September, 2026

Texto: Pedro Andrade
Foto: Paloma Mendes

El jazz siempre ha sido una música difícil de encerrar en una definición. Su historia está hecha de encuentros, cruces y transformaciones, de una tradición que no ha dejado de incorporar nuevas voces y formas de expresión. Desde esa perspectiva entiende también Carla López su trabajo al frente de la programación de JazzCírculo, como una oportunidad para mostrar que el jazz sigue siendo una música abierta, capaz de dialogar con otras tradiciones y de encontrar nuevos caminos.

Su apuesta combina tradición y riesgo, nombres consagrados y músicos jóvenes, geografías y sensibilidades diversas, propuestas que habitan el centro del jazz y otras que prefieren moverse en sus márgenes. Lucía Rey, Albert Vila y Perico Sambeat, Álvaro Torres, Francisco Mela, Kuba Więcek, Sumrrá, Alba Careta, Sheila Blanco y Federico Lechner dibujan esta temporada un mapa en el que el jazz aparece, precisamente, como aquello que Carla defiende y define como una “música viva”, porque todavía conserva la capacidad de preguntarse qué puede llegar a ser. En el Círculo de Bellas Artes, un espacio concebido históricamente para el diálogo entre disciplinas, esa búsqueda encuentra además un escenario íntimo y cercano, donde escuchar también significa descubrir.

Esta edición parece dibujar un mapa muy amplio del jazz actual, desde la escena madrileña hasta la europea, pasando por el Mediterráneo y el diálogo con otras músicas. ¿Cuál fue la idea u objetivo inicial que dio origen a esta programación?

La idea es siempre la misma. Ofrecer la posibilidad a nuestro público de disfrutar al máximo de las diferentes formas de interpretar jazz que existen hoy en día. De esta manera no hacemos un ciclo monográfico, sino algo abierto a todas las corrientes. Me parece muy enriquecedor.

Llevas muchos años vinculada al Círculo de Bellas Artes y varios ya como programadora de Jazz Círculo. ¿Cómo ha evolucionado tu forma de programar jazz en estos años y qué criterios permanecen inalterables cuando eliges a los artistas?

Es verdad, llevo mucho tiempo en el Círculo, y esto me ha permitido conocer a gente muy interesante, de todos los ámbitos en los que trabajamos.

Mi intención a la hora de programar es la de dar voz a grupos jóvenes que tienen mucho que aportar, pero que al no ser conocidos no pueden acceder, todavía, a grandes escenarios. Creo que la oportunidad de presentarse en un marco como el teatro Fernando de Rojas, con lo que eso implica y aporta, puede suponer para ellos también un escaparate importante, y para nuestro público la posibilidad de conocer grupos muy interesantes que de otra manera les sería más complicado de escuchar.
Eso sí, sin olvidar, por supuesto a los consagrados.

Nos llegan muchas propuestas interesantísimas y seleccionar las definitivas es muy difícil, por lo que los cuidamos mucho desde el principio. Desde los técnicos a la organización, en el Círculo nos tomamos muy en serio ese aspecto.

Cuando observas el cartel completo, ¿qué conversación crees que se establece entre todos estos proyectos? ¿Qué tienen en común artistas aparentemente tan distintos?

Cuando programo no busco que sea comercial, me gusta arriesgar con propuestas que a veces no se enmarcan en lo que solemos definir como jazz. Porque para mí jazz implica muchas voces y formas de entender la música. Me interesa asumir riesgos y abrir espacio a proyectos que, en ocasiones, quedan fuera de lo que tradicionalmente solemos etiquetar como jazz. Creo que la función de una programación cultural también consiste en invitar a que la gente pueda escuchar músicas que desafían categorías y amplían nuestra percepción de lo que puede ser este lenguaje.

Programo propuestas diferentes que a veces se encuentran en los márgenes del género. En muchos casos son precisamente esos proyectos los que mejor reflejan el momento actual de la música. Intento mostrar su capacidad para evolucionar, cuestionarse y seguir siendo un espacio de libertad artística.

El ciclo se abre con Lucía Rey Quartet. Lucía representa una voz muy personal dentro del jazz hecho en Madrid, su último álbum “Nómadas” ha significado un salto importante en su carrera. ¿Qué te interesaba especialmente de su momento artístico actual y por qué te parecía importante abrir la temporada con ella?

Inaugurar la temporada con Lucía Rey Quartet es una forma de reivindicar el talento local. Su música encarna muy bien la idea de apertura, exploración y diálogo que queremos que defina la programación de la temporada.

Su planteamiento es muy personal. Se abre a la tradición, incluyendo la música contemporánea en una propuesta que resulta coherente. Incluye desde el jazz más latino al flamenco.

“Nómadas” ha supuesto un reconocimiento importante por parte de la crítica, confirmando que Lucía atraviesa un momento fantástico. Abrir en octubre con Lucía es una maravilla porque con este trabajo tan vital, comenzamos realizando un viaje por los sonidos de Oriente, del Mediterráneo, Latinoamérica, que nos llevará también en Jazz Círculo por propuestas muy dispares, hasta cerrar en febrero de nuevo con la influencia argentina de Federico Lechner y Sheila Blanco.

El concierto de Albert Vila junto a Perico Sambeat reúne dos generaciones y dos trayectorias muy consolidadas. ¿Qué aporta este encuentro al relato general de la temporada?

Como te comentaba antes, me gusta mezclar propuestas, y la idea que me presentó Albert me pareció la definición perfecta.

No sólo son dos generaciones, sino también dos opciones distintas que se han unido para ofrecernos un concierto que seguro recordáremos. El concierto de Albert Vila y Perico Sambeat es un diálogo entre dos maneras de entender el jazz dentro de una misma tradición, pero desde distintas generaciones.

Vila supone la sensibilidad más contemporánea en la guitarra con influencias que van del jazz actual de Nueva York a la tradición europea más lírica. Por otro lado, Perico Sambeat tiene un lenguaje abierto a la experimentación. Lo interesante no es solo la suma de estilos, sino cómo se retroalimentan.

Ese diálogo genera conciertos muy vivos, donde la improvisación no es solo virtuosismo, sino una conversación entre dos lenguajes musicales.

La música de Álvaro Torres parece dialogar con tradiciones muy distintas y escapar de categorías cerradas. ¿Qué te interesa de su propuesta y qué crees que nos dice sobre el momento que vive actualmente el jazz?

Lo que más me interesa de la propuesta de Álvaro Torres es su capacidad para integrar tradiciones muy distintas sin que suene a suma de influencias, sin más. En su trabajo convive la improvisación, la tradición clásica europea, elementos del folclore español e incluso experiencias adquiridas a lo largo de su vida.

Me parece que es importante valorar que ha desarrollado su carrera entre Madrid, Nueva York, Barcelona, Berlín, Copenhague y Katmandú. Actualmente es profesor en el Conservatorio de Nueva Jersey y un asiduo en la escena jazzística neoyorquina. Es imposible que todas esas vivencias no se reflejen en su música. Sus composiciones son el resultado de estas vivencias. conectan todos esos lenguajes.

Como llevamos viendo desde hace varias temporadas con los músicos que presentamos en JazzCírculo, no se puede hablar de fronteras dentro del jazz, porque el jazz es una música que bebe de muchas influencias, que respeta la tradición, pero no para de innovar. Y Alvaro Torres es el ejemplo perfecto. Tiene un profundo conocimiento de la tradición, la aprovecha e incorpora sus vivencias en las que hay diferentes tipos de expresiones. Mostrándonos que el jazz más contemporáneo es un espacio que mantiene viva la búsqueda.  Su propuesta en trío para nuestro concierto incluye al gran percusionista cubano, Francisco Mela y al contrabajista japonés, Masa Kamaguchi.

Kuba Więcek es probablemente uno de los nombres menos conocidos para parte del público madrileño. ¿Qué te llevó a apostar por él y qué aspectos de la nueva escena europea te interesa visibilizar a través de su presencia?

Me interesó programar a Kuba Więcek porque representa una generación de músicos europeos que están ampliando los límites del jazz. Es joven, con una personalidad muy definida, que incorpora elementos de la electrónica y de otras músicas actuales sin perder la conexión con la improvisación y el lenguaje jazzístico.

Refleja muy bien algunas tendencias de la escena europea. No se trata solo de reinterpretar la tradición, sino de construir nuevos lenguajes a partir de ella.

Además, me parece importante que el público madrileño pueda descubrir artistas que quizá todavía no tienen una gran visibilidad aquí, pero que están teniendo un impacto significativo en otros circuitos europeos. Además, el Círculo de Bellas Artes es también Casa Europa, por lo que somos el escenario ideal para presentar este tipo de propuestas.

Sumrrá ha cumplido 25 años defendiendo un proyecto artístico coherente, independiente y con una identidad muy reconocible. Sin embargo, da la sensación de que su prestigio dentro del ámbito musical no siempre se ha traducido en una visibilidad equivalente ante el gran público. ¿Compartes esa percepción? Estoy seguro de que los aficionados al jazz estarán felices de tener a Sumrrá en Madrid, algo que es poco habitual.

Totalmente.

Sumrrá se ha mantenido fiel a su proyecto, y quizá ha implicado que no se hable tanto de ellos a nivel global, pero tienen un público muy leal. Hay veces que el trabajo constante y bien hecho no tiene el eco que se merece, justamente por eso. Por esa constancia. Ese cuidado, a la hora de trabajar, no se valora en su justa medida. Nos dejamos llevar muchas veces por los grandes movimientos que llaman de golpe la atención y eso desvía la mirada de ese trabajo que podríamos calificar como artesanal, y que le da esa identidad que reconoces en cuanto lo escuchas. Estábamos deseando que vinieran a Madrid para celebrar sus ya 26 años.

Alba Careta pertenece a una generación muy nueva de músicos que se mueve con naturalidad entre la composición, la improvisación y otras tradiciones musicales. ¿Qué te atrae de su propuesta y qué aporta a esta edición? 

Quizá la suma de todo lo que acabas de describir. Su frescura y naturalidad moviéndose entre los diferentes lenguajes musicales que nos presenta. Es la demostración de que los músicos jóvenes de jazz rompen con la rigidez tanto componiendo como a la hora de improvisar que ha imperado durante tiempo en el jazz. Siente curiosidad por las tradiciones, y lo vuelca en sus composiciones. Me encanta de ella su pasión por querer reflejar el momento actual y social que vivimos y su conexión con la naturaleza. Alba vendrá a JazzCírculo con su trabajo “Panical”, que es una especie de cardo que posee unas flores preciosas rodeadas de espinas.

Su presencia aporta esa mirada hacia el futuro que me interesa incluir en esta edición. Su participación ayuda a mostrar que el jazz sigue siendo una música viva, en constante transformación y especialmente atractiva para nuevas generaciones tanto de músicos como de oyentes.

El cierre con Sheila Blanco y Federico Lechner une jazz, tango, canción y palabra. ¿Por qué te parecía una buena forma de clausurar el ciclo? ¿Hay una intención simbólica en esa elección?

Era como volver a la calma. Además, es un resumen de las ideas presentes en el ciclo: el dialogo entre diferentes lenguajes. En este caso son el tango, la canción y la improvisación. Es un proyecto que combina una gran calidad musical con una narrativa única. De alguna manera, insistimos en la idea de que el jazz no es un lenguaje cerrado, sino una música que sigue creciendo a través de los encuentros y las conexiones con otras expresiones artísticas, que es lo que queremos mostrar, como te llevo comentando a lo largo de esta entrevista.

Después de tantos años observando la escena como gestora cultural, ¿cómo describirías el momento actual del jazz en Madrid? ¿Es una ciudad donde el jazz ocupa el lugar cultural que merece?

Creo que poco a poco Madrid se está haciendo un hueco dentro de los focos importantes del jazz. Hay mucho jazz de calidad, somos muchos los que programamos, pero sin hacernos competencia. Creo que todos sumamos. Y poco a poco los madrileños estamos aprendiendo a valorarlo como se merece. A nuestro ciclo viene gente de otras ciudades y para mí sería fantástico convertirnos en una referencia también a nivel nacional.

¿Qué papel desempeña Jazz Círculo dentro de ese ecosistema? ¿Qué puede ofrecer este ciclo que no ofrecen ni los festivales ni los clubes especializados?

Llevamos casi 20 años formando parte de ese ecosistema. Creo que podemos decir, no sin orgullo, que ese ecosistema existe, en parte, gracias a JazzCírculo.

Quizá lo que nos diferencia de los otros, no es sólo que tenemos la enorme suerte de encontrarnos en un espacio único, en un edificio que ha cumplido 100 años. Quizá lo que nos hace diferentes es la cercanía y conexión que se genera desde el primer minuto entre el público y los músicos. Una conexión que, por su tamaño, por ejemplo, en los festivales es más complicada de crear. Además, intentamos crear una conversación con las demás propuestas que el Círculo de Bellas Artes genera. Invitamos a nuestros abonados a que disfruten, antes del concierto, de las exposiciones. Así cuando entran en la sala han tenido un tiempo de desconexión con “el ruido” exterior pudiendo así disfrutar de la propuesta que cada músico ha preparado para esa tarde en especial.

Cuidamos mucho a nuestro público con una atención personalizada para cada concierto. Los grandes festivales no pueden, por volumen, tener ese detalle en la atención. Queremos que sientan que forman parte del Círculo. Eso nos diferencia del resto.

Desde el equipo que formamos JazzCírculo nos resulta muy gratificante ver como cada año va creciendo el número de abonados. Es un público cómplice que está abierto a nuevas propuestas y que nos demuestra en cada edición que confía en nuestra programación. Además, después de cada concierto, se genera un ambiente de complicidad entre músicos y público, gracias a nuestro maravilloso teatro Fernando de Rojas que es muy cercano e íntimo y al Salón de baile, donde es habitual después de cada concierto que los músicos charlen con su público.

El Círculo de Bellas Artes se acerca ya a su 150 aniversario y este año se cumple además el centenario de este edificio. Desde tu experiencia dentro de la institución, ¿qué valores culturales y líneas artísticas crees que han definido al Círculo en las últimas décadas? ¿Y de qué manera dialoga Jazz Círculo con esa tradición y la proyecta hacia el presente?

El Círculo de Bellas Artes se ha mantenido, a lo largo de su historia, como uno de los grandes espacios de encuentro para la creación, el pensamiento y el diálogo entre disciplinas. Si algo ha definido su trayectoria en las últimas décadas ha sido esa vocación de apertura: la voluntad de acoger distintas formas de expresión artística, de poner en conversación tradición y contemporaneidad, y de entender la cultura como un lugar de intercambio, reflexión y experimentación. Esa capacidad para reunir miradas —desde las artes visuales hasta la literatura, el cine, la filosofía, la música o las ciencias sociales— ha convertido al Círculo en una institución conectada con los debates culturales de cada momento.

En ese sentido, JazzCírculo dialoga de manera natural con esa tradición. Nuestra programación busca precisamente reflejar esos valores, combinando figuras consolidadas con nuevas voces, apoyando proyectos de creación contemporánea y mostrando la diversidad estética que caracteriza al jazz actual.

La gestión cultural suele ser un trabajo invisible. Después de casi veinte años en el Círculo, ¿cuál ha sido tu mayor satisfacción profesional?

Yo no diría que es un trabajo invisible. Lo calificaría más bien como silencioso. Diseñamos el contexto, coordinamos los recursos, acompañamos a los artistas, resolvemos los problemas que surgen por el camino y cuidamos cada aspecto para que, llegado el momento, la experiencia funcione con naturalidad. El protagonismo debe recaer en los creadores, en las obras y en el público, que son los verdaderos destinatarios de todo ese esfuerzo. Nuestro éxito como gestores culturales consiste, precisamente, en pasar desapercibidos. Cuando un concierto emociona, una exposición fluye o un festival se desarrolla sin contratiempos, nadie piensa en todo el trabajo previo que ha sido necesario para hacerlo posible. Y eso es perfectamente lógico, y como debe ser. Nuestro papel no es ocupar el centro de la escena, sino crear las condiciones para que otros puedan hacerlo. Somos el puente entre la creación y el público.

Por eso creo que la mejor recompensa no es aparecer en la foto, sino saber que hemos contribuido a que exista. Al final, nuestro objetivo es que la gente disfrute la experiencia, la haga suya.

Son muchas las ocasiones en las que me he sentido muy contenta, por lo que me resulta complicado elegir una. Pero quizá cuando me ofrecieron ser la programadora de JazzCírculo. Es un reto constante.

Recibí la propuesta con una mezcla de alegría y responsabilidad, ya que suponía asumir un papel importante dentro de un proyecto cultural que valoro profundamente.

Cada temporada implica descubrir nuevos artistas, diseñar una programación atractiva y equilibrada, y tratar de ofrecer al público experiencias musicales de calidad. Aunque no siempre es fácil y exige dedicación, precisamente esa exigencia es una de las razones por las que disfruto tanto.

La satisfacción de ver cómo el público responde positivamente hace que merezca la pena.

Como programadora, una de tus funciones consiste también en generar descubrimientos. Cuando termine esta edición de Jazz Círculo, ¿qué te gustaría que el público hubiera descubierto o comprendido mejor sobre el jazz contemporáneo?

Mi ilusión y principal objetivo es que la gente tenga ganas de volver. No pretendo descubrirle a nadie nada. Quiero que, al acabar, el ciclo de conciertos, piensen que ha valido la pena acudir esos viernes al Círculo.