Javi Ruibal

Interview

JazzEñe / SGAE

07

Septiembre, 2026

Texto: Marino Garcimartín
Fotos: Juan Fran Ese

Javi Ruibal:  el baterista, percusionista y productor gaditano abrió el festival JazzEñe 2026 con su cuarteto —Diego Villegas (saxo, flauta y armónica), Óscar Álvarez (piano) y Ale Benítez (bajo)— la 12.ª Muestra JazzEñe de la Fundación SGAE, y con ella el 61º edición de  Jazzaldia, a las doce y media del mediodía en el Teatro Victoria Eugenia. Presentaba Luz (2025), su segundo disco como líder, construido en el estudio como si fuera un laboratorio.

Voy a dejar fuera las preguntas sobre tu padre: he visto muchísimas entrevistas y supongo que ya estarás un poco cansado de responderlas.

Es la pregunta que hacen siempre, sí. Pero, como tenemos una relación tan cercana y llevamos tantísimos años trabajando juntos, a mí se me hace muy natural. Desde hace mucho somos más complementarios que otra cosa: yo le produzco los discos y llevo acompañándolo desde los dieciséis años. Tener música en casa desde pequeño fue una suerte y un privilegio: hasta que me dediqué a ella no le había prestado ninguna atención, pero inconscientemente ya la estaba absorbiendo.

Fuiste el primero en salir: abriste la muestra el primer día. ¿Cómo se lleva ese papel?

Fue abrir el ciclo y abrir el festival: lo primero que sonó este año en todo Jazzaldia fue nuestro concierto. Lo afrontamos con responsabilidad, pero también con muchísima ilusión, porque es un festival que llevamos viendo desde que éramos chicos por televisión. Salimos con toda la energía, a pesar de ser por la mañana y de no estar acostumbrados a tocar al mediodía, porque sabíamos que el teatro estaba lleno y que había un montón de programadores a los que había que convencer.

Al día siguiente hubo un encuentro con los programadores internacionales. ¿Cómo fue?

Me felicitaron todos por el concierto, me dijeron que les había gustado mucho. En las charlas intentamos transmitirles que estábamos dispuestos a girar, porque para una música como la que hacemos este tipo de iniciativas son maravillosas y realmente nos hacen falta. Les dije que somos flexibles en cuanto a formatos, a colaboraciones con músicos de los lugares a los que nos lleven, o a hacer coproducciones con big bands o con artistas locales de esos festivales. Quise dar el máximo de facilidades: primero, porque me interesa mucho; y luego, porque trabajando como sideman para otros artistas del entorno del jazz he visto que ese tipo de cosas facilitan la contratación.

¿Qué buscaban mayoritariamente?

Había de todo: gente más interesada en la parte flamenca del repertorio, otros en la de jazz fusión o mestizaje con música del mundo, y algunos que valoraron directamente que fuera una propuesta personal, sin ataduras con ninguno de esos estilos. En general creo que valoraron la energía, la interacción entre los músicos y la elección del cuarteto. Funcionó como espectáculo porque elegimos bien el repertorio: tenía relieve, empezaba con una energía determinada e iba pasando por varios tempos y coloridos para mantener a la gente atenta.

Cuarenta y cinco minutos obligan a dejar cosas fuera. ¿Cómo hiciste la selección?

Fue fácil, porque, aunque parezca lo contrario, te lo están facilitando. Si tienes tres o cuatro temas con la misma energía o el mismo compás flamenco, eliges solo uno. Yo tengo varias piezas en bulería y evidentemente no iba a abundar en eso, porque lo que quieres dar es un abanico que dé visibilidad a todo lo que puedes ofrecer.

Compartías cartel con otros siete proyectos muy distintos.

Me ha gustado mucho que este año lo seleccionado no fuera gente ya consolidada. Un programa así tiene más valor cuando da oportunidades a proyectos como el mío, que están buscando su lugar; otros años he visto a artistas a los que, bajo mi punto de vista, les hacía menos falta ese trampolín. Además, venían colegas conocidos acompañando: a Noa Lur, por ejemplo, la acompañaba David Sancho, que ha grabado un tema en mi disco. Ten en cuenta que ahí uno se presenta —creo que es la tercera vez que me presento a JazzEñe— y hay que insistir. De doscientas propuestas se eligen ocho cada año, y cuando ves que tres de esas ocho son gente que ya está girando por los mejores festivales del mundo, piensas que es otro año que te toca esperar.

Como productor, ¿cómo es tu proceso de composición?

La producción me parece un mundo fascinante porque abre opciones. Uno compone prioritariamente desde un instrumento melódico y armónico; yo uso el piano, que no toco especialmente bien, pero me sirve para arrancar. Y me gusta aplicar a mi música procesos de producción asociados a otras músicas: muchas veces parto de algo bastante sencillo a lo que le damos forma en el estudio, coproduciendo con un arreglista, en vez del sistema clásico de llegar con todas las partituras escritas y entregarlas.

Dejo margen lo improvisado y huecos para los solos, como es costumbre en el jazz, pero también me dejo influir por la energía que trae cada músico: escojo desde el punto de vista de la producción quién quiero que toque y qué instrumento quiero que suene, y luego le doy espacio para que me proponga y podamos construir de forma más abierta. El proceso es muy variado: a veces parto de un groove y otras de una melodía que se me ocurre y grabo en el móvil, que después transcribimos y voy armonizando. Me siento muy cómodo en el estudio porque he trabajado mucho en él y porque estudié técnica de sonido a la vez que música, en Madrid. Es un laboratorio interesante desde el que construir, donde aparecen cosas que, en solitario, con un solo instrumento, no van a aparecer.

Con el ritmo que llevamos últimamente, en el que estás en cincuenta proyectos para sobrevivir, ¿tocas siempre con el mismo equipo? ¿Tenéis tiempo de desarrollar las ideas?

Mi productor principal es José Recacha, compañero mío desde hace muchos años, que también trabaja conmigo en el proyecto de mi padre. Pero a veces encargo piezas concretas a otros; por ejemplo, a Diego Villegas, porque creo que les pueden sacar más jugo como arreglistas. Al final, la línea entre arreglista y productor es bastante delgada: ya desde el arreglo se toman decisiones que condicionan la producción. David Sancho metió bastante mano en un tema; Jorge Vera, el pianista que toca a veces con Patax, se hizo cargo de otra pieza; y un tema me pilló de viaje por México y lo hice con Roberto Verástegui, el pianista de Silvana Estrada.

Me gusta variar el punto de vista y no tengo miedo a que quede una cosa dispar entre unos temas y otros, porque siempre puedo redondearlo después en el estudio: tengo el conocimiento para uniformar cosas hechas desde puntos de vista muy distintos. Igual que me interesan la fusión y el mestizaje, me interesa el trabajo en equipo y todo lo que me pueda nutrir para no repetirme.

He estado escuchando el disco y cada tema toca palos muy distintos, pero suena realmente a grupo, con un sonido propio.

Ahí ayuda mucho conocer el estudio y la producción, porque hay cosas que se pueden hacer técnicamente para que las piezas casen. Y, aunque haya grabado distintos temas con distintos músicos y formaciones, he cuidado ciertos detalles para que los elementos coincidentes generen un tronco común. Aunque de pronto aparezca esporádicamente un laúd o un acordeón, en general tenemos ahí todo el rato el cuarteto o quinteto básico de jazz: bajo, batería, piano y un viento.

7 de septiembre, 2026

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