“Cuando pienso en Miles Davis y en los bateristas que pasaron por sus bandas, pienso en la evolución de la música en sí. Cada uno de ellos representó un capítulo diferente de la historia de Miles, y cada uno cambió nuestra manera de escuchar y tocar esta música”, ha afirmado el baterista. En esa tradición se inserta, como decíamos, el mismo Hutchinson, el “Hutch” que se escucha en el escueto corte antes apuntado “The Masters”. El de Brooklyn pisa firme y desea corresponder a Miles con algo de la chulería con la que el trompetista universal asombraba al mundo. Es lo que le lleva a ejercer su liderazgo con decisión y valentía. Como dice Christian McBride en las notas del disco: “Hutch permite que la banda se expanda de manera que se mantenga la música de Miles con un sonido vital y totalmente nuevo. Kind of Now es la prueba de que cuando tienes al líder adecuado, la visión adecuada y la banda adecuada, el espíritu de Miles sigue resonando con fuerza y claridad. Y con Hutch al mando, resuena con pasión, gracia y profundo amor. Y para rematar, asegúrense de escuchar con atención los interludios de batería. Hutch es profundo. Muy profundo”. Profundo y juguetón, añadiríamos. Y si no, escúchese el corte final, “I’m Done”, firmado por el líder en solitario, dándole la vuelta al tiempo, montando la grabación al revés (primeros veintitrés segundos) y reordenándola hacia la mitad del trayecto (lo veintitrés segundos restantes), para convertirla en el modo más literal de afirmar que el tiempo es lo que uno haga con él.
Tras la mencionada “Ah-Leu-Cha”, algo más pausada que la pieza original, a la lista de composiciones se suman “Fran-Dance” (Miles Davis), introducida con delicadeza por un Gerald Clayton en estado de gracia. Si en la original del sexteto de 1958, la pieza caminaba y presagiaba lo que vendría un año después con Kind of Blue, aquí Hutchinson se pone los ropajes clásicos, toma las escobillas y deja que Joe Sanders le allane el camino mientras Clayton se hace amo y señor de la pista. Y claro, se echa de menos a Cannonball Adderley, John Coltrane, Bill Evans, Wynton Kelly, Paul Chambers y Jimmy Cobb, pero ésta es ocasión para la desnudez, o lo que es lo mismo, para otro tipo de profundidad. Se queda así al descubierto el armazón que sostiene la maravilla compuesta por Miles y aparecen claros una vez más los motivos por los que sigue encumbrado en el duro, honroso, dulce y justo pedestal de la excelencia. Lo mismo ocurre con las composiciones firmadas por Wayne Shorter, el compañero más inspirado del segundo gran quinteto de Miles. Si “Fall” rinde homenaje a ese grupo de ensueño del que, finalmente, George Coleman sólo pudo hacer de puente, “Water Babies” y “Feio” siguen la estela que ya entonces hizo del saxofonista un compositor de primera magnitud. De esa misma época son las elocuentes “Black Comedy” (Tony Williams) y “Circle in the Round” (Miles Davis), justo antes de encarar la etapa electrificada que en nuestro disco la adelanta el “Feio” de Shorter, en la que sobresale el trabajo de texturas de las guitarras de Emmanuel Michael y Jakob Bro, además de los lamentos deambulatorios y punzantes de Akinmusire, siempre fino y energético.
Que Coleman haga de puente no quita mérito alguno a lo que armó en el interín, como atestigua la mirada que el septeto de Hutch aporta a “Seven Steps To Heaven” (de Miles Davis y Victor Feldman, cuya negativa a participar como pianista en el grupo propició la llegada de Herbie Hancock y cambió sin proponérselo la historia del jazz), grabada en 1963 en la temprana versión del segundo gran quinteto de Miles Davis, donde a Coleman se añadieron los jóvenes Herbie Hancock, Ron Carter y el lampiño Tony Williams, volcánico y decisivo ya a sus flamantes diecisiete años en aquel entonces. Mención aparte merece la batería, que imprime la fiereza que hereda de aquella toma seminal y conduce al oyente por senderos que le hacen entrar y salir a uno de aquel tiempo para trasladarle al rugido imponente de la estética percusiva contemporánea.
La parte final de Kind of Now no olvida el escalón que subió Miles con la creación colectiva del doble Bitches Brew (1970), aquí con Ron Blake en el clarinete bajo en la estela floreciente del inspirado Bennie Maupin, en la que Miles condujo a nuevos territorios sonoros y constructivos lo adelantado en In A Silent Way (1969). Es el espíritu que Hutchinson capta al entregar en el solo con el que moldea “Ellehcem’s Time”, rindiendo honores no sólo al trompetista que ilumina este trabajo sino a los bateristas que lo acompañaron en aquella aventura única de timbres y colores, Billy Cobhan y Jack DeJohnette. De nuevo el tiempo, aquí marcado además en el giro titular, con ese palímdromo que no es otro que el “Mechelle’s Time” si la radiografía fuera ortodoxa. La nómina restante quita el hipo, abriendo la década de los setenta junto a Bennie Maupin, Joe Zawinul, Chick Corea, Keith Jarrett, John McLaughlin o Dave Holland, por poner sólo una parte sustancial de la tribu.
Decíamos que el homenaje de Gregory Hutchinson a Miles Davis y su herencia musical no llega a la parte final del proceso creativo del trompetista. El parón sabático-narcotizado de mediados de los setenta le parecen al baterista buen momento para poner el cierre, habida cuenta la extensión que toma el trabajo, trece canciones, cincuenta y siete minutos. Pero en un deseo completista, no hubiese estado de más acercarse ni que hubiese sido desde un modo tangencial al patrimonio del artista en la década de los ochenta. Cassandra Wilson no se olvidó de él al incluir lecturas de “Time After Time” y “Resurrection Blues (Tutu)” en su Travelling Miles (1999). Por su parte, Robert Glasper, que anda en todos los saraos y no mal, convocó hace una década a Bilal, Ledisi, John Scofield, Erykah Badu, Hiatus Kaiyote, Georgia Anne Muldrow, Illa J o Stevie Wonder para reimaginar en Everything’s Beatutiful (2016) la música de Miles desde la perspectiva urbana, algo que siempre formó parte de la estrategia musical de Davis, ávido de no perder ningún tren. Prince, de parecida sensibilidad, siendo contemporáneo del género, murió sin manejarse con demasiada fluidez con el rap, algo que no pudo arreglarlo ni Chuck D cuando se le dio la ocasión en “Undisputed” (Rave Un2 the Joy Fantastic, 1999). Lo mismo podría decirse de Miles, aunque ganas no le faltaron, a la vista está aquel Doo-Bop, montado cuando el genio ya nos había dejado huérfanos. Contentémonos con la mirada de Gregory Hutchinson, considerado uno de los bateristas de jazz más destacados de su generación, valorado por su swing profundo, su precisión cronométrica y su capacidad para adaptarse a distintos lenguajes dentro del jazz que está ayudando a forjar. No puede negarse que ha sabido tomarle el pulso a alguien que siempre lo tenía desbocado.
Como todos los grandes, también ambos, homenajeador y homenajeado, saben conducirse a través de los caminos poco trillados de la creación artística, dotando de una impronta de sensibilidad individualidad a todo lo que merece su atención, en especial Hutchinson, que a la temprana edad de tres años ya había recibido la llamada de las baquetas (aunque sólo fuera para clavárselas al parche), hasta que la guía de Justin DiCioccio, quien se convirtió en su adolescencia en mentor, como había hecho a su vez con Omar Hakim, Kenny Washington, Marcus Miller o Steve Jordan, encauzó el camino con el que Greg se uniría a esa estirpe de talento musical excepcional hasta alcanzar las bonanzas de este efectivo y nutricio trabajo actual en homenaje al gran mago Miles, a quien desafía con soltura pero sin soberbia. Su objetivo siempre fue “cantar en la batería como lo hace la trompeta”. A fe que aquí él y los suyos logran que aquel lejano propósito de juventud finalmente se dé por cumplido. Y sí, su tiempo es hoy, como ya advirtió Antonio Machado al forjar la sentencia que decía que toda la vida es ahora. Aprovechémosla, pues, que este ahora y esta vida también nos pertenecen, lo mismo que el arte que contienen.