Ivo Martins
Interview
Guimarães Jazz Festival
En 2025, el festival de Guimarães alcanza su 34ª edición reafirmando una identidad construida a lo largo del tiempo: una programación exigente, abierta al riesgo y atenta a la evolución de las músicas contemporáneas. Lejos de fórmulas complacientes, el festival se ha consolidado como un espacio de coherencia artística y escucha activa en el mapa europeo. Al frente de esta trayectoria se encuentra su director, Ivo Martins, figura clave en la construcción de un festival que ha sabido crecer sin perder identidad, articulando tradición y contemporaneidad, nombres consagrados y nuevas voces, escena local y proyección internacional. En esta entrevista hablamos con él sobre el significado de alcanzar esta edición, los principios que sostienen la programación y el lugar que Guimarães sigue ocupando como territorio de descubrimiento y pensamiento musical.
In&OutJAZZ Magazine. ¿Cuál es hoy el papel del director artístico en un festival que alcanza ya su 34ª edición, y cómo se equilibra la herencia con la necesidad de renovación?
Ivo Martins: El festival tiene 34 ediciones y yo entré en la quinta, así que llevo haciendo esto desde hace 30 años, que también es un tiempo razonable. Pero, sinceramente, no sabría definir cuál es exactamente mi papel. Yo nunca había hecho algo así antes. Escuchaba música, hacía radio, y todavía hoy hago radio, me gusta mucho el jazz, pero también escucho muchas otras músicas. Llegué al festival precisamente a través de la radio: la gente de Guimarães me invitó a implicarme y mi propuesta, en aquel momento, era bastante arriesgada, porque intenté salir de los circuitos habituales y contactar directamente con otras realidades.
Hay que pensar que en esa época no existían los emails, se trabajaba con fax, y muchos discos traían los nombres de los músicos y de los agentes, sus direcciones y teléfonos. Empezamos a contactar directamente a partir de esa información que aparecía en los vinilos o en los CDs, y lo cierto es que funcionó. Funcionó de verdad.
En la primera edición que hice, trajimos a Chano Domínguez y a Carlos Benavent con aquel proyecto increíble de Flamenco Jazz. Eso fue hace 30 años, y visto desde ahora, fue algo bastante adelantado a su tiempo; hoy todo el mundo sabe lo que es, pero entonces no era tan evidente.
Mi manera de trabajar parte, sobre todo, de la escucha. Es algo muy intuitivo. No tengo una fórmula clara, no sabría decirlo mejor. Hay algo en todo esto que me sobrepasa un poco. Por ejemplo, el concierto de ayer nació de una decisión puramente intuitiva. Yo había visto el año pasado a Craig Taborn con la cantante portuguesa Sara Serpa y sentí que estaba muy contenido, como encerrado en una jaula. Me dio tristeza, porque sabía que tenía mucho más potencial. Pensé que merecía otras condiciones para poder mostrar realmente lo que vale.
Por eso lo invité de nuevo este año. Hay algo casi de culpa en ese proceso: la sensación de que el músico no pudo explotar del todo, y la necesidad de ofrecerle otra oportunidad en un contexto distinto.
En el fondo, mi papel tiene que ver con eso: con recuperar, con recombinar, con pensar cómo las cosas dialogan entre sí sin anularse. Pienso mucho en los formatos, en cómo se presentan los proyectos, en cómo funciona el conjunto, para no saturar al público y evitar programar propuestas que puedan sonar repetidas, al menos dentro de los hábitos más convencionales.
Dices que te importa mucho no repetir fórmulas ni saturar al oyente. Desde esa escucha tan intuitiva, ¿cómo decides qué proyectos entran en la programación del Festival Internacional de Jazz de Guimarães?
Esto me obliga a conocer, a moverme, a andar por ahí, a navegar, a investigar, a captar cosas. Al final, es una cuestión de oído: es mi oído el que manda. Hay proyectos que, en determinados momentos, son mucho más interesantes que otros que vienen de fuera, y hay otros que llegan aquí y funcionan de manera distinta.
Nosotros, en ese sentido, somos casi una especie de dictadores: decidimos, marcamos, y eso tiene algo de triste, pero al mismo tiempo permite que sucedan ciertos fenómenos. El concierto de ayer, por ejemplo, fue increíble. Lo mismo pasó el año pasado con Ambrose Akinmusire junto al cuarteto de cuerdas y con Immanuel Wilkins. Son proyectos que permiten que el jazz explote, que se expanda y que abarque territorios que lo hacen profundamente actual.
A veces se dice que el jazz es una música vieja, antigua, superada. No estoy de acuerdo en absoluto. El jazz respira en muchas músicas. Cuando alguien hace buena música, ahí está el jazz. El jazz es un arte de extraer, de respirar, de recuperar, de captar. En el concierto que vimos anoche, Mark Turner Quintet, estaba todo eso: jazz, electrónica, minimalismo repetitivo, blues. Estaba todo ahí.
Mirando atrás, en todas estas ediciones, ¿hay artistas que han marcado de forma especial tu recorrido dentro del festival?
Ah, tantos, muchos, es imposible, es imposible decir nombres, grandes músicos, Wayne Shorter, Herbie Hancock. Cedar Walton, Hank Jones, esto así, muy rápidamente, músicos increíbles, que ya muchos desaparecieron, Charlie Haden, Liberation Music Orchestra vino dos veces, una vez con Charlie Haden y otra con Carly Bley, lo que pasó por aquí durante 34 años es brutal, ¡es brutal! Betty Carter, Bill Frisell, etc. Creo que eso convierte el festival en lo que es, un proyecto interesante. También hacemos colaboraciones con asociaciones de músicos, grupos de músicos, escuelas, universidades, aglutinamos en el festival una serie de bolsas de intereses, que son exteriores al festival, pero que captan intereses para el festival, es otra estrategia que ha corrido bien, y permite alargar el espectro del festival. Todo tiene un sentido, que a veces resulta y otras veces no, pero siempre hay un plan. Todo es pensado de manera abierta, integrado en escenas, y eso da al festival más amplitud. También están las jam sessions diarias después de los conciertos en el club del Centro Vila Flor, que existen desde hace 20 años.
Todo aquí, en el Palacio Vila Flor.
Sí, en Vila Flor (CCVF) que solo tiene 20 años. Convivio, es una asociación importante de Guimarães, fundadora del festival junto con la Cámara Municipal. Cada año dividimos el festival alternando entre Convivio y Vila Flor. Así que estamos siempre coordinados.
Después de tantas ediciones y de tantos años implicado, ¿cómo sientes que ha ido evolucionando el festival desde dentro, desde tu propia experiencia?
El festival tiene un formato. Este formato es como aquella semilla de un Roble, de un árbol de unos 30 o 40 metros de altura. No sé si conoces, el roble es un árbol lindísimo, que tiene unas semillas grandes que son unas bellotas. Y esas semillas tienen la potencia del árbol. Lo que es necesario es crear condiciones para que la semilla germine, nazca y crezca. Que evolucione o crezca en el tiempo, en el espacio y se ramifique. En el fondo el festival es lo mismo. El festival es una especie de árbol que se ramifica, que intenta alargar lo más posible su espacio, de intervención, en el que muchas cosas se posan, algunas quedan, y otras no. Aquí hay un proceso, y es más que eso, es verdaderamente evolución. Esto no es lineal, es una cosa muy intuitiva, es aleatoria, ocasional, son momentos. Vivimos tiempos difíciles y es natural que las personas busquen cosas buenas. El festival está con una afluencia igual a diez años atrás, que es brutal. En el COVID, hicimos un festival con músicos portugueses y extranjeros que vivían en Portugal y lo conseguimos. Con esto conseguimos recuperar al público, que es importante.
Es bonito.
Tenemos un público fiel. Sé que las personas aparecen y vienen de todas las partes del país y de España también.
Muy interesante todo, muchas gracias, Ivo.
Ha sido un placer.
Por Bega Villalobos
29 de enero de 2026