castañuelas / Mateusz Smoczynski · violín, violín barítono / Ramón López · batería, tabla
AIEnRuta Jazz 2026. Andrés Coll. Cosmic Trío dentro del Ciclo AIEnRutaJazz 2026. En un contexto cultural dominado por la velocidad, la visibilidad inmediata y la lógica del rendimiento, iniciativas como AIEnRuta Jazz 2026, impulsadas por AIE, adquieren un valor que va mucho más allá de la simple programación de conciertos. Funcionan como estructuras de sostén: acompañan procesos creativos, generan continuidad y permiten que la música se desarrolle sin quedar reducida al impacto puntual.
Hay algo ligeramente sospechoso en un disco que se presenta como un viaje hacia lo alto: uno teme encontrarse con solemnidad, con esa gravedad impostada que a veces confunde lo trascendente con lo pomposo. Por suerte, Ride to Heaven (XJAZZ! Music, 2026), esquiva ese destino con una lucidez casi irónica: propone una odisea, sí, pero no como relato heroico, sino como proceso lleno de dudas, desvíos y pequeñas revelaciones que nunca se anuncian como tales.
El Andrés Coll Cosmic Trio no suena a ensamblaje estratégico, sino a complicidad trabajada a fuego lento. La conexión entre sus miembros, atravesada, sí, por la órbita de Joachim Kühn, no se traduce en reverencia, sino en una especie de confianza compartida: la de saber que la música puede sostenerse incluso cuando parece deshacerse. Coll, desde la marimba y la percusión, no lidera tanto como provoca; Mateusz Smoczyński amplía el campo hasta hacerlo casi orquestal, desplazando constantemente su función; y Ramón López introduce una noción del ritmo que no es soporte, sino discurso en sí mismo. Entre los tres construyen un terreno sutilmente inestable donde lo tradicional no se cita: se filtra, se deforma, reaparece bajo otra lógica.
Ese territorio, al que han decidido llamar “Avant-Groove”, no pretende fundar nada, y eso se agradece. Más bien plantea una duda razonable: qué ocurre cuando el impulso rítmico deja de ser un lugar seguro. La respuesta no es uniforme. A veces se sostiene en patrones reconocibles; otras, se deshilacha hasta rozar lo abstracto. Pero incluso en esos momentos más etéreos hay algo físico, casi corporal, que impide que la música se vuelva puramente conceptual.
El disco avanza como si hubiera descubierto su forma sobre la marcha. No da la impresión de haber sido diseñado como un relato cerrado, sino de haber encontrado una coherencia retrospectiva, como esos viajes que solo adquieren sentido al recordarlos. De ahí que la escucha completa tenga algo de necesaria: fragmentado, pierde parte de su extraña lógica interna.
El inicio, con “Good Morning” y “Debussy Dances”, ofrece una claridad que roza lo sospechoso. Todo parece en su sitio, incluso demasiado. Pero pronto aparece “The Docks”, y con ella una ligera incomodidad: la sensación de que moverse implica dejar atrás algo que no termina de resolverse. Ahí el trío empieza a tensar la cuerda, a introducir pequeñas fracturas que ya no abandonará.
“Acceptance Steps” evita el gesto enfático y opta por algo más arriesgado: avanzar sin subrayar. La música no busca convencer, sino mantenerse en equilibrio. Esa contención, lejos de restar intensidad, la desplaza hacia un terreno más ambiguo, menos inmediato.
En “Repicada” emerge una de las decisiones más singulares del disco: las castañuelas no aparecen como guiño identitario, sino como herramienta de desorientación. Hay algo casi irónico en utilizar un instrumento tan asociado a lo reconocible para romper la estabilidad del pulso. En lugar de fijar el ritmo, lo fragmenta en capas, como si recordara que toda tradición, cuando se toma en serio, contiene ya su propia posibilidad de ruptura.
“Call of the Faun” se instala en un espacio distinto: aquí la improvisación no busca demostrar nada, sino explorar. El trío parece moverse a tientas, atendiendo más a la textura que a la dirección, como si la forma fuese una consecuencia tardía. Es uno de los momentos donde la música respira con mayor libertad, precisamente porque renuncia a controlar su destino inmediato.
“Fly Low, Fly High” introduce una dualidad interesante: una ligereza que no termina de ser confiable. Hay juego, sí, pero también una tensión que impide que la pieza se acomode. Y en el tramo final, “Keep the Hope” y la pieza que da título al disco evitan cerrar el círculo de forma complaciente. No hay resolución plena, sino una especie de afirmación en movimiento: avanzar no como conquista, sino como necesidad.
Lo más interesante de Ride to Heaven no es su ambición, que la tiene, sino su negativa a convertir esa ambición en discurso evidente. Prefiere sugerir antes que declarar, abrir antes que concluir. En un contexto donde muchas propuestas se esfuerzan por definirse, este trío opta por algo más incómodo: mantenerse en proceso.
Y, en ese sentido, el “viaje” del título importa menos como destino que como actitud. Ride to Heaven no propone una llegada, sino una forma de avanzar: aceptar la incertidumbre, sostener la tensión, seguir incluso cuando el camino no se deja definir del todo. Al terminar el disco, no queda una conclusión cerrada, sino una claridad distinta, más incómoda y, por eso mismo, más honesta. La de entender que, a veces, escuchar no es comprender, sino atreverse a seguir.