Rodrigo Amado – Wailers – Review

Rodrigo Amado – Wailers – Review

Rodrigo Amado

Wailers

Review

04

June, 2026

By: Khagan Aslanov

Review from In&OutJazz Magazine. WailersRodrigo Amado – tenor and alto saxophone, bird water whistle (left channel)/Joe McPhee – tenor saxophone (right channel)/Kent Kessler – double bass/Chris Corsano – drums
All compositions by Amado / McPhee / Kessler / Corsano. Except #4 by Amado / Kessler / Corsano

This is Our Language Quartet

“Wailers we are. We are Wailers. Don’t get scared.” These are the words with which Amiri Baraka launches his 1981 poem, a fiery tribute to music as an all-encompassing force of resistance, a way to connect and unite, a path toward gathering people of colour against tyranny, and ultimately, to art as both a weapon and source of positive exploration of self.

But what the poem, which also functioned as a eulogy to activist Larry Neal and reggae legend Bob Marley (both of whom passed away in 1981), really represented, was a love letter to jazz and blues, to music as the core of the revolutionary spirit and a vital linchpin of cultural essence.

Those feelings, those words form the foundation of Wailers, the excellent new album by Portuguese saxophonist and master improviser, Rodrigo Amado. And the quartet he re-assembles for the record (their first in ten years) is predictably top-notch. Kent Kessler has long since been one of Chicago’s most sought after and virtuosic bassists, an intensely responsive player, highly adept both in rhythm and tone.

Percussionist Chris Corsano has traversed just about every genre in his improvisational travels, from free jazz, to his long-standing collaboration with noisenik Bill Orcutt, all the way to the zenith of avant-pop with Bjork. The snare-heavy playing he deploys here becomes the primary pulse of the album, tense, elastic and endlessly boisterous.

Joe McPhee should hardly need an introduction to listeners of experimental music. The veteran multi-instrumentalist and deep listening expert has stood at the forefront of the avant-garde for many decades now, and is widely considered to be one of the greatest conversationalists in the field of free improvisation.

Amado himself, by now, is a monument of sorts, both in European jazz and abroad, and his chameleonic lungs have allowed him to build out one of the most impressive discographies in the current scene. His brash and brawny playing has always cut a through-line between his own legacy and past steel-jawed giants of the field, like Charles Gayle.

On the album’s namesake opener, Amado and McPhee immediately plait into a tight, buoyant unison assault, lurching and then dreamily floating atop the rhythm section. Corsano has never been the kind of percussionist who follows the path of least resistance, and here again, he whips up a dizzying amount of non-linear passages. The piece announces very early what sort of experience the listener should expect. This is free jazz in its most primal form – biting, anxious and unruly,  and with a patently soulful heart.

As the album unfolds, the quartet run through the full gamut of moods and tones. “Violet Souls” is almost a ballad, albeit with serrated borders, rich in cinematic qualities, a meditation on the knife’s edge.

“Subterranean Night Color” is a mosaic of rhythmic values, effortlessly leaping from spiky atmospherics into more melodic fragments. It plays with different zones of density with shocking smoothness, building powerful polyphonic swells before collapsing back into almost-silence. Amado’s use of the bird water whistle is a perfect add-on here, creating a naturalist contrast with the depth of the tenor and bass.

And closer “Blue Blowers” is a masterclass in genre-bending, with the free jazz scaffold of the record giving way to R&B modalities, creating a thickly vivid drapery of sound. McPhee joins Amado on a double tenor attack, and Kessler and Corsano play it purposefully straight, resulting in a rich, unified piece, full of deep tones, sustained flutters and low register moans, a beautiful convergence of the album’s themes, free jazz fusing with the traditional blues sound.

It may have taken ten years for these four to get together again, but time has done little to dilute the telepathy within their interplay; and on Wailers, they triumphantly embody both aspects that Amiri Baraka imbued his poem with – the harsh chaos of protest and the powerful unifying quality that incredible music can bring.

June 4th, 2026

Gregory Hutchinson – Kind of Now (Warner Music, 2026) – Review

Gregory Hutchinson – Kind of Now (Warner Music, 2026) – Review

Gregory Hutchinson

Kind of Now – The Pulse of Miles Davis

Warner Music, 2026

Review

26

Mayo, 2026

Por: Enrique Turpin

Foto: Concesión del artista

Review from In&OutJazz Magazine. Kind of Now. The Pulse of Miles Davis (Warner Music, 2026). Ambrose Akinmusire (trompeta), Ron Blake (saxo tenor y clarinete bajo), Jakob Bro (guitarra), Emmanuel Michael (guitarra), Gerald Clayton (piano), Joe Sanders (contrabajo), Gregory Hutchinson (batería).

 

HACIA UNA RECONTEXTUALIZACIÓN DEL MITO

Es evidente el juego de palabras con el que Gregory Hutchinson (Brooklyn, NYC, 1970) ha querido enmarcar el centenario del nacimiento de Miles Davis (1926-1991), pero no habrá que llevarse a confusión y focalizar todo el arsenal semántico en el homenaje velado a la obra maestra —Kind of Blue, 1959— del trompetista universal. Caeríamos en un error sustancial, que pronto deberíamos corregir al añadirle intensidad a ese Now, pues es el “Ahora” lo que le interesa al líder de esta banda de ensueño. El ahora entendido como el espacio temporal desde el que mostrar el legado de Miles Davis, al tiempo que el ahora desde el que hacerlo progresar. No es éste un mero homenaje, sino una puesta al día de lo que suele hacer todo clásico antes de serlo, que no es otra cosa que lo que Borges imaginaba desde el ámbito literario: “Es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”. Cámbiese leer por escuchar y la esencia seguirá intacta.

Cuando la revista Jazz Magazine se refería a Gregory Hutchinson como “el batería de su generación” estaba constatando un hecho. En efecto, Hutchinson ha puesto pulso y ritmo a muchos de los adelantados que han compartido su tiempo, desde Roy Hargrove a Joshua Redman, pasando por Kurt Rosenwinkel, Dianne Reeves, Wynton Marsalis, John Scofield, o por acompañar las enseñanzas de leyendas como Ray Brown, Betty Carter, Charles Lloyd o Red Rodney, sin dejar de citar a los rimadores Common o Kareem Riggins, luminarias indiscutibles dentro del universo sonoro del hip hop. Tal vez porque es de los pocos que entiende que no cabe avance sin asunción de la tradición. Él mismo, a falta de abuela, se instala en esa línea de continuidad de los grandes, como desvela en el interludio “The Masters”, con la reivindicación de Kenny Clarke, Tony Williams, Philly Joe Jones, Jimmy Cobb, Jack Dejohnette, Al Foster, Billy Hart y (“next chap”) Hutch, que no es otro, claro, que el mismísimo Hutchinson. Ni corto ni perezoso, hace lo que de ser él habría hecho el político inglés Harold Macmillan, convertir en deber la utilización del pasado como trampolín, no como sofá. Es así como el baterista se instala a golpe de baqueta en el futuro del hoy mismo, con ansias de perpetuarse en la tradición que reivindica y absorbe con las mejores armas, a la vista está.

El centenario del nacimiento de Miles Davis es ocasión propicia para rendir homenaje a la divinidad, y Hutchinson se rodea para la ocasión de nombres que pueden estirar el universo davisiano a territorios todavía inexplorados, que ya es decir. Tampoco ha habido demasiado riesgo, pues la banda se las sabe todas y apuesta por lugares transitados antaño, con las salvedades oportunas, precisamente en lo que concierne al pulso, esto es, al ritmo motor que el líder imprime a las composiciones del festejado compositor que le dio infinitas vueltas al calcetín jazzístico desde que irrumpiera en los escenarios durante la prodigiosa década de los cuarenta. Por aquí anda Ambrose Akinmusire —apuesta segura, en “Orbits” (Wayne Shorter) se sale— haciendo honores a su maestro y llenando de osadía el disco, excepto cuando Hutchinson se lanza en solitario. Acompañan en la aventura los solventes Jacob Bro y Emmanuel Michael a las guitarras, el no menos eficaz Joe Sanders al contrabajo, el siempre efectivo Ron Blake en las segundas voces de saxos y clarinetes, así como las rítmicas armonías de Gerald Clayton que se conjugan a la perfección con las excelencias del colectivo montado para la ocasión. Lo de los escasos riesgos asumidos va por el periodo que abarca el disco, desde los tiempos bebop del clásico de Charlie Parker “Ah-Leu-Cha”, que Miles grabó con los Charlie Parker Allstars en 1948 (una brillante mezcla de “Honeysuckle Rose” y “I Got Rhythm”), así como con su primer gran quinteto en 1955 en Round About Midnight, junto a Philly Joe Jones, Paul Chambers, el pianista Red Garland y, claro, John Coltrane. Ese arco temporal se cierra con la etapa electrificada del Miles que llenaba estadios —o ese era su sueño—, mientras asumía los preceptos funkificados de Sly Stone y el rockismo hippie de Jimi Hendrix y Santana, gracias en gran medida a los acertados consejos de su esposa a la sazón Betty Davis, aunque a la postre acabó siendo “demasiado joven y demasiado osada” para él, en palabras del propio Miles. Lo cierto es que es difícil aproximarse al catálogo ochentero del trompetista sin caer en despropósitos, dado que hasta el legado del mismo Davis acabó chamuscado tras la aparición póstuma de Doo-bop (1992), producido por Easy Mo Bee, el mismo que un par de años más tarde firmaría el estreno de Notorious B.I.G. Ready to Die (1994). La explosión discotequera, la sintetización, el heavy-glam y la consolidación del rap y la cultura hip hop son demasiados ingredientes para un único volumen. No es que el pulso quede debilitado, pero sí es cierto que hubo otros pulsos, otros ámbitos. En cualquier caso, son todos los que están, pese a que no estén todos los que son.

Decía el escritor inglés Walter Savage Landor que “el presente, como una nota musical, nada significa sino en cuanto está ligado a lo pasado y a lo que ha de venir”. Ahí es donde se la juega Hutchinson, de cuyo empeño sale airoso. Aquellas notas equivocadas de las que hablaba el homenajeado nunca lo son si sabe uno qué hacer con ellas cuando se deslizan en el discurso. Lo importante es lo que venga tras ellas, lo que se hace tras el supuesto traspiés: no hay error si hay redirección, no hay notas equivocadas. Y en eso Miles tenía calle. Todos tranquilos. Tampoco cabe, pues, errores como tales en este Kind of Now. Se ha dicho de él que no se trata de recrear a Miles, sino de continuar la conversación que él inició y que dejó inconclusa con su fallecimiento. Pero había simiente, y desde luego, magisterio. Bajo la premisa de que, en palabras de Miles, el tiempo no es lo principal. Es lo único (“Time isn’t the main thing. It’s the only thing”), Gregory Hutchinson hace suya la sentencia y convoca una suerte de conjuro en forma de septeto para abocarlo a la marmita que ancla al maestro a la primera mitad del siglo XXI (sí, ya ha pasado un cuarto) y lo transporta al porvenir.

“Cuando pienso en Miles Davis y en los bateristas que pasaron por sus bandas, pienso en la evolución de la música en sí. Cada uno de ellos representó un capítulo diferente de la historia de Miles, y cada uno cambió nuestra manera de escuchar y tocar esta música”, ha afirmado el baterista. En esa tradición se inserta, como decíamos, el mismo Hutchinson, el “Hutch” que se escucha en el escueto corte antes apuntado “The Masters”. El de Brooklyn pisa firme y desea corresponder a Miles con algo de la chulería con la que el trompetista universal asombraba al mundo. Es lo que le lleva a ejercer su liderazgo con decisión y valentía. Como dice Christian McBride en las notas del disco: “Hutch permite que la banda se expanda de manera que se mantenga la música de Miles con un sonido vital y totalmente nuevo. Kind of Now es la prueba de que cuando tienes al líder adecuado, la visión adecuada y la banda adecuada, el espíritu de Miles sigue resonando con fuerza y claridad. Y con Hutch al mando, resuena con pasión, gracia y profundo amor. Y para rematar, asegúrense de escuchar con atención los interludios de batería. Hutch es profundo. Muy profundo”. Profundo y juguetón, añadiríamos. Y si no, escúchese el corte final, “I’m Done”, firmado por el líder en solitario, dándole la vuelta al tiempo, montando la grabación al revés (primeros veintitrés segundos) y reordenándola hacia la mitad del trayecto (lo veintitrés segundos restantes), para convertirla en el modo más literal de afirmar que el tiempo es lo que uno haga con él.

Tras la mencionada “Ah-Leu-Cha”, algo más pausada que la pieza original, a la lista de composiciones se suman “Fran-Dance” (Miles Davis), introducida con delicadeza por un Gerald Clayton en estado de gracia. Si en la original del sexteto de 1958, la pieza caminaba y presagiaba lo que vendría un año después con Kind of Blue, aquí Hutchinson se pone los ropajes clásicos, toma las escobillas y deja que Joe Sanders le allane el camino mientras Clayton se hace amo y señor de la pista. Y claro, se echa de menos a Cannonball Adderley, John Coltrane, Bill Evans, Wynton Kelly, Paul Chambers y Jimmy Cobb, pero ésta es ocasión para la desnudez, o lo que es lo mismo, para otro tipo de profundidad. Se queda así al descubierto el armazón que sostiene la maravilla compuesta por Miles y aparecen claros una vez más los motivos por los que sigue encumbrado en el duro, honroso, dulce y justo pedestal de la excelencia. Lo mismo ocurre con las composiciones firmadas por Wayne Shorter, el compañero más inspirado del segundo gran quinteto de Miles. Si “Fall” rinde homenaje a ese grupo de ensueño del que, finalmente, George Coleman sólo pudo hacer de puente, “Water Babies” y “Feio” siguen la estela que ya entonces hizo del saxofonista un compositor de primera magnitud. De esa misma época son las elocuentes “Black Comedy” (Tony Williams) y “Circle in the Round” (Miles Davis), justo antes de encarar la etapa electrificada que en nuestro disco la adelanta el “Feio” de Shorter, en la que sobresale el trabajo de texturas de las guitarras de Emmanuel Michael y Jakob Bro, además de los lamentos deambulatorios y punzantes de Akinmusire, siempre fino y energético.

Que Coleman haga de puente no quita mérito alguno a lo que armó en el interín, como atestigua la mirada que el septeto de Hutch aporta a “Seven Steps To Heaven” (de Miles Davis y Victor Feldman, cuya negativa a participar como pianista en el grupo propició la llegada de Herbie Hancock y cambió sin proponérselo la historia del jazz), grabada en 1963 en la temprana versión del segundo gran quinteto de Miles Davis, donde a Coleman se añadieron los jóvenes Herbie Hancock, Ron Carter y el lampiño Tony Williams, volcánico y decisivo ya a sus flamantes diecisiete años en aquel entonces. Mención aparte merece la batería, que imprime la fiereza que hereda de aquella toma seminal y conduce al oyente por senderos que le hacen entrar y salir a uno de aquel tiempo para trasladarle al rugido imponente de la estética percusiva contemporánea.

La parte final de Kind of Now no olvida el escalón que subió Miles con la creación colectiva del doble Bitches Brew (1970), aquí con Ron Blake en el clarinete bajo en la estela floreciente del inspirado Bennie Maupin, en la que Miles condujo a nuevos territorios sonoros y constructivos lo adelantado en In A Silent Way (1969). Es el espíritu que Hutchinson capta al entregar en el solo con el que moldea “Ellehcem’s Time”, rindiendo honores no sólo al trompetista que ilumina este trabajo sino a los bateristas que lo acompañaron en aquella aventura única de timbres y colores, Billy Cobhan y Jack DeJohnette. De nuevo el tiempo, aquí marcado además en el giro titular, con ese palímdromo que no es otro que el “Mechelle’s Time” si la radiografía fuera ortodoxa. La nómina restante quita el hipo, abriendo la década de los setenta junto a Bennie Maupin, Joe Zawinul, Chick Corea, Keith Jarrett, John McLaughlin o Dave Holland, por poner sólo una parte sustancial de la tribu.

Decíamos que el homenaje de Gregory Hutchinson a Miles Davis y su herencia musical no llega a la parte final del proceso creativo del trompetista. El parón sabático-narcotizado de mediados de los setenta le parecen al baterista buen momento para poner el cierre, habida cuenta la extensión que toma el trabajo, trece canciones, cincuenta y siete minutos. Pero en un deseo completista, no hubiese estado de más acercarse ni que hubiese sido desde un modo tangencial al patrimonio del artista en la década de los ochenta. Cassandra Wilson no se olvidó de él al incluir lecturas de “Time After Time” y “Resurrection Blues (Tutu)” en su Travelling Miles (1999). Por su parte, Robert Glasper, que anda en todos los saraos y no mal, convocó hace una década a Bilal, Ledisi, John Scofield, Erykah Badu, Hiatus Kaiyote, Georgia Anne Muldrow, Illa J o Stevie Wonder para reimaginar en Everything’s Beatutiful (2016) la música de Miles desde la perspectiva urbana, algo que siempre formó parte de la estrategia musical de Davis, ávido de no perder ningún tren. Prince, de parecida sensibilidad, siendo contemporáneo del género, murió sin manejarse con demasiada fluidez con el rap, algo que no pudo arreglarlo ni Chuck D cuando se le dio la ocasión en “Undisputed” (Rave Un2 the Joy Fantastic, 1999). Lo mismo podría decirse de Miles, aunque ganas no le faltaron, a la vista está aquel Doo-Bop, montado cuando el genio ya nos había dejado huérfanos. Contentémonos con la mirada de Gregory Hutchinson, considerado uno de los bateristas de jazz más destacados de su generación, valorado por su swing profundo, su precisión cronométrica y su capacidad para adaptarse a distintos lenguajes dentro del jazz que está ayudando a forjar. No puede negarse que ha sabido tomarle el pulso a alguien que siempre lo tenía desbocado.

Como todos los grandes, también ambos, homenajeador y homenajeado, saben conducirse a través de los caminos poco trillados de la creación artística, dotando de una impronta de sensibilidad individualidad a todo lo que merece su atención, en especial Hutchinson, que a la temprana edad de tres años ya había recibido la llamada de las baquetas (aunque sólo fuera para clavárselas al parche), hasta que la guía de Justin DiCioccio, quien se convirtió en su adolescencia en mentor, como había hecho a su vez con Omar Hakim, Kenny Washington, Marcus Miller o Steve Jordan, encauzó el camino con el que Greg se uniría a esa estirpe de talento musical excepcional hasta alcanzar las bonanzas de este efectivo y nutricio trabajo actual en homenaje al gran mago Miles, a quien desafía con soltura pero sin soberbia. Su objetivo siempre fue “cantar en la batería como lo hace la trompeta”. A fe que aquí él y los suyos logran que aquel lejano propósito de juventud finalmente se dé por cumplido. Y sí, su tiempo es hoy, como ya advirtió Antonio Machado al forjar la sentencia que decía que toda la vida es ahora. Aprovechémosla, pues, que este ahora y esta vida también nos pertenecen, lo mismo que el arte que contienen.

 

26 de mayo de 2026

Gabriel Vicéns- Niebla – Review

Gabriel Vicéns- Niebla – Review

Gabriel Vicéns

Niebla

Review

22

Mayo, 2026

Texto: Pedro Andrade

Fotos: Adrien H. Tillmann

Review from In&OutJazz Magazine. Niebla (2026, Clepsydra Records). Gabriel Vicéns, guitar – Román Filiú, alto saxophone – Vitor Gonçalves, piano – Rick Rosato, bass – E,J.Strickland, drums – Victor Pablo, percussion.

En su quinto álbum, Niebla, Gabriel Vicéns propone una obra que se sitúa en el territorio de la contemplación activa. Más que una secuencia de composiciones, el disco se percibe como una obra plástica en evolución – no en vano el propio Vicéns firma la imagen de portada- una superficie sonora donde cada elemento, nota, silencio y resonancia encuentra su lugar dentro de un equilibrio cuidadosamente construido.

Grabado en Sear Sound (Nueva York) en mayo de 2025 y editado en 2026 por Clepsydra Records, el álbum reúne a un sexteto de gran afinidad musical: Roman Filiú, Vitor Gonçalves, Rick Rosato, E.J. Strickland y Victor Pablo. Aquí, la improvisación no es un espacio de exhibición, sino un lenguaje compartido que se despliega desde la escucha mutua y la sensibilidad colectiva.

El repertorio refleja con claridad las preocupaciones estéticas de Vicéns: la temporalidad, la memoria y la relación entre sonido y silencio. En “Niebla”, segundo corte del disco, la energía del grupo se articula a través de un discurso angular y dinámico, con ecos de Anton Webern en el tratamiento interválico, mientras que “Stray Dogs”, inspirada en el cine de Tsai Ming-liang, introduce un pulso inquieto y una interacción especialmente incisiva.

En contraste, “900-50-80”, inspirada en la obra de Olga Albizu, se desarrolla como un espacio suspendido, cercano a las prácticas de John Cage y Morton Feldman. Aquí, la música se construye desde la paciencia y la atención al detalle, permitiendo que cada sonido respire dentro de un marco abierto. “Vejigante” y “Ramaje” profundizan en la coexistencia de distintos marcos temporales; especialmente en esta última, extensa y ambiciosa, el grupo alcanza momentos de notable cohesión, alternando intensidad improvisadora con zonas de quietud casi meditativa. La presencia de la bomba, la plena y el changüí cubano aporta una raíz cultural rica, filtrada desde una mirada contemporánea.

Las piezas para guitarra sola, “El Fin de la Noche…” y “…y la Lluvia”, enmarcan el álbum con una austeridad que remite tanto al minimalismo como a una sensibilidad cinematográfica cercana a, como el mismo Vicéns señala, Tarkovsky o Antonioni. Funcionan como umbrales: invitan a entrar y salir del universo sonoro del disco desde un estado de atención plena.

Si bien la propuesta de Niebla es coherente y profundamente elaborada, su densidad conceptual puede requerir varias escuchas para desplegarse en toda su amplitud. Algunos pasajes tienden a privilegiar la exploración textural sobre la definición temática, generando una sensación de suspensión más que de desarrollo lineal. Sin embargo, lejos de ser un obstáculo, esta cualidad constituye uno de sus mayores valores.

Es precisamente en la reiteración donde la obra revela sus capas más ricas. Con cada nueva escucha emergen relaciones internas que inicialmente pueden pasar desapercibidas: un motivo rítmico latente en “Vejigante” encuentra eco transformado en “Ramaje”, o los silencios en “900-50-80” dejan de percibirse como interrupciones para revelarse como elementos estructurales. La percepción del tiempo, uno de los ejes del álbum, se vuelve entonces más tangible, casi física.

Este tipo de experiencia dialoga con ciertas corrientes del jazz contemporáneo: en la música de Steve Coleman, la complejidad rítmica exige una escucha prolongada para comprender la superposición de patrones, mientras que en Vijay Iyer la repetición y la micro variación construyen profundidad con el paso del tiempo. Vicéns se sitúa en esa línea: no busca la inmediatez, sino la sedimentación del sentido.

Así, lo que en una primera escucha puede percibirse como distancia termina convirtiéndose en un espacio de descubrimiento. La recompensa no reside en lo memorable en términos convencionales, sino en la conciencia del detalle: la respiración del grupo, la tensión entre lo escrito y lo improvisado, el peso expresivo del silencio.

En ese sentido, Niebla es un disco que se revela plenamente en la experiencia de escucha atenta. Un trabajo de gran coherencia artística que consolida a Vicéns como una voz singular dentro del jazz contemporáneo.

Written by Pedro Andrade

22 de Mayo de 2026

Juanma Trujillo – Música para Quinteto – Live at Jazz Cava – Review

Juanma Trujillo – Música para Quinteto – Live at Jazz Cava – Review

Juanma Trujillo
Música Para Quinteto

Live at Jazz Cava

Review

12

MAY, 2026

Review from In&OutJAZZ Magazine. Música Para Quinteto. Live At Jazz Cava (Underpool, 2026). Juanma Trujillo, guitar – Albert Cirera, tenor saxophone – Miguel Villar, tenor saxophone – Masa Kamaguchi, bass – Ramon Prats, drums.

By: Khagan Aslanov

In 2022, when Venezuela-born, much-travelled guitarist Juanma Trujillo arrived in Barcelona, he had several goals in mind. One was to secure a steady and peaceful existence for his family, away from the pressure cooker existence of New York and America at large. The other was to fully immerse himself in the local scene, and continue pushing his instrument to new frontiers. He had closed out the previous half-decade on a relentless streak of exciting albums, each as distinct and remarkable as the next. Now, on Música Para Quinteto, Live At Jazz Cava (Underpool, 2026), the virtuosic and inexhaustible experimentalist has thrust his craft into further territory. This lovingly made and intensely expressive live record is yet another artful conquest for Trujillo, in a career already full of them.

His immersion in the Barcelona scene becomes evident as soon as you read the roster on the sleeve. The quintet he puts together for this performance is the who’s who of the Catalan jazz and experimental niches. Much like Trujillo himself, bassist Masa Kamaguchi is a former New York transplant, currently living and working in Barcelona, and over the years, he has lent his nimble, lyrical style to scores of projects. Percussionist Ramon Prats is a long-standing fixture in international jazz, known both as a prominent educator and a highly versatile improviser. And then there is the ace up Trujillo’s sleeve – the double tenor attack of Albert Cirera and Miguel “Pinxto” Villar. Known as much for their vigorous playing and encyclopedic knowledge as they are for their fearless plunges into the avant-garde; the pairing of their saxophones becomes the engine that drives the record – a dense and vast harmonic field.

Trujillo guides the performance with utmost deftness, his agile, soulful playing imbued with both a reverence for traditions past and an acute hunger to pursue a new out-branching. He stirs his quintet with a decidedly un-rigid hand, the line between preparation and improvisation dipping in and out of view – it is a magnificent display, seasoned pros falling into a tight rhythm, daring and fully in view.

All of Trujillo’s instincts find their pocket with thunderous grace. On the five-piece electric rework of his 2024 acoustic highlight, “Howl,” he uses diagonal lines to intermittently slice clean through the saxes, a sharp dissonance that stays with the listener long after it peters out. As the two tenors collide in overlapping, multiphonic lines, Prats puts on a masterclass in gestural percussion, a show of rise and decay at irregular intervals.

On “Conflagration,” the rhythm section does away with fixed signatures, and builds a fluid and highly responsive intensity. Villar and Cirera plait together into a two-headed beast, and Trujillo’s mournful angular lines lead the way to an appropriately shattering dedication to a Los Angeles ravaged by fires.

A long-time admirer and advocate of the genius of Andrew Hill, Trujillo paints a pointed tribute to the pianist on “Humo.” In a true nod to Hill’s propensity for pursuing harmonic ambiguity and lack of resolution, Trujillo’s melodic phrases crumple in the air, suspended in unreality and tantrically irresolute. Kamaguchi’s bass becomes a midflight beacon here, elegant and oddly buoyant.

Closer “Jardin” is all patience at first, starting its near-12 minute run with fragmented, exploratory guitar, before Trujillo phases it back, turning his instrument into a powerful textural force, laying down the foundation from which the other four players lurch and veer into a profound conversation. The telepathy on display is nothing short of astonishing.

Everything works here and everything hits just right. What this album truly represents is the triumph and culmination of Trujillo as an original force. The years spent in academia, hustling across several scenes, and the person who has emerged at the end of it all – a skillful veteran who has not lost any of the gleam in his eye, who is still exploring. On Música Para Quinteto, Trujillo’s and his ensemble puts on a starkly beautiful clinic in what earnest and intrepid dialogue truly can be.

 

 

Written by  Khagan Aslanov

Mayo 12, 2026

Luismi Segurado Trio – Edward (Fresh Sound Records) – Review

Luismi Segurado Trio – Edward (Fresh Sound Records) – Review

Luismi Segurado Trio

Edward, Fresh Sound Records

Review

20

Abril, 2026

Texto: Marino Garcimartín

Fotos: Hal Masonberg

Review: Edward (Fresh Sound Records, 2025). Luismi Segurado Trio. Luismi Segurado -piano-, Masa Kamaguchi -bass-, Jorge Rossy -drums-. Recorded at Underpool Estudio, Barcelona.

Fresh Sound Records nos presenta en este nuevo álbum Edward (2025) al ya consolidado Luismi Segurado, pianista originario de Salamanca (España) que actualmente forma parte de la escena del jazz de San Sebastián, siendo pianista residente y programador del mítico Altxerri Jazz Club que reabrió sus puertas recientemente.

 

 

El pianista salmantino desprende elegancia y tradición en sus interpretaciones al piano, alternando un lenguaje que viaja desde las disonancias influenciadas por Thelonious Monk hacia un fraseo intimista. El álbum es un viaje estilístico ejecutado de forma orgánica y natural, lo cual supone un disfrute para el oyente.

Edward, el cuarto álbum del trío, derrocha recursos estilísticos propios del estudio del legado pianístico de grandes influencias, gracias también a sus otros dos componentes, Jorge Rossy en la batería y Masa Kamaguchi al contrabajo.

La fineza y el diálogo del trío la podemos disfrutar en todas las composiciones, de autoría propia, inspiradas en la obra de Duke Ellington, que da nombre tanto al tema de apertura como al propio disco e ilustra la portada del álbum con un dibujo del artista, que nos tiene acostumbrados a este tipo de carátulas con ilustraciones de autoría propia. El otro referente principal es George Gershwin, con guiños en la dedicatoria que veremos más adelante.

Todos los temas han sido arreglados con un gran detallismo, desarrollando una variedad de recursos excepcional para ser una formación tan pequeña, siendo 10 composiciones propias en total, con especial mención al último bloque que conforma la Suite de Brooklyn en honor a las suites de Ellington, la cual constituye un conglomerado de seis movimientos que nos lleva de viaje por el sonido del trío de jazz actual. Dicho viaje tiene como paradas distintas instantáneas musicales interpretadas por el trío de Segurado, que describen el barrio que vio nacer a Gershwin: Humo, Jacob (nombre de pila de Gershwin), Ratones, Contrabando (con especial influencia del pianista Ahmad Jamal y su trío), Atasco en el Puente y Agua de Jaitzubia (que describe el agua cayendo de dicho emblemático puente).

En definitiva, el álbum del trío liderado por Luismi Segurado posee la capacidad de satisfacer tanto a los oyentes más apegados a la estética sonora tradicional de este tipo de formaciones, como a aquellos que buscan la innovación y la frescura de nuevas creaciones, lo cual constituye un logro de considerable mérito.

20 de abril de 2026

Álvaro Torres Trío feat. Masa Kamaguchi & Kresten Osgood – Mairena (Fresh Sound Records) – Review

Álvaro Torres Trío feat. Masa Kamaguchi & Kresten Osgood – Mairena (Fresh Sound Records) – Review

Álvaro Torres Trío
Feat. Masa Kamagushi & Kresten Osgood

Mairena, Fresh Sound Recods

Review

03

Abril, 2026

Por: Enrique Turpin

Foto: Carlos Linero

 

“Mairena” Review, from In&OutJazz Magazine. (Fresh Sound Records, 2026). Álvaro Torres Trío. Álvaro Torres, piano – Masa Kamaguchi, contrabajo – Kresten Osgood, batería.

RECORDED Live at Café Berlín, Madrid, August 7th, 2025 (#1, 2 & 5); and Assejazz at Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, Sevilla, August 12th, 2025 (#3, 4 & 6). TRACKLIST: 1. LLUM VERDA 6:59. 2. MAIRENA 7:03. 3. CALABOSITO 7:34. 4. EVERYTHING I LOVE 9:11. 5. LISBON MOOD 8:25. 6. THE GOOD LIFE 5:1

 

IMPROVISAR DESDE EL APÓCRIFO

Duele decirlo, pero cada segundo nace tras la muerte del instante precedente, a una velocidad paradójica siempre menor que ese mismo segundo que va cobrando vida. En el camino se da una suerte de negociación con la genética, la tradición, el pasado que se hace eco en el futuro inmediato mientras vive en forma de iluminaciones creativas y, especialmente, gracias a la asimilación de la historia propia, la ajena y la circundante. Con todas esas elecciones momentáneas que sabe dios de dónde llegan, se fragua la construcción del discurso jazzístico improvisado, ese que tanto se parece al vivir. Qué ingenuidad tildarlo de improvisado con todos los resortes que han de ponerse en marcha para darle forma, y aun así, cuánta razón para no llamarlo ensayo. No cabe ensayar cuando se crea sin solución de continuidad, abriéndose en canal a la honestidad del ser y perpetuando un espíritu que en el mejor de los casos será compartido con el resto de creadores en un lapso de inspiración que deviene eterno si las circunstancias son propicias.

 

Lo dicho anteriormente vale para las aspiraciones diarias, entre las que cabe destacar el intercambio energético que se dio en la noche sevillana del 12 de agosto de 2025 en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. En aquella ocasión se dio cita el trío del pianista Álvaro Torres, con Masa Kamaguchi al contrabajo y Kresten Osgood a la batería. En ocasiones precedentes, la formación había contado con Tony Malaby (véase su Live in Barcelona, FSNT, 2024), pero en los nueve conciertos veraniegos del año pasado, el grupo giró en trío. De esa noche se conserva en Mairena (FSNT, 2026) un manojo de composiciones muy cercanas al vuelo improvisatorio: “Calabosito”, “Everything I Love” y “The Good Life”. El resto de composiciones se muestran, sin dejar la improvisación que marca el género, más cercanas a la escritura, sin tanto vuelo libre (con la excepción de “Llum verda”), pero con las mismas armas que hacen de esta agrupación una de las más interesantes del panorama jazzístico actual.

“Llum verda” [Luz verde] hace gala de su nombre y es la composición con la que echa a andar el disco, a volar, dada la velocidad de despegue y progresión. Se trata de un sentido homenaje al alter ego con el que Antonio Machado trufó de sentencias, donaires, apuntes y recuerdos la obra de aquel profesor apócrifo que se hizo llamar Juan de Mairena (1936). Un volumen misceláneo en el que un Machado más juguetón que de costumbre reunió los simpares micro ensayos que había ido publicando en la prensa madrileña desde 1934. Álvaro Torres se apropia de ese particular modo de abrazar la cultura y el folclore españoles del poeta universal para continuar reflexionando, desde aquella perspectiva crítica y risueña a un tiempo, a propósito de las contradicciones y confluencias de la esencia popular de la españolidad y de su propia identidad como músico europeo trasplantado a Nueva York. Tarea difícil que se llevó por delante al propio Machado y a una nómina ingente de espíritus afines.

La pieza “Mairena” da nombre al álbum y es una composición en la que se aprecia todo lo observado con anterioridad. En esta ocasión, al diálogo con las fuentes clásicas en las que bebe Torres desde su temprana formación académica se unen las vivencias añadidas a la carga inicial con cada una de las experiencias que el tiempo ayuda a acumular y que hacen posible que podamos hablar de una especie de epigenética musical en toda regla, entendiendo como tal la información que se añade a nuestros genes primigenios por las aportaciones que nos ofrece la aventura del vivir. El jazz y las músicas improvisadas han obrado el cóctel que ahora atesora el joven pianista y que le hace advertir que “es evidente que la identidad puede evolucionar con el tiempo.” Es lo que quiso contar el grupo al acometer el único estándar de la sesión, un logradísimo “Everything I Love”, que trajo al recinto andaluz la gracia que se contiene en todas y cada una de las piezas del mago Cole Porter.

Prueba del diálogo del ser con el folclore es “Calabosito”, una nueva lectura del homenaje a Camarón de la Isla que ya pudo escucharse en el anterior directo de Álvaro Torres en el Jamboree barcelonés y que se cierra con una trasposición de batería ejercitándose en el palmeo a cargo de Kresten Osgood y un final explosivo, nunca mejor dicho. En los casi diez minutos que dura la pieza —todas ellas son de largo aliento—, el trío se dedica a dar forma a la gitanería jonda del cantaor de San Fernando, poniendo en danza las artes compartidas del grupo con movimientos cohesionados que rozan la precisión empática, lo que se traduce en una capacidad de intuir pensamientos y sentimientos a través del lenguaje corporal, las emociones y los tarareos dispersos aquí y allá que los hace singulares.

De Nueva York a Sevilla, del Guadalquivir al Manzanares, porque a los ríos los rige el cauce, no el caudal: en todo arroyo late lo torrencial. Por eso la música grabada en el Café Berlín de Madrid se tiñe de la solera del local, desgraciadamente condenado por las malas artes de la gentrificación y el abuso inmoral de quienes no entienden los territorios donde se parapeta, progresa y germina el alma humana en cualquier tiempo, también en los de ignominia a los que hoy asistimos y que padecemos. Bien lo sabía el Machado que acabó sus días en Colliure atesorando la melancolía de los días azules y el sol de la infancia, escondidos en los bolsillos desfondados de un abrigo. A esa noche madrileña del 7 de agosto pertenece (además de las arriba comentadas “Llum verda” y “Mairena”) el elegantísimo tema que sirve de primer single, “Lisbon Mood”, una composición dedicada a Aaron Parks, impregnada de saudade hasta el tuétano y en la que encontramos un doliente solo de Masa Kamaguchi hacia el final de la composición, que agarra el efluvio etéreo de la nostalgia lusa y lo transforma en apasionada conversación a tres bandas, tan sutil en el caminar como plena en los hallazgos musicales, urdido todo ello con el tejido telepático que envuelve al trío desde sus inicios —cerca de tres años dan para mucho—, pero aquí consustancial ya a su ser trimembre.

Con algo más de un minuto de fuegos de artificio a cargo del eficaz y diestro Osgood, Álvaro Torres y sus hombres revivieron las bonanzas de “The Good Life”, anteriormente mostradas en el largo Heart Is The Most Important  Ingredient (Sunnyside, 2022), en el Live In Barcelona mencionado y en Iris (Sunnyside, 2024). Y sí, buena vida debe tener la canción cuando a cada caminar se agiganta, ganando en potencia y mensaje sin perder su esencia. Pareciera el tema fetiche con el que Torres desea mostrarse al mundo. Todo ese haber ancestral, el conocimiento que viene de tan lejos, compartido y expresado cual buen trío jazzístico… Así parecen desear mostrarse de nuevo con esta andadura en directo, sin red ni tapujos, Álvaro Torres y los suyos. Como el sagaz Juan de Mairena, también ellos entienden “por ‘folklore’, en primer término, lo que la palabra más directamente significa: saber popular, lo que el pueblo sabe, tal como lo sabe; lo que el pueblo piensa y siente, tal como lo siente y piensa, y así como lo expresa y plasma en la lengua que él, más que nadie, ha contribuido a formar.” Es sin duda la gran divisa de este disco imposible de soslayar para el seguidor despierto: todo para el pueblo, desde el pueblo, con el pueblo. De aquel Despotismo revolucionario sólo queda en la formación liderada por Álvaro Torres el adjetivo ‘ilustrado’. El Mairena de Torres, Kamaguchi y Osgood está destinado a ilustrar con su lustre las enseñanzas del Mairena de Machado por lustros.

03 de abril de 2026

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