Valentín Garvie & Nataniel Edelman
Tarde Mañana
Review
Hay una vieja intuición filosófica según la cual todo concepto nace de una metáfora olvidada. Nombramos las cosas para orientarnos en el mundo y terminamos confundiendo esos nombres con la realidad misma. El jazz, la música contemporánea, la improvisación libre: categorías útiles, sin duda, pero que a veces se convierten en pequeñas cárceles para la escucha.
Uno de los mayores logros de Tarde Mañana consiste precisamente en erosionar esos límites sin necesidad de proclamarlo. La música parece desconfiar de las identidades demasiado estables. Cada pieza desplaza ligeramente el terreno bajo los pies del oyente. Cuando creemos haber encontrado una forma reconocible, ésta se transforma; cuando esperamos una resolución, aparece una nueva pregunta.
Las dos piezas más extensas del disco, “Tarde Mañana” y “Adiós”, funcionan como centros de gravedad de esta propuesta. En ellas, Valentín Garvie y Nataniel Edelman —que firman aquí el primer álbum de este dúo, publicado por Discos ICM el 6 de marzo de 2026— permiten que las ideas respiren, desplieguen sus resonancias y alcancen una dimensión especialmente lírica y contemplativa. Son quizá los momentos más abiertamente melódicos del álbum, pero incluso allí la belleza nunca se presenta como una certeza; permanece en movimiento, como una forma que se va revelando mientras cambia. Entre las composiciones originales aparece además “Enigma”, de J. J. Johnson, abordada con la misma sensibilidad abierta y reflexiva que recorre todo el repertorio, hasta el punto de integrarse de manera natural en el paisaje sonoro del disco.
Escuchando el disco, uno recuerda que la percepción es anterior al concepto. Antes de llamar a algo melodía, textura, armonía o improvisación, existe simplemente un acontecimiento sonoro que afecta al cuerpo y a la imaginación. Garvie y Edelman trabajan en esa zona primaria de la experiencia, allí donde el oído todavía no ha decidido qué está escuchando.
Las piezas más breves poseen incluso la contundencia de un aforismo. “Jitterbug 1” y “Jitterbug 2”, los tres fragmentos de “Distancias” o la delicada miniatura de “Flores” aparecen y desaparecen con una economía de medios admirable. No desarrollan una idea; la revelan y la abandonan. Como sucede en los mejores fragmentos de Nietzsche o de Cioran, su fuerza no reside en la explicación sino en la capacidad de abrir un espacio de pensamiento. Dicen poco y, precisamente por eso, sugieren mucho.
Lo admirable es que esta dimensión intelectual nunca sacrifica la emoción. La abstracción aquí no es una renuncia a la sensibilidad sino una forma de libertad. Una manera de impedir que el sonido quede reducido a ilustrar algo exterior a sí mismo. La música conserva así un poder cada vez más infrecuente: el de devolvernos al asombro.
Quizá sea esa la experiencia más profunda que propone Tarde Mañana: recordarnos que hay belleza en aquello que permanece abierto. Las piezas avanzan sin prisa, como si habitaran ese instante incierto entre una cosa y otra, entre la tarde y la mañana que anuncia el título. Es una música que no busca imponerse al oyente ni conducirlo hacia una conclusión determinada, sino invitarlo a habitar la incertidumbre de la escucha.