Víctor Antón
Interview
Víctor Antón es guitarrista y compositor zamorano (1984), formado en el Conservatorio de Zamora y en Musikene, Víctor Antón tocó el 25 de julio la 12.ª Muestra JazzEñe de la Fundación SGAE, en el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián, dentro de la 61º edición de Jazzaldia. Presentó Nudos (música inevitable) (Errabal Jazz, 2026), su quinto disco como líder y el primero sin piano, grabado con Daniel Juárez al saxo tenor, Toño Miguel al contrabajo y Naíma Acuña a la batería; en el escenario donostiarra le acompañaron Juárez, Darío Guibert (contrabajo) y Rodrigo Ballesteros (batería). Hablamos con él pocos días después del concierto.
En Nudos hablas de crear en un tiempo saturado de estímulos, con la sensación de que todo ha sido dicho ya. ¿Es el malestar de toda una generación de músicos o una coartada para explicar lo que cuesta llegar al público?
Yo no me lo planteo desde ese punto de vista, aunque las dos cuestiones sirvan para debatir. El discurso de este disco, o su justificación, parte de un lugar un poco más egoísta, valga la palabra en el buen sentido: es algo que percibo que me pasa a mí. De un tiempo a esta parte estoy rodeado de muchísimos estímulos y percibo que la música, y más cuando profundizas en ella, es algo inabarcable, porque no se acaban los ángulos desde donde mirarla, desde donde aprender, desde donde fijarte en músicos nuevos. Con esa sensación de que todo está dicho y hecho, y de que hay cosas buenísimas que cuesta un montón integrar y a las que cuesta sacarles el jugo, hacer música se me torna a veces algo egoísta. Me surge la pregunta: ¿qué tengo yo que aportar a este mundo si ya hay cosas increíbles? Pero, por otra parte, tengo la necesidad de hacerlo. Está claro que quiero que mi música le guste a la gente y le interese, pero no es mi objetivo número uno. Mi objetivo número uno es satisfacerme a mí y, simplemente, hacer cosas. Por eso me ha gustado siempre ir grabando y tocando mi música, aunque a veces no esté perfecta o no sean discos sublimes: es muy difícil tener un nivel muy bueno en todos los temas. Me gusta que sea una fotografía del momento, porque lo que me gusta mucho es hacer. Ese es el sentido de «inevitable»: para mí, hacerlo es inevitable.
JazzEñe es un escaparate que obliga a resumir todo un proyecto en tres cuartos de hora ante gente que no te conoce de nada. ¿Qué dejaste fuera del repertorio y te costó renunciar a ello?
Dejé una balada que, aunque chula, es un poco naíf, un poco simple; precisamente por considerarla así, y porque quizá me robaba unos minutos del poco tiempo que tenía, preferí tocar algo más enérgico y vistoso. Pero no lo tenía nada claro, la verdad, y me quedé con ganas de tocarla. De los ocho temas del disco tocamos cinco, y más cortos de como los solemos hacer en un concierto largo, donde los solos pueden durar un poco más. También dejé fuera el tema dedicado a Palestina, al drama absoluto que vive y sigue soportando esa gente, y que es extrapolable a todas las injusticias, los genocidios y los caprichos absolutamente idiotas de algunos políticos del mundo. Es un tema un poco diferente de los demás y de la estética del disco: tiene un aire de chacarera. Musicalmente no tiene que ver con Palestina, ni mucho menos, pero lo compuse pensando en eso y me gusta aprovecharlo para comentarlo en el escenario. No lo toqué por darle un poco más de unidad estética a un concierto tan corto, aunque también me hubiera gustado. Hay poco tiempo y tampoco soy un solista de discursos muy largos: me gusta tocar las composiciones, que suenen los temas, que haya momentos de solos y que haya variedad, porque las propias composiciones ya la plantean. Prefería hacer un concierto más dinámico.
En la sala convivían dos públicos: el que paga su entrada y los programadores que van a veros. ¿Para quién se toca? ¿Se puede contentar a los dos a la vez?
Yo intento tocar para mí y para los músicos con los que estoy; intento que la música esté bien. Luego, claro, siempre hay una cosita: es un festival importante, hay mucha gente en el teatro. Mientras estaba tocando no pensé en ningún momento en los programadores, pero sí es verdad que flota en el ambiente la sensación de que estás siendo juzgado de alguna manera, y eso da un puntito de responsabilidad. Aun así, intento tocar para mí y estar a gusto con lo que estoy tocando.
Según la nota oficial del Jazzaldia, por JazzEñe han pasado unos noventa grupos y más de quinientos artistas españoles han acabado tocando en escenarios internacionales gracias al programa. Desde dentro, ¿sabes algo de ello?
Si el dato es real —yo lo desconozco absolutamente—, pues me alegro, pero no lo sé. Tampoco estoy muy en la onda: no sé quién está tocando fuera, más allá de los que tocan muy bien. Antonio Lizana, por ejemplo, con proyectos muy sólidos, o Daniel García Diego, que me gusta muchísimo. Pero no sé si es gracias a esto; yo creo que es por méritos propios. Es gente que toca muy bien, que tiene proyectos muy buenos y se lo merece. Ojalá sea así y nos saquen unos bolos en Budapest.
Después de reuniros con los programadores internacionales, ¿qué crees que buscan de verdad para llevarse un proyecto a los festivales de sus países: un nombre, un sonido reconocible, una historia que contar, ¿algo que en casa no tengan? ¿Sentiste que lo tuyo encajaba?
Lo primero: el encuentro tenía poco sentido antes del concierto. Tú te estabas presentando allí, pero ellos todavía no habían escuchado la música ni la propuesta. Por lo que pude deducir de lo que comentamos, es gente que lleva un montón de años programando un montón de propuestas, y algunos lo dijeron: quieren algo que suene diferente, algo que suene fresco. Pero eso es bastante laxo, muy interpretable. Hay mucha gente haciendo música en la misma onda, con los mismos parámetros, y en muchos estilos dentro del jazz; supongo que luego es difícil elegir. Imagino que buscan que se reúnan las condiciones: composiciones chulas, buenos solistas, un sonido de grupo currado y ensayado. Y también, aunque es algo que yo no cultivo mucho, una estética bien reconocible, no solo musical, sino incluso visual: que la gente se vista de una determinada manera, que tenga determinadas actitudes. Nunca me he preocupado demasiado de eso. Además, habrá distintas idiosincrasias; no será lo mismo los alemanes que los colombianos. Y hay cierto revival de las músicas populares y folclóricas de cada sitio —no era el caso de lo que yo presentaba—, que está bien reivindicarlo; quizá vaya un poco por ahí. No lo sé: habría que preguntarles a ellos.
Musikene, en Donostia, es la casa donde os formasteis varios de los seleccionados. ¿Tocar en el escaparate de la ciudad donde estudiaste fue cerrar un círculo o a estas alturas te daba un poco igual?
Yo he tocado muchas veces en Jazzaldia. Cuando estudiábamos allí —y eso ha cambiado un poco, creo, porque este año me ha parecido ver bastantes menos proyectos de la escuela—, los cuatro años que estuve toqué varias veces cada año con distintos proyectos: en la sala pequeña, en Kutxa y en algunos escenarios al aire libre. El puntazo del teatro está muy bien, poder ser parte del festival y estar allí; la producción, además, era muy buena. Pero no tenía yo esa sensación de cerrar un círculo, porque he tenido la suerte de participar en el festival otras veces. Y lo de Musikene me queda ya un poco lejano, hace un montón de años. Aunque el máster lo hice más tarde, así que de aquello guardo un recuerdo más reciente: lo vi el primer año que se ofrecía y pensé «este es el momento, si no, no lo voy a hacer». Estuvo bien, aunque nos pilló la pandemia de por medio y fue un poco decepcionante. Coincidí con compañeros de la primera promoción que tocan muy bien.
Más allá del armazón conceptual y filosófico del disco, ¿cuál es tu proceso de composición?
Lo conceptual, para mí, viene después: yo hago la música y luego llega todo el rollo filosófico. En cuanto al proceso, en este disco solo he compuesto con la guitarra, que es algo que no había hecho nunca, porque me gusta mucho componer con el piano. Casi todos los discos anteriores están compuestos desde el piano y grabados con piano: en el primero, Motion, lo grabó Juan Ortiz; después ha grabado Juan Sebastián Vázquez. Me gustaba mucho escribir desde el piano y escribir bastante para piano, buscar ahí los acordes. Pero este lo he hecho íntegro con la guitarra y pensando ya en un formato en el que no había piano: es mi primer disco sin piano, donde sostengo yo la armonía y a la vez toco melodías.
Luego, a veces la cosa surge de que estás estudiando algo: la escala simétrica disminuida, por ejemplo, y de repente aparece una idea musical, tiras de ahí y ya tienes un fragmento de tema. Otras veces pensar en algo extra musical me ayuda, sobre todo cuando estoy bloqueado y no encuentras nada; lo de Palestina, por ejemplo. Es tan abstracto que no puedes ligarlo inmediatamente con el concepto del que quieres hablar, pero sí puede dar cierto carácter a la búsqueda de una melodía o de un ritmo. Y luego, simplemente, jugar con la guitarra. Me gusta mucho utilizar voicings con cuerdas al aire y buscar cosas que no estén tan sistematizadas para mí. En este disco quería poder tocar melodías y acompañar a la vez, que la melodía esté integrada dentro de la propia manera de tocar la armonía. Me gusta bastante componer dentro de una forma: soy amante de la forma y creo que de la melodía también, aunque últimamente me apetezca explorar cosas un poco más abiertas. Y me gusta que los temas tengan variedad rítmica y melódica. A veces hasta me pongo piedras en mi propio camino, porque escribo cosas que me resultan complicadas de tocar. Ese es el reto muchas veces: intentar que no sean tan complicadas, que se puedan tocar de manera más natural. Buscar ese equilibrio.
En el disco tocas todos los palos: la forma, la armonía, la melodía, partir de un ritmo. ¿Eres metódico componiendo?
No soy nada metódico. Supongo que hay gente que sabe más de composición que yo; llevo estudiando música toda la vida, pero al final haces las cosas de manera un poco intuitiva y me cuesta tenerlo todo ordenado. Hay quien tiene como una biblioteca en la cabeza de cosas que funcionan. Yo, evidentemente, sé cómo suenan las cosas, pero muchas veces me encuentro jugando con la guitarra y diciendo: mira, esta cuerda al aire suena bien, a ver qué acorde sale aquí. Lo hago un poco intuitivamente. Desecho muchas cosas que a mí me suenan manidas precisamente porque ya he pasado por ellas. Supongo que esto depende de la biblioteca intuitiva que cada uno tiene en su interior.
¿Y tienes un banco de ideas guardadas que todavía no son un tema completo?
Sí. El tema «Sueño» creo que lo he hecho en casi dos años: no acababa de encontrar la onda del tema, ni los acordes, ni el final; estaba más o menos, pero la coda no estaba bien hecha, la forma no terminaba de cuadrar. Me pasa muchísimo. A veces tienes ocho compases que dices «cómo mola», y luego: ¿qué hago yo con ocho compases? O tienes unos acordes buenísimos para improvisar y encima se te ocurren melodías malísimas. «Reencuentro», que también me gusta mucho y tampoco toqué en el concierto, tiene una parte A vieja, de un par de años, y una parte B mucho más reciente, porque no la había encontrado.




