Ambrose Akinmusire & Mary Halvorson

Slo-Mo Neon Luminate Hoverings

Review

02

Septiembre, 2026

Por: Enrique Turpin

Foto: Concesión del artista

Review from In&OutJazz Magazine. Slo-Mo Neon Luminate Hoverings. Ambrose Akinmusire (trompeta y efectos), Mary Halvorson (guitarra y efectos). The Stone (NYC), 2025. Nonesuch, 2026

 

JUNTOS DE NUEVO POR PRIMERA VEZ

En aquel tiempo, en el condado de Issaquena, las cosas eran más fáciles para McKinley Morganfield, a pesar de llevar a cuestas un par de guerras mundiales y haber nacido negro. Allí la brisa hacía viajar las notas de un instrumento yardas y yardas hasta que se apagaban en la lejanía. El eco formaba parte de la vida cotidiana. Venir de aquel condado de Misisipi y aterrizar en el ruidoso Chicago por los alrededores de 1943 hubo de suponer todo un reto para el bluesman treintañero en ciernes, al que se le quedaba casi muda su guitarra acústica en la gran ciudad. El sonido quedaba ahogado por el bullicio de la gente en los ruidosos clubes del South Side de Chicago. No duró mucho el empeño por hacerse oír. En 1944, quien pronto sería conocido para la eternidad como Muddy Waters compró su primera guitarra eléctrica, un modelo de Gibson L-5 acústica adaptada con pastilla. Entre aquella primera Stella que cayó en sus manos con diecisiete años por dos dólares y medio hasta la mítica “The Hoss” (‘la Socia’), la Fender Telecaster roja de 1958 que lo inmortalizó, hubo una historia de violencia y transición al sonido eléctrico: destacar la música sobre el resto de frecuencias de los antros del distrito del blues. Se trataba de imponer su voz y, a fe que lo consiguió. El eco de aquella disputa ganada seguro que le llegó a Son House (la inspiración más directa del sonido de Waters), que a la sazón se había desplazado desde el Delta hasta Rochester y trabajaba para la New York Central Railroad. La batalla por el volumen y la nitidez para la técnica del slide ya tenía un ganador.

En 1980, el rey del blues de Chicago se encontraba en sus últimos años de actividad, realizando intensas giras mundiales con su aclamada banda Muddy Waters Blues Band y participando en proyectos cinematográficos como The Blues Brothers (es su banda la que acompaña a John Lee Hooker cantando “Boom Boom”) o en festivales legendarios junto a otras grandes estrellas de la talla de B. B. King. Ese mismo año nacía en Brookline, Massachusetts, Mary Halvorson. No sería hasta pasada la veintena cuando la pequeña guitarrista comenzó a utilizar pedales de distorsión (como el Pro Co RAT 2, el Line 6 DL4 MKII actual o el Constellator), ya presentes desde los inicios de su carrera profesional y discográfica. Estos pedales han sido un elemento clave de su estilo vanguardista, a menudo combinados con una consola de delay para generar sonidos singulares y sutiles cambios de tono. El uso de distorsión ha formado parte de su arsenal sonoro desde el aclamado disco de debut como líder, Dragon’s Head (2008). Su particular enfoque no consiste en saturar todo el sonido, sino en utilizar la distorsión de forma expresiva para crear texturas densas, pasajes agresivos o timbres inusuales que contrastan con la limpieza natural de sus guitarras, especialmente las Guild vintage de caja hueca (hoy utiliza unas Flip Scipio desmontables que quitan el hipo).

Si la historia de Muddy Waters habla de una imposición, la que comparten Mary Halvorson y Ambrose Akinmusire (Oakland, Cal., 1982) fija sus parámetros en la naturalidad y delicadeza de una relación musical donde todo fluye sin violencia, haciendo de la levedad y la ausencia de egos revueltos el elemento distintivo de un primer trabajo conjunto largamente esperado.

 

Será un asunto de madurez, un replegarme a ciertos excesos innecesarios (me pasa con la deidad Ellington y me pasó siempre con su querubín Bill Evans), pero el caso es que ando cada vez más apegado al mood del menos es más. En este orden de cosas, la aparición de Slo-Mo Neon Luminate Hoverings (algo así como ‘Levitaciones de neón luminiscente a cámara lenta’) debe considerarse sorprendente, una maravilla que habrá de rendir cuentas con la inmortalidad cuando llegue la hora. De momento, son escasas las combinaciones de músicos improvisadores que contengan tal grado de compenetración y maestría, tal ausencia de soberbia y tantas ganas de ensamblarse en la construcción común de un proyecto artístico a gran escala —grande desde la humildad compartida— como la que ofrecen Ambrose Akinmusire y Mary Halvorson. Se tenían ganas desde que ambos cruzaran sus empeños allá por 2009. Fue un modo de reconocerse que pronto quisieron compartir, cada cual desafiando las fronteras que les había asignado el destino, porque cuando a la inquietud se le suma la solvencia y el conjunto se cimienta con audacia, el horizonte se expande y los límites ya se fijan con paradigmas inusitados (e incluso insolentes). A nuestros artistas los hermana además el placer que sienten por tratamientos donde el lirismo tiene carta de naturaleza, y desde ese territorio se vuelcan en pos de un más difícil todavía, que no siempre tiene que ser un más complicado todavía, sino un por aquí no pasamos aún, que los hace aventureros de sus respectivos instrumentos, moldeados con la pasión que socorre a los insensatos que tienen clara la dirección a la que han de conducir sus progresos.

Si las técnicas expandidas de Halvorson sólo fueran eso no merecerían el elogio que acaparan año tras año. Sí, se habla de inteligencia melódica y de potencia efectista de su toque guitarrístico, algo que confirma también su pareja cómplice en lo que a la trompeta se refiere, pero en realidad es esa luz estética que todo lo impregna lo que hace que las páginas de las revistas especializadas se llenen de elogios para la pareja desde bien pronto. Ahora, la espera largamente gestada ha concluido y toma forma en el álbum que nos ocupa.

Los cuarenta y seis minutos de música que almacena Slo-Mo Neon Luminate Hoverings se ensayaron el 12 de enero de 2025, se interpretaron esa misma semana en The Stone (Nueva York) y se grabaron al día siguiente en Sear Sound bajo la atenta mirada de Chris Allen. Hubieron dos intentos previos de grabación conjunta que finalmente se descartaron hasta la última cristalización exitosa. El resultado es un álbum de una intimidad y una conciencia espacial excepcionales: nueve piezas (cinco en la cara A y cuatro en la B para el formato Lp), repartidas entre las firmas parejas de Akinmusire y Halvorson (sólo se firma al alimón “Soundcheck”), que obligan a repensar el silencio desde la tradición del Ma japonés, ese espacio de elocuencia donde cobra sentido la distribución de las cosas, en este caso del sonido. En otras palabras, el vacío es consustancial a la plenitud, las notas cobran sentido cuando entra en liza con ellas el espacio que las envuelve, nunca yermo, siempre sonoro desde las enseñanzas de John Cage.

Llama la atención que sea la casa Nonesuch la que acoja el proyecto (recuérdese que Owl Song de Akinmusire, Bill Frisell y Herlin Riley ya está en el catálogo de la Warner, matriz de Nonesuch, desde 2023), no tanto porque no se la considere una disquera que no tome riesgos, muy al contrario, sino porque parece que Blue Note no ha tenido la paciencia para dejar prosperar a Akinmusire en su particular camino hacia la perfección y la excelencia. No es el trompetista un young lion al uso, de explosión inmediata y vendible. Tal vez el imperio que pusieron en pie Alfred Lyon y Francis Wolff, hoy hogar de Tom Misch y Domi & DJ Beck, no acabe de asumir la cocina lenta y libérrima de Akinmusire, no digamos ya de Halvorson. Al parecer sólo recuerdan que por ahí pasaron Cecil Taylor o Andrew Hill entre tantos otros cuando se trata de reeditar una y mil veces clásicos impepinables y exprimir los bolsillos a los advenedizos. Hará bien en vigilar sus espaldas Nduduzo Makhathini, para no ir muy lejos en los futuros damnificados, a la hora de rendir cuentas de resultados al departamento jazzístico de Universal Music Group.

Lo que no corre riesgos de pérdida de intensidad ni aventura es el ejercicio estimulante de oír a dos maestros de lo suyo como Halvorson y Akinmusire haciendo bien su trabajo, que no es otro que dejar la huella de su pensar en los surcos de su trabajo. El surco, pertinente metáfora de lo que aquí nos ocupa. La cosecha está a la altura de la producción y de la idea original. Algo más de tres lustros han debido pasar para fraguar estas levitaciones de neón iridiscentes, cocinadas a cámara lenta, como reza el título. Ya desde la primera composición “Prelude in the Ash” se observan las concomitancias con Beauty is Enough (Origami Harvest, 2023). Akinmusire llega a registros altísimos antes del primer minuto, haciendo gala de su toque y preparando al oyente a la aventura sonora a la que se le invita. Pronto entra Halvorson, y nos advierte de que la cosa va en serio, por si quedaran dudas. Suyo es el espacio de juegos, la piscina de bolas en la que se sumergen ambos músicos: el pedal Line 6 que la guitarrista había prestado cinco minutos antes de la grabación ya empieza a hacer de las suyas. Akinmusire se muestra comodísimo y travieso con ese pedal de efectos. En “This Vivid” se permite coquetear con la locura y tira de griterío, amplificado por el eco del efecto retardante. Su voz se dejará oír en “Blood & Sand”, pero por suerte las cuerdas vocales las reserva para dar forma a las notas que extrae de su trompeta. Hay en las composiciones muchos espacios y remansos para entablar una dinámica conversacional entre ambos músicos, siempre sincera, medida o visceral, según requiera el fluir de la expresión instantánea en la que anden inmersos.

La menuda Halvorson se agiganta en cada uno de los temas, pero siempre asiste al encuentro con los oídos bien abiertos y la mente clarificada por años de dedicación a la improvisación libre, ya sea con parejas como Jamaaladeen Takuma, Michael Formaneck, Sylvie Courvoisier, John Dieterich o Kirk Knuffke, entre tantos otros. Es sin embargo Akinmusire el que firma “Nice to meet you again for the first time” a modo de recordatorio de su caminar conjunto. Haciendo uso de una expresión cercana a la de consulta de terapia de pareja, es bonito reencontrarse de nuevo como si fuera la primera vez. Han pasado más de quince años y la ilusión persiste, hoy más que nunca, visto el resultado, desde aquel lejano 2009 en que unieron destinos musicales. Tampoco es descabellado imaginar las conexiones con el “We’re All Together Again for the First Time” que firmaron Dave Brubeck, Gerry Mulligan, Paul Desmond, Alan Dawson y Jack Six en 1973, ni que sea por la ilusión con la que han afrontado el reencuentro, esta vez a dúo. Con pasajes finales que parecen escritos, es en la suspensión de notas cuando se deja ver la atención que se profesan sin necesidad de miradas de soslayo. Es más bien un asunto interno, casi se diría de entrelazamiento de auras, en cuya simbiosis estriba el secreto de la relación: ofrecer espacios, respetarlos y evolucionar en el camino con la única guía del crecimiento personal compartido, precisamente por haber permitido el progreso gracias a los espacios de crecimiento (y el uso de algún juguetito para travesuras, que todo ayuda a renovar la ilusión, claro).

Cuando llega “Soundcheck” ya se han asentado las bases de la dinámica participativa de Halvorson y Akinmusire. Firmada conjuntamente, esta composición dice mucho de cómo entienden los músicos la improvisación. El trompetista dobla su discurso por efecto del pedal, se multiplica conteniendo multitudes, sabiendo que más que acallar las voces de su interior, les puede dar forma unísona y lanzarlas al mundo, mientras que la guitarrista corrobora esa certeza cuando hacia la mitad del corte toma su instrumento y lo convierte en una suerte de pedal steel guitar atmosférica hasta que ambos se diluyen en extremo final sostenido. Lo mismo sucede en “Watersmoke”, cuando pintan con música al estilo impresionista la neblina de vapor condensado sobre las aguas. Aquí no hay que entrecerrar los ojos como en los cuadros de William Turner o Claude Monet; más bien se trata de olvidarse del mundo circundante y dejarse mecer por el diálogo de estos dos músicos inspirados. Lo que nos produce se acerca mucho al título del siguiente corte “Tangled Pretty”, algo así como un bonito enredo o un enredo preciosista. Los pedales y los botones de alteración de frecuencias sirven para darle nuevos colores a una composición que acaba convertida en canción de cuna, como si se tratara de una nana pasada por el tamiz inquietante del universo de las series de Sci-Fi de la guerra fría. “Ofo” iría en esa dirección, con sus repeticiones y ese eco astral del último minuto que parece disolverse en el horizonte de expectativas del amable agujero negro al que a veces nos abocan Halvorson y Akinmusire. La sombra de Frederic Mompou, su poética del silencio heredada de San Juan de la Cruz (el hiperactivismo de Santa Teresa va por otros derroteros místicos), es alargada y aquí se hace notar. También el blues encuentra acomodo fértil en esta declaración dual de improvisación jazzística, con llamadas y respuestas, sentimiento profundo y texturización de la emoción gracias a la tecnología, más humana cuanto más conscientes de su uso la conciben los creadores. Silencios, resonancias, electricidad, forma y suspensión, contemplación y diálogo, escucha activa y armonización compartida, poesía y misterio. Todo cabe, sin prisas, en estas levitaciones (“hoverings”) con las que el dúo Halvorson-Akinmusire se presenta al mundo por primera vez. Los efectos hacen que la pareja se multiplique, utilizando el desdoblamiento como si participaran otros músicos en la sesión. Así lo han reconocido ellos mismos y así ha quedado demostrado.

Está claro que ni Ambrose Akinmusire ni Mary Halvorson tienen hoy nada que demostrar. Y sin embargo, aquí están tomando los riesgos que les dicta la conciencia y clarificando sus caminos en inmejorable compañía. En cuanto a la amplificación sonora, su entorno no precisa de la potencia que requería Muddy Waters para imponer su voz, pero la necesidad parte del mismo lugar. Querer que sepan de uno, hacerse ver, mostrar hasta dónde se está dispuesto a llegar para conseguir ser reconocido (y reconocible) está en las aspiraciones de los músicos más indómitos e insobornables de cualquier tiempo. La guitarra amplificada de la pequeña Halvorson y la trompeta venturosa y traviesa de Akinmusire vienen de aquellos momentos en los que había que combatir al ruido con más ruido. Esta vez, a pesar de que asistimos a un momento histórico donde hay más ruido que nunca (real y metafórico), ellos han optado por amplificar eléctricamente el silencio, desdoblar lo sutil y multiplicar el diálogo. Por eso la esencia de Slo-Mo Neon Luminate Hoverings constituye una clase magistral sobre el arte de escuchar en tiempos de ignominia y fantasías artificiales. Nunca se dijo que fuera fácil, pero haremos bien en prestarles la atención que merecen. Es música para el alma, ande ésta por donde ande.

26 de mayo de 2026

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