Abe Rábade
Interview
AIEnRuta Jazz 2026
La trayectoria de Abe Rábade ocupa un lugar singular en el panorama del jazz europeo contemporáneo. Pianista, compositor e improvisador, su trabajo se ha desarrollado siempre en un territorio donde la creación artística trasciende los límites de lo estrictamente musical para convertirse en una forma de observación, de reflexión y de diálogo con el mundo. En sus composiciones conviven la precisión arquitectónica de la escritura, la libertad de la improvisación y una constante atención a las relaciones invisibles que vinculan memoria, paisaje, identidad y experiencia.
Desde hace más de dos décadas, Rábade ha construido una obra de notable coherencia estética e intelectual, ajena a modas y etiquetas. Su música, situada en la confluencia entre el jazz, la tradición gallega, la música de cámara y la creación contemporánea, no busca resolver las tensiones entre estos lenguajes, sino habitar fértilmente el espacio que surge entre ellos. Allí donde las fronteras se difuminan, aparece una voz propia que entiende la cultura como un lugar de encuentro y la escucha como una forma de conocimiento.
En un tiempo marcado por la aceleración y la dispersión de la atención, su pensamiento reivindica el valor de la lentitud, de la escucha profunda y de la curiosidad intelectual. No como ejercicio de nostalgia, sino como una manera de permanecer abiertos a la complejidad. Quizá por eso muchas de las imágenes que atraviesan esta conversación remiten a la naturaleza: el fluir del agua, el crecimiento orgánico de un bosque o la transformación constante del paisaje se convierten, en su imaginario, en metáforas de la creación y del propio hecho musical.
La entrevista tiene lugar con motivo de la selección de su proyecto para la gira de conciertos AIEnRuta Jazz 2026, una iniciativa impulsada por AIE cuya relevancia trasciende ampliamente el ámbito de la programación artística. A lo largo de las últimas décadas, la entidad ha desempeñado un papel fundamental en la formación, promoción e internacionalización de varias generaciones de músicos españoles, contribuyendo a fortalecer un ecosistema cultural basado en la excelencia, la circulación de ideas y el intercambio entre creadores.
Mientras ultima los detalles de Nova Botánica, uno de los proyectos más ambiciosos de su trayectoria reciente, conversamos con Abe Rábade sobre creación, improvisación, enseñanza, tradición, comunidad y futuro. Una conversación que invita a pensar la música no solo como arte, sino también como una forma particularmente lúcida de habitar el tiempo.
In&Out Jazz Magazine: Acabas de ser seleccionado para la gira AIEnRuta Jazz. Más allá de la oportunidad de presentar tu música en distintos escenarios, ¿qué supone y han supuesto para ti este tipo de reconocimientos a lo largo de tu carrera?
Abe Rábade: En concreto, la propuesta de AIE me parece muy loable. El hecho de que haya una organización que seleccione grupos y que organice una gira por distintas ciudades durante el año me parece algo fantástico.
Además, tengo una relación de agradecimiento con AIE desde hace muchísimos años. Recuerdo que, cuando era muy joven, con diecisiete años, me presenté a unas becas para estudiar en el extranjero. Pedro Iturralde presidía el jurado y aquellas ayudas suponían una oportunidad extraordinaria para quienes queríamos continuar nuestra formación fuera de España.
Tuve la fortuna de obtener una de esas becas y eso cambió completamente mi trayectoria. Cuando eres tan joven y quieres estudiar en una escuela como Berklee, donde los costes son elevados, una ayuda económica de ese tipo puede marcar la diferencia entre poder hacerlo o no. Además, aquellas becas se renovaban anualmente siempre que el rendimiento académico fuese satisfactorio. Gracias a eso pude completar toda mi formación. Por eso siempre he sentido una enorme gratitud hacia las instituciones que apoyan la educación musical y la creación artística. Creo que es fundamental que existan estructuras capaces de acompañar a los músicos en distintas etapas de su carrera. Ahora veo también otra dimensión de ese trabajo: la de la difusión y la programación. Ya no se trata únicamente de apoyar la formación, sino de generar espacios donde la música pueda encontrarse con el público.
¿Qué destacarías de este tipo de ciclos?
Que suelen estar muy bien contextualizados. Muchas veces se desarrollan en colaboración con universidades, festivales o instituciones culturales que ya han creado una relación con el público.
Cuando llegas a tocar percibes que existe una comunidad que conoce el proyecto, que lo espera cada año y que tiene interés por descubrir propuestas nuevas. Eso genera unas condiciones de escucha muy especiales. Y para los músicos es algo que se agradece muchísimo.
A lo largo de tu carrera has recibido distintos reconocimientos. ¿Cómo los vives hoy?
Con agradecimiento. Puede sonar tópico, pero con el tiempo entiendes que todo forma parte del mismo proceso. Los conciertos, las grabaciones, las entrevistas, las fotografías, el trabajo de promoción, las agencias, las discográficas… todo está conectado. A veces tendemos a pensar únicamente en el momento de subir al escenario, pero la realidad es que la música necesita muchos otros elementos para poder llegar al público. Por eso cualquier reconocimiento lo recibo con alegría, no solamente por una cuestión personal, sino porque ayuda a dar visibilidad a la música que hacemos.
Naturalmente me alegra que nos hayan seleccionado a nosotros, pero también me alegra que existan iniciativas que sigan apoyando al jazz y ofreciendo oportunidades a otros proyectos. Al final, lo importante es que el ecosistema musical continúe creciendo.
¿Qué va a encontrar el público en estos conciertos?
Estoy en un momento curioso porque coinciden varias líneas de trabajo. Por un lado, seguimos presentando música de Tempo de Cor, un disco grabado en formato de trío que gira en torno a la idea del color. Es un proyecto muy especial porque nace de una reflexión sobre las emociones asociadas a los colores y sobre la posibilidad de trasladar esas sensaciones al ámbito sonoro. Además, fue una experiencia muy enriquecedora porque trabajé junto a la artista plástica Beatriz Sá. Ella desarrolló una obra visual para cada composición y, en algunos casos, ambos procesos creativos ocurrieron simultáneamente.
Mientras yo componía la música, ella desarrollaba las piezas visuales. Ese diálogo entre disciplinas me interesó muchísimo porque siempre he sentido curiosidad por la manera en que otros artistas perciben el mundo y construyen sus lenguajes. Por otro lado, durante el último año he recuperado repertorio antiguo, algo que nunca había hecho de forma sistemática. Supongo que también tiene que ver con la edad. Después de dieciséis discos publicados empiezas a darte cuenta de que has acumulado un patrimonio creativo considerable.
Durante muchos años fui muy radical en ese sentido. Terminaba un proyecto y pasaba inmediatamente al siguiente. Apenas volvía a tocar aquellas composiciones. Ahora he descubierto que revisitar ese material puede resultar muy estimulante. No se trata de nostalgia, sino de establecer un diálogo con quien eras cuando escribiste aquellas piezas. Estamos recuperando composiciones de hace veinte años y encontrando en ellas significados nuevos. Está siendo una experiencia realmente interesante
Además de Tempo de Cor y de la recuperación de repertorio anterior, estás trabajando en un nuevo proyecto que parece ocupar una parte importante de tu actividad actual.
Sí. La tercera línea de trabajo en la que estoy inmerso es precisamente el próximo disco, Nova Botánica, que de alguna manera continúa el camino iniciado con Botánica. Se trata de un proyecto más amplio desde el punto de vista instrumental y también desde el punto de vista conceptual. Está concebido para una formación de ocho músicos y en él conviven tres universos que me interesan especialmente: la música de cámara, la tradición gallega y el jazz.
La presencia de las cuerdas tiene mucho más peso que en trabajos anteriores, y también hay una mayor integración de elementos procedentes de la música tradicional. Lo que me interesa es precisamente esa convivencia entre lenguajes que, en apariencia, pertenecen a mundos distintos, pero que pueden dialogar de forma muy natural. No busco una fusión superficial ni una suma de elementos colocados unos junto a otros. Me interesa entender qué hay en el interior de cada lenguaje y descubrir los puntos de encuentro que existen entre ellos. Más que una continuación de Botánica, diría que se trata de una expansión. Cuando terminé Botánica tuve la sensación de que aquel universo creativo todavía tenía mucho recorrido. Había ideas que apenas había comenzado a explorar y preguntas que seguían abiertas.
Con el tiempo fui acumulando material nuevo y comprendí que lo que estaba escribiendo seguía dialogando con aquel proyecto. No porque repitiese fórmulas, sino porque compartía una misma mirada. Por eso apareció Nova Botánica. Es una forma de seguir profundizando en cuestiones que me interesan desde hace años: la relación entre tradición y contemporaneidad, la conexión entre paisaje y creación artística, o la manera en que diferentes culturas musicales pueden convivir sin perder su identidad.
El paisaje parece tener una presencia importante en tu imaginario creativo.
Sí, aunque no en un sentido descriptivo. No me interesa hacer música que intente reproducir sonidos de la naturaleza ni convertir el paisaje en una especie de postal sonora. Lo que me interesa es algo más profundo: la manera en que el entorno configura nuestra sensibilidad. Yo crecí en Galicia y, quieras o no, el paisaje forma parte de tu manera de mirar el mundo. Los bosques, el océano, la lluvia, los ríos, las montañas… Todo eso acaba formando parte de tu memoria emocional. No porque decidas conscientemente incorporarlo a la música, sino porque ya está dentro de ti. A veces hablamos de identidad como si fuese algo abstracto, pero la identidad también se construye a través de los lugares que habitamos y de las experiencias que esos lugares generan.
¿Cómo se refleja esa influencia del entorno en tu manera de componer?
No necesariamente a través de citas literales o referencias evidentes, sino mediante determinadas formas de organizar el discurso musical, ciertas atmósferas o determinadas maneras de entender el tiempo. Muchas veces me interesa más sugerir que describir.
La música tiene una enorme capacidad para evocar espacios interiores. Puede generar imágenes, recuerdos o sensaciones sin necesidad de explicarlas explícitamente.En ese sentido, Nova Botánica está muy vinculado a una idea de paisaje entendido como experiencia y no como representación.
También comentabas que el proyecto incorpora una dimensión visual muy importante.
Sí. Estamos trabajando mucho en ese aspecto. Para mí, la música sigue siendo el centro de todo, pero cada vez me interesa más pensar el concierto como una experiencia global. No se trata de convertirlo en un espectáculo visual ni de distraer la atención del oyente, sino de crear un contexto que amplifique la experiencia musical. Estamos desarrollando toda una propuesta visual que acompaña al proyecto y que ayuda a construir ese universo estético. Me interesa que el público sienta que entra en un espacio determinado, que durante el concierto habita un entorno propio.
¿Y la danza también forma parte de esa idea? Has trabajado anteriormente con bailarines.
Sí, estamos estudiando distintas posibilidades. La danza me interesa muchísimo porque comparte con la música muchas cuestiones fundamentales: la relación con el tiempo, con el cuerpo, con el espacio y con la escucha. Además, en este proyecto existe una reflexión constante sobre la tradición y sobre cómo dialogar con ella desde el presente. Por eso me resulta especialmente estimulante trabajar con artistas que se mueven entre la tradición y la contemporaneidad. Creo que la tradición no debe entenderse como algo inmóvil o fosilizado. Al contrario. La tradición está viva precisamente porque cambia, porque cada generación la transforma y la adapta a su propia realidad. Esa idea atraviesa todo Nova Botánica. No se trata de conservar algo intacto, sino de mantener una conversación activa con aquello que hemos heredado.
Precisamente, una de las características más fascinantes del jazz es que habita en el devenir, nunca existen dos conciertos exactamente iguales, incluso cuando se interpreta el mismo repertorio.
Sí, y creo que esa es una de las razones por las que sigo sintiendo tanta fascinación por esta música. Recuerdo unas notas maravillosas que Bill Evans escribió para Kind of Blue. En ellas habla de una disciplina artística japonesa en la que una obra se realiza de un solo trazo, sin posibilidad de corrección. Lo importante no es únicamente el resultado final, sino la intensidad de la atención depositada en ese instante concreto. Siempre me pareció una imagen muy hermosa para explicar lo que sucede en el jazz. Porque, en cierto modo, el jazz ocurre una sola vez. Naturalmente existen estructuras, composiciones, formas y materiales previamente definidos. No se trata de una creación completamente espontánea. Pero, al mismo tiempo, cada interpretación contiene elementos irrepetibles. Nunca vuelve a producirse exactamente de la misma manera. A veces se piensa que la parte variable de un concierto son solo los solos improvisados, pero no es así. Incluso aquello que aparentemente permanece fijo está cambiando constantemente. La manera de articular una frase, la energía con la que abordas una melodía, la forma en que escuchas a los compañeros o la reacción ante lo que está ocurriendo en ese momento hacen que la música se transforme continuamente. Hay pequeñas variaciones que quizá ni siquiera percibes de forma consciente, pero que están ahí. Y esas variaciones forman parte de la vida misma de la música.
Utilizas a menudo una metáfora relacionada con el paisaje gallego para explicar esta idea.
Sí, porque me parece una imagen muy cercana a mi experiencia. Pienso muchas veces en las fragas gallegas, esos bosques atravesados por ríos y pequeños cursos de agua que, en algunos lugares, forman fervenzas. La palabra “fervenza” siempre me ha parecido preciosa. Viene de “ferver”, de hervir. Es una imagen muy gráfica porque parece que el agua estuviera hirviendo mientras cae. Cuando observas una fervenza durante un rato descubres algo muy interesante. La estructura general permanece. Las rocas están en el mismo lugar. La gravedad sigue actuando. El cauce continúa siendo el mismo. Sin embargo, el dibujo concreto que realiza el agua nunca se repite. Jamás. En cada segundo aparece una variación diferente. El movimiento es constante. Y, sin embargo, reconoces perfectamente la identidad de ese lugar. Para mí, el jazz funciona de una manera muy parecida. Existe una identidad reconocible, pero cada manifestación concreta es distinta. Tú puedes interpretar una misma composición durante veinte años y seguir encontrando matices nuevos. Una nota adquiere otro significado. Un silencio aparece en un lugar diferente. Una interacción con otro músico abre un camino inesperado. La obra sigue siendo la misma y, al mismo tiempo, nunca es exactamente la misma. Esa paradoja me parece fascinante.
¿Es ahí donde aparece la importancia de la escucha?
Absolutamente. De hecho, diría que la escucha es el núcleo de todo. Muchas veces se habla de la improvisación como si fuese una demostración de creatividad individual, pero para mí la improvisación tiene mucho más que ver con la escucha que con cualquier otra cosa. Improvisar no consiste únicamente en producir ideas. Consiste en percibir lo que está ocurriendo. Escuchar a los demás músicos. Escuchar el espacio. Escuchar la energía del momento. Escuchar incluso aquello que todavía no ha sucedido. Porque muchas decisiones musicales nacen precisamente de esa atención compartida.
En varias ocasiones has hablado del concepto de coautoría dentro del jazz.
Sí, porque creo que describe muy bien lo que sucede realmente. Por supuesto, existe una autoría inicial. Hay alguien que escribe una composición, propone una estructura o plantea una determinada idea musical. Pero en el momento en que esa música entra en contacto con otros intérpretes comienza una transformación. Cada músico aporta su propia sensibilidad, su experiencia, su sonido y su forma de entender el tiempo. Y todo eso modifica la música. No es un accidente ni una consecuencia secundaria. Es parte esencial del proceso. Por eso me gusta hablar de coautoría. Porque la música termina construyéndose entre todos.
Entonces el jazz sería, en cierto modo, un arte colectivo.
Sin ninguna duda. Y creo que esa es una de sus enseñanzas más valiosas. Nos recuerda que la creatividad no siempre surge de una sola voz. A veces surge precisamente del diálogo. De la capacidad de escuchar una propuesta ajena y contribuir a ella sin intentar imponer la propia. Cuando eso sucede aparece algo que ninguno de los participantes podría haber creado por separado. Y esa experiencia tiene algo profundamente humano.
¿Dirías que esa idea trasciende la música?
Completamente. En realidad, creo que la improvisación es una magnífica metáfora de la vida. Vivimos en un entorno cambiante, lleno de circunstancias que no controlamos completamente. Tenemos planes, objetivos y estructuras, pero constantemente debemos adaptarnos a situaciones nuevas. La improvisación no consiste en renunciar a la preparación. Al contrario. Cuanto más preparado estás, más libertad tienes para responder a lo inesperado. Y eso vale tanto para la música como para muchas otras facetas de la existencia. Por eso sigo pensando que el jazz es mucho más que un género musical. Es una forma de relacionarse con el mundo. Una manera de convivir con la incertidumbre, de escuchar y de construir colectivamente.
La enseñanza ha ocupado un lugar importante en tu trayectoria profesional. ¿Qué relación mantienes hoy con la docencia?
La docencia siempre ha formado parte de mi vida musical. Nunca la he entendido como una actividad separada de la creación o de la interpretación, sino como una prolongación natural de ambas. De hecho, una de las cosas que he descubierto con el tiempo es que enseñar y aprender son procesos mucho más cercanos de lo que solemos pensar. Cuando intentas explicar algo a otra persona te ves obligado a comprenderlo mejor tú mismo. Debes ordenar ideas, revisar intuiciones y encontrar palabras para describir procesos que, muchas veces, realizas de forma casi inconsciente. Por eso la enseñanza también es una forma de aprendizaje. Cada vez que trabajo con estudiantes acabo descubriendo algo nuevo.
¿Ha cambiado tu manera de entender la enseñanza con los años?
Muchísimo. Cuando eres joven tiendes a pensar que enseñar consiste principalmente en transmitir conocimientos. Y, por supuesto, hay una parte de eso. Existen herramientas técnicas, conceptos teóricos y recursos prácticos que es necesario compartir. Pero con el tiempo te das cuenta de que lo más importante no es la información en sí misma. Lo verdaderamente importante es ayudar a desarrollar una forma de pensar. Ayudar a que cada persona encuentre su propia voz. Ayudar a formular preguntas. Porque, en realidad, la música está llena de preguntas. Y muchas de ellas no tienen una única respuesta.
Tu formación en Berklee fue una experiencia decisiva. ¿Qué recuerdas de aquella etapa?
Sobre todo, recuerdo una enorme sensación de apertura. De repente te encuentras rodeado de músicos procedentes de todas partes del mundo, con trayectorias, culturas y experiencias completamente diferentes. Aquello fue muy enriquecedor. Naturalmente aprendí muchísimas cosas en las clases, pero también aprendí muchísimo fuera de ellas. En los ensayos, en las jam sessions, en las conversaciones informales, en la convivencia cotidiana con personas que entendían la música desde perspectivas muy distintas. Eso amplía enormemente tu horizonte.
Cuando llegas a un lugar así crees que vas a adquirir respuestas. Y, en cierta medida, es cierto. Pero lo que realmente ocurre es que descubres la cantidad de cosas que todavía desconoces. Eso puede resultar abrumador al principio, pero también es muy estimulante, porque te obliga a mantener una actitud de curiosidad permanente. Y esa curiosidad es algo que sigo intentando conservar hoy. No solamente por los contenidos académicos, sino por la diversidad de perspectivas que encontré allí. Comprendí que no existe una única forma legítima de acercarse a la música. Existen muchas. Y todas pueden enseñarte algo. Esa idea me ha acompañado siempre. Intento mantener una actitud abierta hacia lenguajes muy distintos y evitar cualquier forma de dogmatismo. La música es demasiado amplia para encerrarla en categorías rígidas.
Desde aquellos años hasta hoy, ¿cómo has visto evolucionar el jazz en España?
El cambio ha sido enorme. Cuando yo empecé, las estructuras formativas eran mucho más limitadas. Había grandes músicos, por supuesto, pero existían menos espacios para estudiar, menos circuitos de conciertos y menos oportunidades para desarrollar una carrera profesional. Hoy la situación es diferente. Existen conservatorios superiores, escuelas especializadas, programas universitarios y una red mucho más amplia de festivales y ciclos. Todo eso ha contribuido a elevar el nivel general.
¿Dirías que las nuevas generaciones llegan mejor preparadas?
En muchos aspectos, sí. Hay músicos jóvenes con una formación extraordinaria y con una capacidad técnica impresionante. Pero lo que más me interesa no es la cuestión técnica. Lo realmente estimulante es comprobar que existe una generación que ya no siente la necesidad de buscar constantemente legitimación fuera. Durante mucho tiempo parecía que todo debía validarse a través de referentes externos. Hoy veo músicos que dialogan con la tradición del jazz desde una identidad propia, incorporando elementos culturales diversos y construyendo discursos personales muy sólidos. Eso me parece una señal de madurez.
¿Cómo valoras el momento actual del jazz español?
Creo que vivimos un momento muy interesante desde el punto de vista creativo. Naturalmente siguen existiendo dificultades estructurales. La financiación, la estabilidad profesional o la circulación de los proyectos continúan siendo retos importantes. Pero, al mismo tiempo, percibo una enorme vitalidad. Hay una gran diversidad estética. Hay proyectos excelentes. Y hay una comunidad musical cada vez más amplia y mejor conectada.
Hablas a menudo de la importancia de la comunidad.
Porque creo que es fundamental. A veces construimos relatos muy individualistas alrededor de las carreras artísticas, pero la realidad es mucho más compleja. Nadie desarrolla una trayectoria completamente solo. Detrás de cualquier músico hay profesores, compañeros, programadores, técnicos, gestores culturales, instituciones y públicos que hacen posible ese recorrido. La música es, en gran medida, una construcción colectiva. Por eso me parece tan importante fortalecer los ecosistemas culturales. Cuando una comunidad musical crece, las oportunidades se multiplican para todos. Y eso termina beneficiando no solamente a los músicos, sino también a la sociedad en su conjunto.
Después de tantos años de carrera, ¿sigues sintiendo la misma curiosidad que al principio?
Sí, aunque quizá haya cambiado su naturaleza. Cuando eres joven buscas respuestas, c on el tiempo empiezas a valorar más las preguntas y descubres que algunas de las cuestiones más interesantes nunca terminan de resolverse del todo. Afortunadamente. Porque esa incertidumbre es precisamente una de las cosas que mantienen viva la creatividad. Mientras existan preguntas, seguirá existiendo el deseo de explorar y para mí, eso es lo que sigue haciendo que la música resulte apasionante.
La forma en que escuchamos música ha cambiado radicalmente en los últimos años. ¿Cómo vives esa transformación?
Como cualquier transformación tecnológica importante: con interés, con curiosidad y también con algunas preguntas. Sería absurdo negar las ventajas que han traído las plataformas digitales. Hoy tenemos acceso inmediato a una cantidad de música que hace apenas unas décadas resultaba inimaginable. Puedes descubrir artistas de cualquier lugar del mundo, explorar repertorios inmensos y acceder a grabaciones que antes eran muy difíciles de encontrar. Eso es extraordinario. Ahora bien, toda herramienta modifica también nuestros hábitos, y ahí aparecen cuestiones que me parecen interesantes.
¿A qué cuestiones te refieres?
A la manera en que prestamos atención. Vivimos en una época caracterizada por una enorme abundancia de estímulos. Recibimos información constantemente y pasamos de una cosa a otra con mucha rapidez. Eso tiene ventajas, pero también plantea algunos desafíos. La música, especialmente determinadas músicas, requiere tiempo. Requiere escucha y una cierta disposición. Y no siempre resulta fácil encontrar ese espacio en medio de una dinámica tan acelerada.
¿Crees que estamos perdiendo la capacidad de escuchar?
No diría que la estamos perdiendo, pero sí que está sometida a una tensión constante. Escuchar profundamente exige detenerse. Exige dedicar tiempo. Exige aceptar que una obra puede revelarse de forma gradual. Muchas de las músicas que más me han acompañado a lo largo de la vida no me impactaron necesariamente en la primera escucha. Necesitaron tiempo. Necesitaron repetición. Necesitaron convivencia. Y creo que eso sigue siendo válido hoy.
Después de más de dos décadas de trayectoria, ¿qué es lo que permanece para ti?
Probablemente la gratitud. Es una palabra que cada vez aparece con más frecuencia en mis reflexiones. Gratitud hacia todas las personas que me han acompañado en este recorrido. Profesores, compañeros, alumnos, programadores, técnicos, amigos, familiares y público. La música es una actividad profundamente colectiva, como te decía. Nadie construye una trayectoria completamente solo. Cuando miras hacia atrás te das cuenta de la cantidad de personas que han contribuido, de una forma u otra, a que hayas podido desarrollar tu trabajo. Y eso genera una enorme sensación de agradecimiento.
¿Y qué sigue impulsándote a crear?
La curiosidad. Creo que, en el fondo, sigue siendo la misma razón que cuando era adolescente. La sensación de que todavía quedan cosas por descubrir. La fascinación ante el proceso creativo. Porque, aunque lleves décadas escribiendo música, siempre llega un momento en el que vuelves a encontrarte frente a una página en blanco. Y esa página sigue planteando preguntas. Nunca sabes exactamente de dónde viene una idea. Nunca sabes del todo qué camino va a tomar una composición. Y precisamente ahí reside parte de la belleza.
Qué maravilla Abe, gracias por este momento.
Gracias a ti, nos vemos en la presentación de Botánica.