Albert Cirera
Interview
AIEnRuta Jazz 2026
Mantener un grupo durante más de diez años ya es, en sí mismo, una declaración de intenciones. Albert Cirera lo sabe bien. Saxofonista, compositor e improvisador, ha convertido Tres Tambors (Orangina, Underpoll 2025) en un espacio de evolución constante donde conviven la escritura, la improvisación y una profunda confianza entre músicos. Lejos de las dinámicas fugaces que a menudo marcan la escena contemporánea, el proyecto ha crecido con paciencia, consolidando una identidad propia capaz de moverse entre la tradición jazzística, la libertad creativa y el riesgo compartido.
La reciente selección de Tres Tambors para Jazz en Ruta de AIE vuelve a situar el proyecto en el mapa de los circuitos estatales y ofrece una oportunidad para reflexionar sobre algunas de las cuestiones que atraviesan hoy al jazz en España: la dificultad de hacer circular la música entre territorios, la sostenibilidad de las giras, la construcción de públicos y el lugar que ocupan las propuestas más abiertas dentro de los circuitos de programación.
Con motivo de esta nueva etapa para el grupo, conversamos con Albert Cirera sobre el largo recorrido de Tres Tambors, la gestación de Orangina, los cambios que ha experimentado la formación a lo largo de los años y la importancia de seguir defendiendo una idea de grupo en un contexto cada vez más complejo para la música en directo. Una conversación que, más allá de la actualidad inmediata, dibuja el retrato de un músico comprometido con la búsqueda, la escucha y la construcción de una voz propia.
In&OutJAZZ Magazine: Antes de nada, quería darte las gracias por dedicarme este tiempo. Quería preguntarte por vuestra selección en Jazz en Ruta de AIE y también por algunas cuestiones relacionadas con los circuitos de jazz.
A veces, especialmente en los circuitos regionales, da la sensación de que están bastante cerrados y proyectos como el tuyo no se ven demasiado por la capital. Pero, en primer lugar, me gustaría preguntarte por AIEnRuta Jazz.
Teniendo en cuenta que vuestro proyecto ha sido seleccionado por AIE en un contexto en el que seguramente había muchos otros proyectos optando a entrar en la programación, ¿qué crees que vio el comité de selección en Tristán Bosch para escogerlo como una propuesta representativa del jazz que se está haciendo a nivel estatal?
Albert Cirera: Lo primero que me viene a la cabeza es que es curioso porque es la segunda vez que nos seleccionan. Hace nueve o diez años ya nos cogieron con este mismo proyecto.
¿Con Tres Tambors?
Sí. Entonces, una de las cosas que quizá han valorado es que, a veces, en España o dentro del mundo del jazz cuesta encontrar grupos de largo recorrido. Yo siempre he apostado mucho por tener grupos que duren en el tiempo, que tengan historia y una identidad propia.
Muchas veces los proyectos funcionan dos o tres años, sacan un par de discos y después se desvirtúan o desaparecen. A mí me gusta mucho el concepto de grupo, de una formación que funcione durante un cierto tiempo y que cree una entidad propia. Supongo que eso puede haber influido.
Por otro lado, la música que proponemos siempre está un poco en los márgenes de lo que sería el jazz más mainstream. Me gusta salir un poco de lo establecido. Aun así, este proyecto tiene mucha raíz y conecta bastante con la tradición más clásica del jazz.
Comparado con otros proyectos, sí que he observado que buena parte de tu trayectoria y de tus colaboraciones tienen un componente bastante vanguardista, especialmente en el ámbito de la improvisación. También me interesa la idea de grupo que comentabas. Tres Tambors tiene aproximadamente quince años de recorrido. El primer disco apareció en torno a 2013 o 2014.
Sí, empezamos a tocar alrededor de 2012.
Entre el primer y el segundo disco pasó relativamente poco tiempo, pero entre el segundo y Orangina ha habido un intervalo bastante largo.
Sí. El primero fue Els Encants. Después vino Suite Salada y para llegar a Orangina he tardado incluso más tiempo que entre los dos anteriores. En medio estuve viviendo en Portugal y después me fui a Dinamarca. Cuando regresé coincidió además con la época de la pandemia, así que todo estaba mucho más parado.
Al volver retomé un proyecto que tenía guardado desde hacía tiempo, un sexteto llamado Camarilla. Era una formación que había comenzado años atrás y que había dejado aparcada.
Yo soy bastante de hacer una sola cosa a la vez, al menos en los proyectos que lidero. Así que me centré en Camarilla y estuvimos unos tres años girando con el grupo. El disco salió en 2022. Cuando aquello se calmó, me encerré para terminar de escribir la música de Orangina. Además, me gusta mucho escribir, pero necesito tiempo y tranquilidad para hacerlo. Necesito calma alrededor y tampoco demasiados conciertos.
Muchos de los temas de Orangina fueron escritos en Dinamarca. Una de las ideas cuando me fui allí era precisamente escribir más música. Otros temas los compuse aprovechando una operación de rodilla que me obligó a estar varios meses en casa.
A veces los periodistas nos montamos películas tremendas sobre el origen de las cosas y luego las respuestas son mucho más cotidianas.
Sí, son mucho más normales. Antes de ser músicos somos personas.
Sin duda. Pero siempre existe cierta tendencia a construir mitologías.
Por ejemplo: ¿cómo surge Orangina? ¿Por qué toda gira alrededor del color naranja? ¿Qué simbolismo hay detrás? A veces tendemos a buscar explicaciones metafísicas y luego las respuestas tienen más que ver con lo cotidiano.
Orangina nace de un tema que escribí alrededor de 2011 o 2012. Es una composición muy antigua. De hecho, ese tema ya había sido grabado anteriormente. Lo grabó La Free Art Emsemble, un tenteto en el que tocábamos Julián Sánchez, Ivo Sans y otros músicos. Era una formación increíble que existió durante un tiempo y con la que grabamos un disco junto a Agustí Fernández.
Ese tema se llamaba precisamente Orangina. Además, a Agustí le gustó mucho y posteriormente lo grabó también con su Aurora Trio junto a Barry Guy.
La razón del nombre es bastante sencilla. Yo utilizo unos cartoncitos para estudiar y trabajar con las doce notas de la escala cromática. Cada cartón representa una nota. Los utilizo para hacer combinaciones y juegos compositivos. Y esos cartones son de color naranja. El tema surgió precisamente a partir de uno de esos juegos, así que lo llamé Orangina. Cuando empecé a trabajar en el disco, todos los temas nacían de esos mismos procesos compositivos con las doce notas y los cartones naranjas. Al final acabaron siendo doce composiciones, doce cortes.
El primer tema ya se llamaba Orangina y, de forma bastante natural, todo el proyecto empezó a girar alrededor de esa idea: las doce notas, los doce temas y el color naranja.
Luego apareció también la parte visual. Le pedí a Toni Carné, que es amigo mío y ha realizado varias portadas para mis discos, que escuchara la música y diseñara la cubierta.
Le envié el disco ya terminado y él acabó realizando doce piezas visuales. Así que decidimos incluirlas todas. Al final todo se fue hilando casi por sí solo alrededor del número doce y del color naranja, que además es mi color favorito y también uno de los colores favoritos de Toni. Y eso es todo. No hay una gran teoría detrás.
También me gustaría preguntarte por la producción del disco y por la idea de grupo que comentabas antes. En Orangina participa Marcos Mezquida al piano, pero en directo trabajas con Roger Mas. He podido ver grabaciones muy antiguas de Tres Tambors, de la época del Jamboree, donde ya aparecía Marcos, y también las más recientes. Da la sensación de que ha formado parte del proyecto desde el principio. ¿Cómo ha sido la transición?
Marcos ha estado vinculado al grupo desde el inicio. Pero, por razones profesionales y personales, está ahora mucho más centrado en sus propios proyectos. Grabó el disco porque formaba parte del grupo, pero cuando llegó el momento de llevar el repertorio al directo me comentó que no podría asumir los conciertos. Yo ya intuía que podía pasar algo así. Pero me gusta mucho cuidar la salud de los grupos. Así que decidí seguir adelante con el proyecto y buscar una solución. La pregunta era: ¿a quién pongo al piano? Porque sustituir a Marcos no es posible. No puedes sustituir a Marcos Mezquida. Además, esta música requiere una gran amplitud de miras. Entonces dejé de pensar en encontrar un sustituto y empecé a pensar en encontrar a alguien de confianza que aportara algo propio al grupo. Y ahí apareció Roger Mas.
Roger y yo tocamos juntos desde muy jóvenes. Uno de mis primeros grupos de jazz ya lo compartí con él, junto a Bori Albero, Alfred Artigas y Juanma Nieto. Nos conocemos desde hace muchísimos años. Roger es un músico muy solvente y muy versátil. Yo sabía que este repertorio apunta hacia terrenos más abiertos y más cercanos al free, y quizá no es exactamente el ámbito donde más ha trabajado. Pero también sabía que Roger es una persona muy curiosa, con muchas ganas de explorar. Y funcionó de maravilla. Además, aporta cosas distintas. Tiene unas raíces muy fuertes en el jazz más clásico y eso hace que lleve la música hacia lugares diferentes. A mí me encanta. Nos entendemos perfectamente. Evidentemente no es Marcos, pero el grupo funciona igual de bien. La energía en el escenario sigue estando ahí. Roger es un músico muy energético y muy abierto. Desde los primeros ensayos se implicó muchísimo. Tocamos primero un concierto muy pequeño en un bar de Barcelona y al día siguiente actuamos en el Mercat de Música Viva de Vic. Aquello explotó. Fue una sensación de: «esto funciona». Después hicimos más conciertos en Vic, Granollers y Vilafranca y la experiencia fue increíble. Desde el primer momento sentimos que el proyecto seguía teniendo vida.
El proyecto tiene una carga importante de improvisación Teniendo en cuenta la cultura musical del público de jazz, ¿crees que este tipo de propuestas pueden generar cierto rechazo dentro de algunos circuitos?
Creo que el rechazo existe sobre todo a nivel teórico. Este cuarteto no es lo más avant-garde que hago, aunque sí es una música bastante abierta. Hay momentos totalmente libres, pero todo parte de melodías y de composiciones. Hay escritura. Hay temas. La experiencia que estamos teniendo con este repertorio es muy positiva. Estamos haciendo conciertos de una hora y media y la gente se queda hasta el final. Haces una hora y veinte de música y luego te piden un bis. Algo tiene que estar funcionando. Supongo que tiene que ver con ver a cuatro personas sobre un escenario disfrutando, explorando, corriendo riesgos y pasándoselo realmente bien. Eso se transmite. Se nota cuando una música está viva y cuando existe ese momento en el que parece que todo cuelga de un hilo pero, de repente, todo encaja. Es algo que buscamos constantemente con este proyecto.
Después de los conciertos la gente sale encantada. Te dicen que ha sido un viaje increíble. Sin embargo, si antes del concierto les explicas que se trata de una propuesta abierta, con improvisación libre y ciertos elementos experimentales, muchas veces aparece un rechazo previo. Creo que las palabras generan más miedo que la propia experiencia musical. Hay que dejarse llevar.
Quería preguntarte también por Jazz en Ruta de AIE. Por una parte, parece una iniciativa enfocada a generar nuevos públicos y acercar el jazz a entornos universitarios. Pero también conecta con una cuestión que aparece constantemente en las conversaciones que mantengo con músicos y programadores: la dificultad para que los proyectos circulen entre comunidades autónomas. Cuesta ver propuestas catalanas en Madrid, proyectos andaluces en Cataluña o músicos gallegos girando con normalidad por el resto del Estado. ¿Por qué crees que ocurre?
La respuesta más sencilla es económica. Si nosotros queremos ir a tocar a Madrid, a Valencia o a cualquier otra ciudad donde haya programación estable de jazz, muchas veces los números no salen. Los cachés son muy bajos. Te ofrecen cien o ciento cincuenta euros por músico, tienes que desplazarte, buscar alojamiento y, al final, es muy difícil que la operación sea sostenible. Por eso estos movimientos suelen producirse cuando existen festivales con presupuesto o ayudas específicas. Las diferentes escenas acaban cuidándose mucho entre sí. La escena gallega se cuida a sí misma, la andaluza también, la madrileña igualmente y la catalana hace lo mismo. Yo siempre intento salir fuera. Aprovecho ayudas al desplazamiento cuando existen e intento mover el proyecto por otros territorios. Por ejemplo, en Jazz I Am, en Barcelona, vienen muchos grupos de todo el Estado. Pero esto siempre ha sido complicado. España es un territorio muy grande y desplazarse cuesta dinero. Yo conozco muy bien Portugal porque viví allí. Allí las dos ciudades principales están relativamente cerca y existe mucho más intercambio. Sin embargo, los músicos portugueses tampoco son demasiado conocidos aquí. Intento traer propuestas cuando tengo ocasión y generar intercambios, pero la realidad es que los clubes cada vez pagan menos. Antes se podía vivir mucho mejor de los conciertos en salas. Ahora es más difícil. Y cuando aparece dinero en una determinada región, también es lógico que los programadores quieran apoyar a los músicos de su entorno. Aun así, creo que la situación está mejorando. Comparado con hace quince años, hoy existe bastante más intercambio entre escenas.
Precisamente esa voluntad de intercambio es algo que aparece constantemente en los testimonios que voy recogiendo. En cierto modo, programas como Jazz en Ruta ayudan a compensar parte de ese problema, porque al menos facilitan recursos para los desplazamientos y permiten que los conciertos se realicen en condiciones dignas. Al final, la preocupación principal tiene que ver con la falta de estructura económica que garantice unas condiciones mínimas para los músicos. Pero volviendo a Tres Tambors, me gustaría que habláramos de la formación actual. Además de Roger Mas, ¿quiénes te acompañan en el grupo?
Al contrabajo está Marko Lohikari. Marco entró cuando formé la banda. Recuerdo que en aquel momento estaba tocando mucho con diferentes proyectos y me pareció la persona adecuada. Es un músico fantástico. Lleva años siendo el contrabajista del grupo y tiene una versatilidad increíble. Ahora mismo está desarrollando composiciones propias más cercanas al pop o al folk, pero puede tocar perfectamente en contextos abiertos, en jazz moderno o en cualquier otra situación. Y siempre con una sonrisa y una energía contagiosa. Eso es algo muy importante. Cuando alguien disfruta tocando, termina contagiando esa energía al resto del grupo. Además, con los años ha ido desarrollando recursos nuevos. Cada vez explora más texturas y sonoridades diferentes. Es maravilloso tocar con músicos que siguen sorprendiéndote después de tantos años.
Luego está Òscar Domènech. Òscar fue el batería de algunos de mis primeros grupos, cuando tenía dieciocho años y apenas estaba empezando. Es una persona muy tranquila fuera del escenario, pero cuando se sienta en la batería se transforma. Le das un poco de libertad y enciende todo lo que ocurre alrededor. Tiene una energía salvaje. Y eso es precisamente lo que me gusta de este grupo: que pasan los años y los músicos siguen siendo capaces de sorprenderte y de volarte la cabeza en cada concierto. Eso no tiene precio.
En cuanto a los conciertos que tenéis programados dentro de Jazz en Ruta, ¿cuáles son las fechas confirmadas?
Ahora mismo tenemos el concierto de Madrid, después el de Alcalá de Henares y más adelante el de Jazz en la Ría. Creo que el calendario queda así: Madrid, Alcalá de Henares, Jazz de Ría, Ciudad Real y La Bisbal d’Empordà, no recuerdo ahora mismo las fechas.
¿Todos están vinculados al ámbito universitario?
No exactamente. Jazz de Ría es un festival. El de Alcalá de Henares sí que se desarrolla en una universidad. El de Ciudad Real no lo conozco demasiado y el de La Bisbal d’Empordà tampoco sé exactamente dónde estará ubicado.
No quiero entretenerte demasiado, pero sí me gustaría preguntarte por la evolución musical del proyecto. Tienes tres discos publicados con Tres Tambors desde 2012 hasta hoy. En este último trabajo han pasado varios años desde el anterior por todas las circunstancias que comentabas. ¿Qué diferencias encuentras entre las composiciones de Suite Salada y las de Orangina? ¿Qué evolución percibes tanto en la música como en los propios músicos del grupo?
Este grupo siempre ha estado muy influenciado por determinados grupos de los años setenta. Pienso en Keith Jarrett, en Charles Lloyd y en toda una serie de músicos que me interesan mucho. Es un tipo de jazz que no se estudia demasiado en las escuelas y, como no se estudia, muchas veces tampoco se conoce. Son años que me gustan especialmente porque se mezclan muchas cosas distintas. En algún sitio leí que se hablaba de ello como una especie de art jazz, una música con un punto muy abierto, muy libre y, a veces, incluso un poco hippie. El primer disco estaba muy influenciado por esa estética. Había composiciones propias, pero claramente conectadas con ese universo. También estaba muy presente la influencia de Ornette Coleman, que es un músico que siempre me ha gustado muchísimo. De hecho, había una pieza titulada Ornette’s Museum.
Suite Salada fue una cosa distinta. Era una especie de homenaje a uno de mis discos favoritos de Keith Jarrett, The Survivor’s Suite. Yo quería mezclar dos mundos que forman parte de mi manera de entender la música. Por un lado, el mundo de la improvisación libre, donde muchas veces haces conciertos de cuarenta y cinco minutos o una hora completamente improvisados. Y por otro, el formato más habitual del jazz, donde interpretas un tema, luego otro, después otro…
Quería unir ambos enfoques. La idea era construir una suite donde las composiciones se fueran enlazando entre sí, conectadas por improvisaciones y por espacios de libertad para cada músico. Había una sensación de continuidad permanente. Y este último disco creo que lleva todo eso todavía más lejos. Las composiciones son más abiertas. Hay temas que prácticamente son una melodía y después se convierten en espacios completamente libres. Compositivamente es un disco que siento muy cercano a mi manera de hacer música. Es una mezcla de las cosas más improvisadas, más abiertas y más experimentales con algo que para mí también es fundamental: el groove.
Me gustan mucho las líneas de bajo con fuerza, el ritmo, la sensación física de la música, aquello que te hace mover la cabeza mientras escuchas. Y encima de eso me gusta colocar elementos más libres y formas de improvisar más arriesgadas. Hay un disco de Archie Shepp, Attica Blues, que para mí es un ejemplo fantástico de esa mezcla. Tienes bases muy cercanas al funk y al soul, pero por encima aparece Archie Shepp tocando de una manera absolutamente personal. Esa combinación me encanta. Y con los años el grupo ha ido asimilando todo ese lenguaje. Ahora estamos muy cómodos moviéndonos entre extremos. Podemos ir a lugares muy cerrados y estructurados o completamente abiertos. Y podemos pasar de un extremo al otro en cuestión de segundos. Eso me gusta mucho. La capacidad de estar haciendo algo totalmente libre y, diez segundos después, entrar en un arreglo perfectamente definido. Hoy en día somos muy capaces de hacer eso y, además, nos divertimos muchísimo haciéndolo.
Y ahí también aparece la idea de grupo de la que hablábamos antes. Al final son muchos años tocando juntos y eso genera un sonido propio.
Exactamente. Llega un momento en que el propio grupo te dicta cómo tocar la música. Ese sonido colectivo se convierte en una identidad. Y para mí eso siempre ha sido muy importante.
Hablabas antes de referentes históricos como Jarrett o Charles Lloyd. Si pensamos en músicos actuales, ¿quiénes son los artistas que hoy te hacen pensar: «Quiero escuchar todo lo que haga esta persona»?
No soy una persona que escuche muchísima música, pero hay algunos músicos que me impresionan enormemente. Por ejemplo, el saxofonista cubano Hery Paz. Me fascina la manera en que toca. Y después está Craig Taborn. Si Craig Taborn toca cerca de donde estoy, voy a escucharlo seguro. Dentro del ámbito del jazz más abierto me parece uno de los músicos más interesantes que existen actualmente.
Hace poco lo vimos junto a The Bad Plus y Chris Potter en esa gira inspirada en la música de Keith Jarrett. En Madrid fue una experiencia impresionante.
Yo los vi en Barcelona. Y sí, fue espectacular. Craig Taborn me parece un músico increíble. También me ha interesado siempre mucho Joe Lovano. Es un músico con una base muy clásica, pero al mismo tiempo se mueve con naturalidad entre contextos muy diferentes. Tiene una voz propia muy reconocible y una actitud musical que me parece ejemplar. Me interesan mucho los músicos flexibles, los que son capaces de moverse entre distintos mundos sin perder su personalidad.
Si nos vamos al terreno del free jazz y de la improvisación libre en España, que sigue siendo un ámbito bastante desconocido para buena parte del público, ¿qué músicos o proyectos destacarías?
Aquí siempre aparece una cuestión interesante: la diferencia entre free jazz e improvisación libre. No son exactamente lo mismo. El free jazz tiene unas raíces muy vinculadas a la tradición afroamericana y al desarrollo del jazz en Estados Unidos. La improvisación libre, al menos como yo la entiendo, tiene mucho que ver con lo que sucedió en Europa durante los años sesenta y setenta. Dicho esto, hay muchísima gente haciendo cosas muy interesantes. Por ejemplo, Sumrrá. No es exactamente un grupo de free jazz, pero es una formación muy abierta y con una personalidad enorme. Salar Nader, por ejemplo, me parece un músico fantástico. Hemos coincidido en diferentes proyectos y siempre me ha interesado mucho su manera de tocar. También está Baldo Martínez, que posee una creatividad impresionante y ha desarrollado proyectos muy especiales. O Julián Sánchez, que es un músico extraordinario y además un gran amigo. Con él he compartido muchos proyectos a lo largo de los años.
En la parte más vinculada a la improvisación libre hay nombres fundamentales. Hace apenas unas semanas estuve de gira con Wade Matthews, que para mí es uno de los músicos más interesantes que tenemos en este ámbito. Y también he tenido la suerte de tocar durante años con Agustí Fernández. Agustí es historia viva tanto de la improvisación libre como del free jazz europeo. Hay escenas muy activas repartidas por todo el país. Por ejemplo, en Sevilla existe el colectivo Hidden Forces, que organiza conciertos y actividades relacionadas con la improvisación libre y el free jazz. Y también hay músicos como Alejandro Rojas Marcos, en Jerez de la Frontera, que están desarrollando trabajos realmente interesantes.
Genial Albert. Muchas gracias por tu tiempo
A vosotros. Un abrazo.

