Moisés P. Sánchez
CNDM Jazz en el Auditorio
09
Abril, 2026
Text: Pedro Andrade
Photos: © Rafa Martín. CNDM
CONCERT REVIEW. In&OutJazz Magazine
Ciclo Fronteras. CNDM-INAEM. Madrid. Falla Imaginado. Moisés P. Sánchez, piano / Pablo Martín Caminero, contrabajo / Ana María Valderrama, violín.
Moisés P. Sánchez reinventa a Falla en un Auditorio Nacional de Madrid a rebosar
Dentro del ciclo Fronteras del Auditorio Nacional de Música, el pasado 21 de marzo ocurrió algo que no necesita cifras para explicarse: el lleno era, en realidad, una forma de fe. El público sabía a qué venía, o eso creía, aunque lo que iba a escuchar pertenecía más al terreno de la intuición que al de la certeza. Con “Falla Imaginado”, Moisés P. Sánchez no proponía revisitar, al uso, a Manuel de Falla, sino ponerlo en movimiento, como si su música aún no hubiera terminado de escribirse. Por cierto, el disco, que se grabó durante las pasadas navidades en Camaleon Estudio (Madrid) no se lanzará públicamente, según declaraciones del propio Sánchez, hasta el próximo verano.
La arquitectura del programa era, en sí misma, una declaración estética: un discurso cuidadosamente concebido y trabajado que evitaba caer en los clichés del Falla más conocido. La Mazurca inicial, pieza casi clandestina en este tipo de repertorio, funcionó como una puerta entreabierta: un gesto mínimo y contenido, donde el eco de Frédéric Chopin aparecía más como recuerdo que como cita. El tempo flexible, la respiración amplia, los arcos en sintonía y la economía de medios definieron una interpretación en la que nada sobraba. O, mejor dicho, nada se permitía el lujo de sobrar.
Desde ahí, la Suite Popular Española dejó de percibirse como una mera sucesión de piezas para convertirse en un espacio de exploración. Cada número, de la intimidad suspendida de la Nana a la energía casi terrenal de la Jota, pasando por la gravedad de la Asturiana, era tratado como una materia en transformación. No había voluntad de fijar un sentido definitivo, sino de habitar sus posibilidades. Y en ese terreno, el diálogo entre Pablo Martín Caminero y Sánchez resultó especialmente elocuente: el contrabajo no acompañaba, insinuaba; no sostenía, desviaba. Por momentos, daba la impresión de que la música avanzaba precisamente porque alguien optaba por no señalar el camino, aunque, como es evidente, todo estaba minuciosamente escrito: cada detalle, cada dinámica, cada espacio, cada corte y cada silencio cuidadosamente articulados en cada sección.
En medio de esa elasticidad, Ana María Valderrama cumplía una función casi filosófica: recordar que, incluso en la transformación, algo debe permanecer reconocible. Su línea mantenía la identidad de cada pieza sin congelarla, como si dijera: “sí, esto es Falla… pero no exactamente”. Un equilibrio delicado que evitó que la música se dispersara en su propia libertad.
El Nocturno introdujo un cambio de densidad, o quizá de temperatura. Menos discurso, más espacio. El silencio dejó de ser una pausa educada para convertirse en un elemento estructural. Allí, el tiempo no avanzaba: se dilataba. Y, curiosamente, nadie parecía tener prisa por salir de ese estado.
Con la Suite Imaginada, ya en territorio propio, Sánchez amplió el marco sin necesidad de levantar la voz. Cuatro movimientos donde la escritura se vuelve porosa, permeable, abierta a influencias que no necesitan ser nombradas para estar presentes. El trío, a esas alturas, ya no interpretaba: pensaba en común. Caminero alternaba entre sostener y proponer con una naturalidad casi sospechosa, Valderrama se movía con solidez en ese espacio híbrido, y Sánchez organizaba el conjunto con una lógica que no necesitaba imponerse. Todo fluía, sí, pero no por casualidad, aunque lo pareciera, que es una de las formas más sofisticadas del control.
El cierre con la Danza Ritual del Fuego evitó cualquier tentación de espectáculo fácil (lo cual, en una pieza así, tiene su mérito). La intensidad no se proclamó: se construyó. Poco a poco, con precisión, sin excesos. Como si el fuego, en lugar de estallar, decidiera pensar.
El resultado fue un concierto que operó en varios niveles a la vez: relectura, propuesta contemporánea y, sobre todo, ejercicio real de interacción musical. Aquí no había jerarquías cómodas ni homenajes previsibles. Moisés P. Sánchez no mira a Falla desde la distancia reverencial, sino desde un presente activo. Y lo hace junto a Pablo Martín Caminero y Ana María Valderrama, que no giran a su alrededor, sino que piensan con él.
Fue una maravilla, sí. Pero de esas que no se dejan explicar del todo, hay que verlas y escucharlas en vivo, quizá por eso funcionan.