Es curioso cuando la excelencia se reviste de asequibilidad, y qué lujo cuando se hace viral y acaba siendo tendencia. Así empezó todo. Puntuales e indómitos, como si no hubiera pasado el tiempo. Entre guiños a Mancini (con citas a Pink Panther por medio), Joshua Redman se erigió portavoz del grupo desde los primeros compases del concierto. Sería por el tiempo que hacía que se no los veía juntos, pero todos mantenían un porte de digna naturalidad que auspiciaba la promesa de un acontecimiento sin fisuras, ajeno a todo lo que quedara fuera de la música. Así había de ser y así fue. A todo esto, caí en la cuenta de lo bajo que se sienta Mehldau al piano. Creo que cada vez lo hace más cerca del suelo. Él a lo suyo, a mantener las armonías, a enriquecer como sabe las canciones, a labrar su destino desde la solvencia de lo bien ejecutado y mejor pensado. Él es de esos músicos que sabe cuándo renunciar al primer plano, pese a que aquí hay un cuarteto democrático con el peso repartido. Todos ellos se saben deudores de una tradición, pero no renuncian a seguir la escuela que lleva al umbral de la posteridad, esa que conduce a la epifanía auditiva como regalo del oyente y satisfacción del ejecutante. Aquí, como era de esperar, hubo diversión a raudales. Redman jugó a los sobretonos, pero desde texturas sedosas, casi más difícil que cuando se sopla buscando tsunamis. Es cuando se descubre también que Brian Blade, él tan risueño siempre, toca al bies, como de soslayo, en una suerte de autoescucha para no perderse nada de la fiesta y ofrecer lo mejor de sí mismo, crítico como pocos con su ejecución. Llegó el turno de McBride, que ya tiene un lenguaje propio cuando traslada sus ideas a las cuatro cuerdas de su contrabajo. Es de esos músicos que entiende su trabajo como una misión, la de encumbrar de orgullo el arte de sus ancestros mientras enseña las delicias de los nuevos ritmos.
Joshua Redman barajó indistintamente el soprano y el tenor. En la segunda de las piezas apostó por el soprano, para hacer de “Floppy Diss” (escrita por McBride) una variante juguetona de las composiciones con las que nos sorprende a veces, tanto o más si comparte escenario con el fiel Mehldau (o es al revés, que el fiel es Redman). El caso es que desde bien pronto se acostumbró el auditorio a la estructura de intervenciones de saxo, piano, bajo y batería, por este orden. Blade se dejó ver para recordar por qué estaba ahí, con el resto de grandes, y fue arrollador. Luego se retiró para que el tema se cerrase de traca. Fue cuando vino el momento de la presentación. El saxofonista tomó la palabra para recordar que hacía exactamente treinta años que había pisado Barcelona por vez primera, una “soulful city” según su parecer (es la ingenuidad del visitante lo que habla), y que ya al año siguiente vino acompañado del resto de jóvenes leones. Atacaron entonces un “Moe Honk” en el que Redman alterno los arpegios con la fiereza de su todavía ímpetu juvenil. Como si fuera una película clásica de espías en la que los buenos se salen con la suya, todos se conjugan para ir en pos de un único fin, tal y como había sido deseo de su compositor, Mehldau: hacer fácil lo difícil, no rendirse al lugar común y, ya puestos, disfrutar de las vistas cenitales de esa maravilla arquitectónica que es el Palau de la Música. Extasiado andaba Redman con la techumbre y los detalles sobre sus cabezas. “Undertow” volvió a mostrar las dotes del saxofonista en lo que concierne a la escritura de canciones memorables. Con ella alcanzaron la hora de concierto, que cerró de nuevo Blade a la batería. Siguieron a lo suyo, con “The Shade of The Cedar Tree”, una temprana composición de McBride de sus años en Verve que también ha tocado con su Big Band y con Inside Straight. Digno heredero de Ray Brown, Milt Hinton y Ron Carter, por señalar unas referencias evidentes en su toque, el contrabajista de Filadelfia sobresale por su pulsión prístina, por un caminar dejando huella y por alimentar la melodía en cualquier altura de su mástil. Sin solución de continuidad, le tocó el turno a “Your Part to Play”, compuesta por Blade, en la que Redman echó a volar y el baterista persiguió ese vuelo con las mazas y un juego de disonancias que, milagrosamente, no lo parecieron en ningún momento. Todo fluye con naturalidad. Asunto peligroso. Luego uno se va a ver otros espectáculos y todos palidecen a la vera de estos cuatro jinetes del Cantar de los Cantares. Y es que no hay aquí apocalipsis ni armagedones, y sí mucho amor por el trabajo bien medido y de noble herencia. Música sensual en cualquiera de los registros y expresiones del grupo, lo suyo es un diálogo con los dioses, o al menos, el intento de recordarles que no lo hicieron tan mal cuando nos dejaron al amparo de las cuevas. Y hasta hoy.
Como no podía ser de otro modo, le llegó el turno al recuerdo del temprano MoodSwing, con el ataque a “The Oneness of Two (In Three)”. Alrededor de veinte añitos rondaban todos cuando Redman compuso la pieza. El saxofonista regresó al soprano y le inyectó un tremendo swing al tema, que hizo que el respetable no se percatara de que ya llevábamos más de hora y media de actuación. Y llegaron entonces los bises, dos, por si todavía quedaban incrédulos en la sala modernista, convertidos en sendas fiestas por el regalo ofrecido y por el recibimiento devuelto. El cuarteto recordó que en eso de los géneros no cabe conclusión, y se descolgaron con una memoria hecha gema musical de lo que supone el bebop bien entendido. Son portentos, los cuatro, sin excepción. Las caras del público así lo atestiguaban. Todos entendimos que estábamos presenciando un concierto histórico. Pocas veces puede vérseles juntos haciendo de las suyas. Cada uno conduce sus propios proyectos y es difícil hacerles coincidir. De ahí que el regalo fuera doble: el obsequio de su presencia y la melancolía por ser sabedores de la fugacidad del acontecimiento. Si Hemingway levantara la cabeza ya no diría aquello de ‘París era una fiesta’; cambiaría sin duda el nombre de la capital gala por el de una Barcelona que se convirtió por unas horas en un vórtice de energía cósmica para que ya a nadie se le ocurra pensar que las revoluciones sólo pueden llevarse a cabo con las armas. Bueno, si las armas son un saxo, un piano, un contrabajo y una batería, a lo mejor hasta yo me apunto al combate. Al salir por las puertas giratorias del Palau, uno no puede por más que reconocer que Cannonball sólo tenía parte de razón. Sí, se viven momentos de ensalzamiento de la mediocridad, pero quedan compensados con espectáculos como los que ofrecieron estos cuatro monstruos —en su etimología primigenia de rarezas, de extraños, de insólitos— del arte jazzístico. Si no regresan, alguien al menos habrá tenido la fortuna de tenerlos muy cerca y la fortuna de que la onda expansiva que provocaron esas dos horas haya interferido en su epigenética para alegría y disfrute de sus contemporáneos. ¿Dijo alguien que no somos afortunados?