Gerald Clayton -White Cities

Gerald Clayton -White Cities

Gerald Clayton -White Cities

22

MARZO, 2023

Nova Jazz Cava, Terrassa, 11 de marzo de 2023. Gerald Clayton “White Cities”

Gerald Clayton (piano, Fender Rhodes, Hammond B3) / Marquis Hill (trompeta) / Logan Richardson (saxo alto) / Jeff Parker (guitarra) / Joel Ross (vibráfono y batería).

Texto: Enrique Turpin

Fotos: Jazz Terrassa Festival

QUE NO CESE LA LUZ

Ya no importa que lo bello sea el principio de lo terrible, como proponía el poeta, porque para eso es precisamente lo bello, para quedarse a su vera, para regodearse en él y no rendirse a la evidencia de lo siniestro que acecha a la vuelta de la esquina. Por eso son importantes conciertos como el del Gerald Clayton Quintet, porque dejan constancia del acontecimiento y nos reconcilian con lo que está en el mundo para salvarnos, cuando no para hacernos mejores.

El grupo que acompaña en esta nueva singladura al pianista formado en Estados Unidos es toda una declaración de intenciones de lo que reivindica el último trabajo de Clayton (Utrecht, 1984) tras Bells On Sand (Blue Note, 2022). “White Cities” es un tributo musical al ilustrador Charles Wilbert White (1918-1979), inspirado en la exposición del artista en el LACMA de Los Ángeles, una completa retrospectiva que rastreó a principios de 2019 la carrera y el impacto de White en las ciudades a las que llamó hogar: Chicago, su lugar de nacimiento; Nueva York, donde se unió a causas sociales y ganó reconocimiento; y Los Ángeles, donde desarrolló su arte maduro y se convirtió en activista de los derechos civiles. La exposición incluía aproximadamente 100 dibujos y grabados junto con pinturas al óleo menos conocidas. Como dibujante, White se centró en imágenes de afroamericanos históricos y contemporáneos, representados en retratos ideales y escenas cotidianas. Elogió su dignidad, humanidad y heroísmo frente a la larga historia de injusticia racial del país y alentó a sus espectadores y compañeros artistas negros a proyectar su propia valía. White creó imágenes no violentas a pesar de las crecientes tensiones raciales; sólo a mediados de la década de 1960 se sintió frustrado por el lento progreso y comenzó a infundir en su trabajo alusiones a la continua violencia, pobreza y disparidad en la educación, la vivienda, el empleo y las oportunidades electorales. También para White la aspiración hacia la belleza fue un refugio para todo lo que de inhóspito tiene el mundo, sobre todo en lo que concierne a los desfavorecidos.

Para llevar a cabo el proyecto, a Gerald Clayton (piano, Fender Rhodes, Hammond B3) se le han unido Jeff Parker (guitarra), Logan Richardson (saxo alto), Marquis Hill (trompeta) y Joel Ross (vibráfono y batería), con los que ha formado un quinteto de ensueño y raigambre afroamericana, por si no quedaba claro que la cosa va de reivindicar. No sé yo si el color de la piel lleva implícita la lucha por los derechos humanos —eso de las razas ya se sabe que no tiene fundamento científico—, pero es posible que como descendientes de minorías sojuzgadas, sometidas y reprimidas algo sepan ellos de injusticias sociales. Se hizo énfasis desde el inicio del concierto ya en las palabras del siempre volcánico Valentí Grau, pero luego quedó constancia de la vindicación en la propuesta musical del seis veces nominado al Grammy, y, desde luego, en el texto de presentación que acompañaba la velada. En sus palabras, Clayton conjuga el doble sentido que atesora el apellido del ilustrador: las ciudades donde vivió White con las ciudades en la que prevalece una mirada sociocultural impregnada de blancura, un modo de recordar la opresión generalizada que lastraba todos los lugares donde vivió White, al tiempo que testimonia sus modos de expresión hermanados con el blues en lo que tiene de respuesta de la experiencia negra en un mundo blanco, de un modo semejante al que apuntara el escritor Colson Whithead en El ferrocarril subterráneo (2016), por señalar un hermano de armas del pianista.

No es menos cierto que el título del proyecto también hace referencia a la personalidad artística del propio Charles White. Los fundamentos de “White Cities” tratan de apresar el corazón y la mente del artista, más allá de los temas o mensajes evidentes en sus obras. Se trata de una exploración musical de la persona que creó esos mundos a modo de dedicatoria al hombre, al trabajo y a la fuente de inspiración que impregna la mirada de White y de lo que se oculta tras sus obras. Pero hay en todo ello un aire de retroalimentación, puesto que en la misión de transportar el alma del pintor se genera energía suficiente para apresar el brío del quinteto formado por Clayton para la ocasión. Un quid pro quo que supone la consagración de ambos procesos de retroalimentación.

La suite puesta en pie para propagar al mundo el muralismo del no siempre conocido Charles White es el reflejo musical de las cinco secciones en las que se divide la pieza Five Great American Negroes (1939), un mural de cuatro metros por uno y medio que resigue las ciudades por las que anduvo el talento de White a lo largo de los Estados Unidos, desde su Chicago natal, pasando por el New York más bullente, hasta recalar en la costa del Pacífico con el esplendor de Los Ángeles. No creo que el público que llenó la Nova Jazz Cava imaginara lo que iba a ofrecer el quinteto, pero sí podía captarse un cierto aire de inquietud por ser testigos de la empresa que ha emprendido el quinteto de Clayton, rebosante de inventiva y pletórico en la ejecución desde una personalidad múltiple ávida de mostrarse y poderosamente unificada. Las partituras corrían de arriba abajo, en la idea de que lo escrito es auspicio de lo improvisado. En este sentido, los vientos de Richardson y Hill fueron los más literales con las hojas firmadas por el líder, mientras que Parker y Ross mostraron mayor desapego dentro de la brújula que siempre marcaba el pianista.

Cada composición planteaba una melodía para cada una de las secciones del mural al óleo sobre tela de Charles White conservado en la Howard University Gallery of Art de Washington. Los temas avanzaban al tiempo que lo hacía el mural en toda su integridad, a fin de representar la doble experiencia de la lectura a primera vista de la pieza y la lectura detallada del mural en su totalidad. El hilo conductor tenía un doble motor: las características propias de las tres ciudades en las que vivió White y la visión del mundo que trasladó el artista plástico a partir de ellas. Un magnetófono accionado por Clayton desde el piano ayudaba a trasladar a la audiencia la sonoridad de cada una de las urbes, introduciendo las secciones antes de que el quinteto las defendiera de un modo ejemplar. En la Ciudad del Viento la inspiración llegó de la mano de Sojourner Truth y Booker T. Washington; en la Gran Manzana fue turno para Frederick Douglas; finalmente, en la Urbe del Sol Poniente se trasladó el interés a George Washington Carver, mientras hubo tiempo para un tratamiento de las afinidades que recorren a White y a su quinteto a partir de la sonoridades de “Hear Da Lamb’s A-Cryin” de la contralto y activista antirracista Marian Anderson, todo ello sembrado de sorpresas y sinestesias de izquierda a derecha entre lo pintado en el mural de Charles White y lo discurrido con lo imaginado por Gerald Clayton para estas “Ciudades Blancas” en las que White dejó su huella.

Pero quien sembró para tiempos venideros fue la hermandad que ha dado forma a este quinteto de lujo. La suite propuesta brindaba la posibilidad de ver en acción de forma simultánea un quién es quién en la penúltima hornada de grandes improvisadores del jazz contemporáneo. De las cadencias bluesísticas que venían del norte se desembarcó en la costa oeste y todo se lleno de disonancias dramáticas y superposiciones, activadas hacia la viveza que transmitía la gran urbe atlántica. La batería de Ross, minimalista pero efectivísima y los intercambios entre trompeta y saxo (se buscaba esa sonoridad, en ningún momento Richardson se apeó de su saxo alto) y las modulaciones repletas de oleajes producidas por la magia de la guitarra de Parker se conjugaron desde la libertad personal para ofrecer al líder un tapiz en el que dejar constancia de lo que supone todavía hoy ser herederos victimarios de aquellos tiempos de ignominia en los que, con evidencia flagrante, un ser humano subyugaba a otro por el simple hecho de tener una piel distinta, más víctima cuanto más distinta frente a la tiranía de la piel clara. El aterrizaje en Los Ángeles fue luminoso, a modo de cierre del periplo bioartístico del ilustrador.

Gerald Clayton se ha asociado con músicos comprometidos y despiertos a la observancia del mundo forjado con aquella urdimbre ignominiosa del racismo envuelto de codicia, violencia y envidia, cuando no de pura maldad; y lo ha hecho tal vez desde la preocupación por lo que queda por resolver todavía a estas alturas del mundo. Reivindicar la figura de Charles White es una forma de recordar que la evolución emocional del ser humano va más lenta de lo que podría suponerse. Es cierto que el amo jamás destruirá su casa con las herramientas que le son propias, como hubiese dicho Audre Lorde, pero se da el caso de que en asuntos jazzísticos, las armas con las que tratar de abolir el persistente estado de las cosas se han forjado en la mezcolanza. Son herramientas mestizas, dispares, heterogéneas, acrisoladas en una coiné cultural y musical que las hacen propicias para el derrumbe verdadero, ese que deja huella en los corazones y en las almas, no en las ruinas ni en los vertederos de intelectualidad caduca. Sólo por eso el concierto y la apuesta del Festival ya hubiesen valido la pena, pero es que hubo música, mucha música, y acaso de las mejores que pueden escucharse en la actualidad. Incluso pareció que el espíritu de Lester Young sobrevolaba el escenario. Y si no fíjense la próxima vez cómo Marquis Hill ladea su cabeza hacia la derecha cuando toca. Eso es más que un homenaje. Eso es una posesión en toda regla. 

A veces los ancestros escogen el mejor vehículo para expresarse cuando han escapado de los dominios de la física. Charles White corría por la sala, abarrotada como no podía ser menos, pero me gusta imaginar que por allí recalaron otros tantos espíritus indomables que utilizaron a la formación liderada por Clayton como médiums expresivos de sus mensajes imperecederos. Hubo un tiempo en que todo era oscuridad. Ahora la luz va ganando terreno. El bis en forma de espiritual, muy cercano a “There Is Music Where You’re Going My Friends” con el que se cierra Bells On Sand (Blue Note, 2022), propició la comunión final con un público ya ganado desde los primeros compases. En nuestra mano está que no cese la luz proyectada. No perderse conciertos de esta índole socorre en el empeño. Sin quererlo apenas, nos hacemos activistas vicarios de nobles causas. Y qué bien sienta, todo sea dicho.

Written by Enrique Turpin

Marzo 22, 2023

Kind Folk – Head Towards the Center  (Fresh sound New Talent, 2022)

Kind Folk – Head Towards the Center (Fresh sound New Talent, 2022)

Kind Folk 

Head Towards the Center  (Fresh sound New Talent, 2022)

19

MARZO, 2023

Kind Folk, Head Towards the Center (Fresh sound New Talent, 2022), John Raymond trompeta, fliscorno/ Alex LoRe, saxo/ Noam Wiesenberg, bajo/ Colin Stranahan, batería.


Texto: Ricky Lavado

Fotos: Fresh Sound Records

Una vez más, la serie Fresh Sound New Talent nos trae otra muestra de brillantez y buen gusto. Tras un silencio discográfico de cuatro años, la escurridiza y respetada unión, bajo el nombre de Kind Folk, de John Raymond (trompeta, fliscorno), Alex LoRe (saxo), Noam Wiesenberg (bajo) y Colin Stranahan (batería), regresa en 2022 con un segundo disco que sublima todas las virtudes de su debut para Fresh Sound (Why not, de 2018).

 

 

Head Towards the Center, grabado durante una única jornada de 2021 en Nueva York (precedida por dos ensayos en el apartamento de Noam Wiesenberg), es un trabajo plácido, luminoso, lleno de paz y con una sensación muy específica de huir de las prisas y la inmediatez.

 Cada miembro de Kind Folk tiene raíces profundas y largas trayectorias en la escena del jazz creativo moderno; como líderes, acompañantes, arreglistas y/o maestros; y esa experiencia se traspasa a su trabajo como conjunto. Pese a vivir en puntas opuestas de Estados Unidos, una reunión de un par de días en Brooklyn les basta y sobra para dar forma a un disco profundo, lleno de melodías sólidas, estructuras libres y compenetración instrumental que hace pensar en la telepatía. 

Todo en Head Towards the Center suena espontáneo, agradable, cero pretencioso; los cuatro (excelentes) músicos se dejan espacio unos a otros, las composiciones crecen de forma orgánica y libre, y un espíritu colaborativo que deja aparcados los egos impregna de principio a fin los cuarenta y cuatro minutos de duración de un disco cocinado para ser degustado con calma.

Las dos piezas improvisadas de Head towards the center brillan por sí solas; “Distant Signal” se construye sobre la solidez del contrabajo de Wiesenberg, que ofrece un colchón casi obsesivo de una nota para que sus compañeros vuelen por separado, mientras que la inicial “Where Am I” nos sumerge en un ambiente onírico con armonías que evocan a sonidos de la naturaleza. En contraposición a ese espíritu paisajístico, las dos composiciones aportadas por John Raymond (“Power Fall” y “Sweet Spot”) suenan concretas, emocionales, clásicas incluso; “Power Fall” con un sentido del groove que incita al baile, y “Sweet Spot” con un regusto nostálgico y sentimental cercano a la balada. La abstracción de filtro cinemático noir de “Mantrois” (composición de wiesenberg) o “Around, Forever” (firmada por LoRe), contrasta con la pulsión casi hard bop de “Mr. Hope”, versión acertadísima de Kurt Rosenwinkel. No tan acertada resulta la interpretación de “Between the Bars”, del malogrado y tristemente añorado Elliott Smith.

 Acercarse a canciones y artistas con un calado tan profundo y, en este caso, trágico, es de por sí un ejercicio tan osado como arriesgado; la línea entre el homenaje y la banalización es muy fina, y despojando a “Between the Bars” de la fragilidad cortavenas de la voz inolvidable de Elliott Smith, la adaptación de Kind Folk resulta una trasposición casi literal y un poco insulsa de una simple melodía. Vaya por delante que esto es una opinión tan personal como innecesaria; evidentemente no hay nada malo en esta versión de Elliott Smith, simplemente queda como anécdota dentro de un disco en el que todo lo demás brilla en la excelencia.

 

 

Written by Ricky Lavado

Marzo 19, 2023

Antonio Mazzei- Doug Weiss-David Xirgu CASA

Antonio Mazzei- Doug Weiss-David Xirgu CASA

Antonio Mazzei, Doug Weiss, David Xirgu. CASA

08

MARZO, 2023

Antonio Mazzei, piano/ Doug Weiss, contrabajo/ David Xirgu, batería. Álbum: CASA (Mazzei/Toussaint Records 2022). Artista invitado: Jean Toussaint, saxo tenor (track 10).

Texto: Enrique Turpin

NO HAY TEJADO SIN CIMIENTOS. LA POÉTICA DE ANTONIO MAZZEI

Antonio Mazzei ha convertido la ensoñación en una suerte poética con la que acceder a estados ilusorios en los que todo es posible. Casi de un modo accidental, se aprovecha de los hallazgos impresionistas de la Réverie debussyana para dar rienda suelta a su modo de encarar el piano desde la pura improvisación, haciendo del género algo más que un simple método de diálogo con la tradición para convertirlo en un verdadero ejercicio hermenéutico de aproximación a su esencia como compositor y artista.

Nacido en Caracas, este joven venezolano, que ha recalado en Barcelona tras su paso por Nueva York gracias a una beca para The New School for Jazz and Contemporary Music, donde estuvo bajo la tutela de Fred Hersch y Kevin Hays, es hoy profesor en el prestigioso Taller de Músics de la ciudad Condal. Desde ahí ha ido creando lazos profesionales con diferentes músicos de la escena internacional, sin olvidar el caldo de cultivo que bulle en la urbe mediterránea, síntoma de los buenos vientos que corren para las músicas improvisadas, minoritarias pero siempre en avance constante, abriéndose paso a veces con métodos de guerrilla, y con un público fiel despierto a propuestas como las de Antonio Mazzei, uno de los pianistas más relevantes de su generación desde sus años de formación en el Instituto Universitario de Estudios Musicales en Caracas. En 2009 se convirtió en el pianista principal del club de jazz más prestigioso de Venezuela, el Juan Sebastián Bar. Antes de dar el salto a la Gran Manzana en 2012, dejó constancia de su arte en dos grabaciones, Contrastes (2009) y  Trío+1 Live (2011), en los que ya dejó su impronta como improvisador sólido con un lenguaje propio lleno de promesas que hoy se han cumplido con creces, más allá del dominio de su instrumento o de la fluidez con que surgen las ideas en los momentos en que conversa desde el teclado, ya sea monologando, ya intercambiando pareceres junto a colegas y maestros de la talla de Paquito D’Rivera, Joel Frahm, Clarence Penn, Steve Khan, Rubén Blades, Juan Pablo Balcázar, Luisito Quintero, Jean Toussaint, Horacio Fumero, Will Vinson o Eva Fernández, entre otros, por no hablar de las sesiones en las que ha acompañado a Janis Siegel, Thalía, Camila Pérez, Luz Pinos o Nella.

El aficionado curioso tiene a su disposición varias grabaciones de Mazzei, pero nos detendremos en la Reveries grabadas en solitario en directo el 25 de febrero de 2016 en Villa Planchart, El Cerrito, Caracas (ahora disponibles desde wwww.antoniomazzeimusic.com) y Casa, un álbum a trío junto a Doug Weiss y David Xirgu, con la participación excepcional de Jean Toussaint, que también ejerce labores de producción, grabado en Barcelona los días 22 y 23 de enero de 2022 (Mazzei/Toussaint Records). Son los únicos de su discografía que, de momento, aparecen en Spotify. El primero de los discos sirve de presentación del universo del joven venezolano, que ya desde el inicio pone sobre la mesa un modo de encarar la interpretación desde múltiples ángulos, aunque prevalece una mirada introspectiva con apuntes que van desde una controlada emoción a pasajes de extrema belleza narrados desde la contemplación más sentida. Lo apuntado queda patente en la única pieza que no firma Mazzei, una versión preciosista desde la contención, dolorosamente hermosa, de “Somewhere Over the Rainbow” (Arlen-Harburg). La composición sirve a su vez de vehículo para mostrar las fuentes de las que bebe el pianista, con la escuela de Bill Evans y Fred Hersch a la cabeza. Precisamente al discípulo del maestro Evans va dedicado “Halves”, un tema que conjuga todos los mundo de Mazzei a través de la mirada de Fred Hersch. Queda de más traer a primer plano la figura de Keith Jarrett, pero aquí avanza su magisterio por la senda de Paul Bley, Abdullah Ibrahim, y más contemporáneos a nosotros, con el lirismo de Tord Gustavsen, Adrian Iaies, Giovanni Guidi o Marco Mezquida, sin olvidarnos del insoslayable Brad Mehldau o de su compatriota Edward Simon.

Las improvisaciones, también tituladas de ese modo en un par de ocasiones, rinden cuentas a los mundos del ensueño, las réveries que acarician al tiempo que acompasan los corazones de los más apegados a esos otros mundos oníricos que están en éste, como diría el clásico. En cuanto a “Dot Dance”, tal vez estemos ante la prueba de que Mazzei también tiene las claves del swing y le abre la puerta cuando considera oportuno, por más que su poética roce siempre la contemplación y el lirismo, como decíamos. El disco está lleno de pequeñas miniaturas —a veces se advierte el piano preparado— que se ensamblan para generar un todo con sentido pleno y recordarnos que el talento es algo que progresa con el tiempo, por lo que no hay que desfallecer si el latido de lo necesario se deja sentir a cuentagotas. Está ahí para quien tenga la osadía de ahondar en el misterio. En otras palabras, que no todo está perdido, y que si no se cae en la desidia, es posible dar con alegrías como las que ofrece Antonio Mazzei cuando persevera en pro de la belleza (y sí, somos conscientes de que el circuito de deslumbramientos se ha hecho diabólicamente disperso, cada día cuesta más acercarse a estas propuestas, si no es por el boca-oreja o por la serendipia con la que a veces sorprende el algoritmo musical, pero lo último es caer en el desaliento).

Por lo que respecta al disco a trío de Mazzei junto a Weiss y Xirgu, la apuesta sigue siendo el compromiso con la eternidad, por más que suene exagerado. Casa puede entenderse como una prueba del compromiso creativo de Mazzei con el arte jazzístico, además del abordaje en inmejorable compañía de la poética del trío entendida como un esfuerzo democrático sostenido con un objetivo común: lograr que tres mentes se alíen para resultar insustituibles, doblegando egos y ejercitándose en las tretas de guerrilla colaboracionista, único modo de apresar lo intangible que supone trabajar hacia un bien común. Casa es ese bien, doméstico, tibio, descansado, fortalecido por la familiaridad en el trato diario y sólido como sólo puede serlo un hogar que merezca ese nombre. Que vengan algunos invitados sólo ayuda a potenciar la atmósfera comunitaria del proyecto, dejando atravesar el umbral a lo que se ajusta a las normas establecidas en el lugar donde se habita. Llegan sin hacer uso del picaporte Joni Mitchell con una versión de “Both Sides Now” (versionada ya como standard desde Frank Sinatra a Herbie Hancock, pasando por Pat Martino, Hugh Masekela o Diane Reeves entre tantos otros) y Jule Styne con una relectura de “I Fall in Love Too Easily”, vía Chet Baker. Aparece el saxo tenor Jean Toussaint, alumno de Art Blakey en los últimos Jazz Messengers, que accede con placer a producir el disco y a firmar la nota de presentación, y juntos logran dejar constancia de la hospitalidad de Antonio Mazzei, así como de su sensibilidad a la hora de presidir una velada musical, dando cabida a lo heterodoxo con un ensamblaje sin estridencias, muy natural. Todo cabe cuando el anfitrión tiene la sensibilidad que aquí demuestra el pianista y líder del proyecto. 

Con miniaturas traviesas como “Perro” a una “Falsa Balada” que sólo tiene de falso el nombre, el último trabajo de Mazzei va creciendo en cada escucha hasta hacerse con un lugar privilegiado en la discoteca personal, bien flanqueado por las labores artísticas de Weiss y Xirgu, mucho más que meros acompañantes del proyecto del venezolano. En Casa prevalecen los tiempos lentos y medios, aunque no desentona en el conjunto algún tema como “Tirititero”, para explayo de la rítmica, o el blues de “Alicia”, donde Jean Toussaint pide paso con los modales del invitado. Para cerrar, el álbum trae una toma alternativa de “Esclavo de lealtad”, a la que el grupo ha añadido un par de minutos respecto a la versión definitiva, en la que el arco de Weiss y las tramas sónicas de Xirgu generan una atmósfera entre el sueño intranquilo y la meditación sostenida que conduce directamente a los dominios del silencio. Y es que a veces el silencio es más elocuente cuando la paradoja se instala entre él y el oyente con composiciones como la que ha gestado Antonio Mazzei. Con el dúo formado por la cantante Nella y él mismo se llega a esos mismos lugares de ensueño, como ya han hecho Romain Collin y Sachal Vasandani o Marco Mezquida y Sílvia Pérez Cruz.

Ya sea a piano solo, ya en compañía expandida como en su quinteto Count To Five (junto a Eva Fernández, David Xirgu, Juan R. Berbín y Juan Pablo Balcázar), a dúo o, como es el caso último que nos ocupa, a trío, Antonio Mazzei ha llegado para quedarse. Conoce el arte de crear mundos desde lo íntimo o desde lo colaborativo, y lleva años aprendiendo y apropiándose del magisterio de los grandes. Él nos ha invitado a su Casa. Oído lo oído, yo ya no tengo reparos en darle las llaves de la mía, para que entre y salga a discreción. Y que pise el felpudo de bienvenida cuando guste, oigan.

Written by Enrique Turpin

Marzo 08, 2023

Javier Colina & Albert Sanz – Sinhá

Javier Colina & Albert Sanz – Sinhá

Javier Colina & Albert Sanz

Sinhá

28

FEBRERO, 2023

Javier Colina, contrabajo y acordeón/ Albert Sanz, piano. Jamboree Club (BCN), 18 DE FEBRERO DE 2023

Sinhá (Youkali Music, 2021)

Texto: Enrique Turpin

Fotografía: Valentín Suárez

EL SABOR DE LA CANELA

 

Los antiguos esclavos designaban a la señora o patrona con el sobrenombre de sinhá, o , sinha o sinhara, que venía a ser semejante al tratamiento que los dolidos amantes del amor cortés profesaban a la amada inalcanzable: aquella midons, o mi señora que acudía como inspiración para sus versos desde el platonismo pero que deseaban trocar en epicureísmo puro. Porque de nada sirve la contemplación si no hay promesa de gozos sensoriales. Refrenar esos instintos es vanidad probada, como diría el Arcipreste, y ya se sabe a lo que conduce la antinatural propuesta célibe. Para qué decir más. Chico Buarque lo tuvo claro desde el principio cuando puso letra a la música de João Bosco De Freitas Mucci para dar forma a la Sinhá (Youkali Music, 2021), la que ahora Albert Sanz y Javier Colina han adoptado al lenguaje del jazz para titular su segundo esfuerzo por traspasar la emoción de la canción brasileña a sus universos particulares. Lo habían hecho ya en Sampa (Youkali Music, 2018), en aquella ocasión recuperando las músicas de Caetano Veloso, tras haber dejado constancia de su conexión desde que Albert Sanz montara su trío junto al legendario Al Foster en O Que Serà (Unit, 2015), fruto de los días de gira y grabaciones entre el pianista y el contrabajista poniendo rítmica al cuarteto de Sílvia Pérez Cruz, como en aquel preciosista En la imaginación (Universal, 2016) que vendría después.

Con el repertorio en vena y la alegría de compartir, aterrizó el dúo en el Jamboree barcelonés, cada vez más cerca del cielo cuanto más se baja a su cava. La sala era idónea para propiciar un encuentro íntimo entre los músicos y el público, a la distancia exacta para ser degustado como merece, en la medida exacta de los sueños que surgen a un palmo de nuestras narices. Y es que a veces los sueños cobran forma de un modo inesperado frente a nosotros, o a nuestro lado. Elegantes y discretos dentro de su maestría consumada, Sanz y Colina iniciaron el repertorio conjurándose a Chico Buarque, que era en esta ocasión la personalidad pretendida para obrar el milagro que ilumina los rostros del auditorio y restalla más allá de la Plaza Real, cuando ya reposada la vista, se rememoran las imágenes y su acompasan las vibraciones que insisten en no esfumarse, como si hubiera que dejar constancia física de lo acontecido bajo tierra en los rostros y las carnes. Las “Vibrações” del no siempre conocido Jacob do Mandolim se solaparon a la vibración del aire acondicionado, así que no hubo más remedio que pasar un discreto calor para que las melodías provenientes de ese país de tamaño continental se abrieran paso sin el esfuerzo que estaba suponiendo hasta entonces hacer llegar la propuesta al respetable.

El dúo repasó las composiciones de Sinhá, dejando claro que nada quedaría si no fuera por el trabajo de los compositores, verdaderos artífices de las músicas y melodías que reconstruían el valenciano y el pamplonica con la mayor de las solturas. En eso de hacer fácil lo difícil son verdaderos maestros, y volvieron a dar de nuevo una lección en toda regla de elegancia y compromiso, de pasión y esmero, de calidad y magisterio. La “Cantiga” que compusiera Cristovão Bastos, por mucho tiempo el pianista de Buarque, fue prueba de las sensibilidades afines que surgen cuando confluyen los objetivos: apresar la belleza por un instante y envolverla en notas para ensanchar los corazones, la sístole brasileña, la diástole española, y una cava que se ha agigantado en estos últimos tiempos, para hacer de ese espacio mítico una sala insoslayable en el panorama internacional de la música en directo.

El universo sonoro brasileño, tan rico y lleno de confluencias, como su propia gente, se fusiona de un modo natural en las ejecuciones de Sanz y Colina; y resulta natural porque antes fue natural la apropiación de ese mundo plagado de melodías y cadencias, de notas y ritmos, en el corazón de estos dos músicos humildes, que es lo que tienen quienes ya nada deben demostrar. Tras el primer encuentro a dos bandas que fue Sampa, ahora le ha tocado a Sinhá, y el resultado excede lo meritorio. El público así lo supo ver en los dos pases, con un lleno de la sala que hacía justicia al acontecimiento. De haber estado presente, Chico Buarque y su tribu hubieran aplaudido como lo hizo el auditorio. Pocas veces se ha visto una respuesta tan sincera a lo que ofreció el dúo. Colina, además, se desdobló en acordeonista en temas como “João e Maria”, o en “No assento do onibus”, para atacar sin solución de continuidad con el forró  de Luis Gonzaga titulado “O Xote das Meninas” a modo de blues y cerrar con un bis que recurría de nuevo a Chico Buarque y a Edu Lobo, esta vez versionando “Na Carreira”, escogida entre las composiciones de la primera degustación brasileña del dúo hispánico. Si alguien ha probado el “Doce de Coco”, sabe de lo que hablo cuando digo que la ambrosía palidece al lado de este manjar. Cuando Sanz y Colina tocan juntos saben a eso mismo: lo hicieron con esa composición de Jacob do Mandolim a medio concierto, pero el sabor se extendió hasta bien entrada la noche, todavía con el fresco recuerdo de lo vivido, luego convertido en memoria selecta de una velada para enmarcar en un escenario que ha ganado muchos enteros después de años de transición. Cuando falla el azul del cielo, la canela arregla el día, y esa sí que no falla nunca, ajena a las borrascas, como esta pareja de amigos unidos en la empresa común de hacer justicia a una música imperecedera. En ellos lo es todavía más. Que sea por muchos años.

 

 

Written by Enrique Turpin

Febrero 28, 2023

The Fresh Sound Ensemble – Common Threads (Fresh Sound New Talent, 2022)

The Fresh Sound Ensemble – Common Threads (Fresh Sound New Talent, 2022)

The Fresh Sound Ensemble – Common Threads (Fresh Sound New Talent, 2022)

06

FEBRERO, 2023

Que un sello discográfico alcance la titánica meta de cumplir tres décadas en activo es, en los tiempos que corren, un hito realmente admirable e inusual. Que dicho sello discográfico se dedique a un terreno tan poco favorecido por la industria musical como el jazz, convierte ese hito en una rareza absoluta que merece ser aplaudida. Si, además, hablamos de una discografía nada complaciente, volcada en el descubrimiento y promoción constante de talento joven en el jazz internacional, bien podemos usar el adjetivo heroico para describir el peso y trascendencia de una labor que merece ser celebrada por todo lo alto. Fresh Sound New Talent es ese sello, y a modo de homenaje, sin fanfarrias ni excesivo boato, la publicación del disco conmemorativo Common Threads (firmado por The Fresh Sound Ensemble, colectivo formado para la ocasión) sirve como excusa perfecta para pararse a reflexionar sobre estos treinta años de excelencia musical e inquietud artística inagotable.

 

 

A la hora de celebrar un aniversario así de importante, son muchos y muy diversos los enfoques que Fresh Sound podría haber elegido: su catálogo está plagado de nombres mayúsculos y consagrados del universo del jazz de las últimas décadas, y la cantidad de grabaciones fundamentales (o prácticamente desconocidas y a la vez históricamente relevantes) que llevan el sello de calidad Fresh Sound suponen un fondo histórico digno de un museo. Pero, siendo fiel al irreductible empeño de mirar siempre hacia el presente y futuro en vez de regodearse demasiado en los laureles del pasado, que de forma tan notoria supone el pilar filosófico fundamental de Fresh Sound; el director y motor principal del sello, Jordi Pujol, tomó la decisión de enfocar este disco conmemorativo de la manera más coherente posible: dando voz a representantes del momento actual del jazz contemporáneo.

La idea resultante para dar forma a Common Threads fue la de involucrar a jóvenes talentos de la escena británica emergente, todos ellos voces refrescantes en el panorama jazzístico contemporáneo, y reunir a los músicos en un proyecto cooperativo. El saxofonista de Bristol Alex Merritt fue el elegido para encargarse de las labores de producción y coordinación del proyecto. Ante tal honor (y responsabilidad), el propio Merritt manifestaba: “Como muchos músicos de jazz de mi generación, he estado escuchando los álbumes de Fresh Sound New Talent desde que era un adolescente, y siempre me ha encantado el sonido, la estética y el estilo de sus discos. El sello tenía una integridad que admiraba incluso cuando era un músico joven, y rápidamente me enamoré de gran parte de su producción de los años 90 y 2000”.

La grabación de este emprendimiento cooperativo se realizó en dos sesiones: el 11 de agosto y el 6 de octubre de 2022 en los estudios londinenses Porcupine, con Sam Braysher, Ronan Perrett, Alex Hitchcock, Alex Merritt, Michael Chillingworth, Steve Fishwick, Tom Ollendorff, John Turville, Conor Chaplin y Jay Davis. Adele Sauros, que viajó desde su Helsinki natal para tocar en la primera cita, ejerce de invitada de lujo (y regala, además, dos de las composiciones más interesantes del disco; las fantásticas “Erased” y “Simplicity”). Cada artista ofrece composiciones propias para Common Threads, en otra muestra de la filosofía principal de Fresh Sound: para celebrar sus treinta años, el sello prefiere publicar música nueva en vez de regodearse en labores de buceo dentro de su inacabable catálogo, lo cual es de agradecer. El resultado final de este proceso de interacción y generosidad entre algunas de las voces más interesantes (y jóvenes) del jazz británico actual es, como no podía ser de otra manera, un caleidoscopio de estilos, sensibilidades, inquietudes y sonoridades que resulta en todo momento fascinante.

Written by Ricky Lavado

Febrero 06, 2023

Perico Sambeat Atlantis (Karonte, 2022)

Perico Sambeat Atlantis (Karonte, 2022)

Perico Sambeat

Atlantis (Karonte, 2022)

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SEPTIEMBRE, 2022

Perico Sambeat, saxo alto y flauta/ Fabián Almazán, piano/ Pablo Menares, contrabajo/ Rodrigo Recabarren, batería. Atlantis (Karonte, 2022)

Texto: Enrique Turpin

Foto de cabecera: José Luis Luna Rocafort para Tomajazz

Fotos: Vilma Dobilaité

Quien diga que las leyes del mundo no están regidas por el azar habrá de reordenar su mundo para no imaginar encuentros como los que han hecho posible este Atlantis de Perico Sambeat, que con tan buen tino ha producido él mismo para el sello Karonte, siempre dispuesto a dar cabida a los empeños más heterodoxos e insobornables de la escena española, con ramificaciones allende los mares, que osados son muchos, y no merece desaprovechar oportunidades para darles voz.

 

 

Había una vez un seminario de jazz en Almendralejo que reunió en 2019 un cuarteto formado por el saxo alto y la flauta de Perico Sambeat con un trío compuesto por Fabián Almazán al piano, Pablo Menares al contrabajo y Rodrigo Recabarren en labores de batería. Tres nacionalidades hermanadas por unas sola patria, el jazz. El piano cubanísmo del joven Almazán se unía a la pareja chilena de Recabarren y Menares, éste último presencia insustituible en las formaciones de Melissa Aldana desde los tiempos del Crash Trio (Concord Jazz, 2014). Apunta Jorge García en las ejemplares notas que acompañan como libreto la grabación de Sambeat que Atlantis “puede ser también una referencia al vínculo marítimo que une al saxofonista con el trío rítmico”, y no debe faltarle razón, aunque cabe sospechar para suponer que lo atlántico es más un estado de ánimo que un espacio físico: también hay atlantismos en el Mediterráneo, no en balde tenemos media península bañada por sus aguas, y algo de él se cuela por el estrecho de Gibraltar, por suerte, si no esto sería insufrible.

El mismo año de la presentación en sociedad, el grupo recaló en septiembre en los Estudios Milenia de Valencia, cuna del líder (Godella, Valencia, 1962), y fijaron para la eternidad ocho composiciones de largo aliento (rozan los siete minutos de media) en las que dejan entrever que su arte debiera tener oportunidad de nuevos encuentros. Con excepción de “Lem”, compuesta por Menares, suponemos que como homenaje al escritor polaco de futuros inciertos, y “Forlane”, una relectura de la balada prodecente de Le Tombeau de Couperin de Ravel, con ecos de la versión que Hubert Laws hiciera para su disco Romeo & Juliet (CBS, 1976), el resto de piezas vienen firmadas por Perico Sambeat, más dueño de su arte que nunca.

Cuentan que la atmósfera del disco le vino a Sambeat convocada por un sueño, como ha pasado con otros artistas, desde el “Purple Haze” de Hendrix al “Let It Be” de los Beatles, desde el “Everybreath You Take” de The Police al “I Can’t Get No (Satisfaction)” de los Stones. Esa melodía lleva por título “Somnis” (‘sueños’ en catalán) y deja constancia de su onírico origen, al tiempo que marca el tono de la grabación, con ese aire de ensueño y la seña aflamencada que acompaña a Perico como carga genética de su música (Ahí anda Ademuz o la Flamenco Big Band para corroborar lo evidente). El tema sirve a su vez para presentar al grupo que acompaña al valenciano, una suerte de rítmica de ensueño que potencia lo que de por sí ya ofrece la música del líder: acomodo a las raíces, arrojo por lo indómito, reactualización de vías clásicas y alardes de genio creativo. Aquí lo andalusí, que no lo exclusivo andaluz, se nutre de aires de otras latitudes, pero todo encaja a la perfección gracias al buen ajuste del cuarteto, la formación más querida por Sambeat para desarrollar su arte, aunque el quinteto que montó en Friendship (ACT, 2003) tira de espaldas, por no hablar del trío impagable que forma junto a Javier Colina y Marc Miralta.

El disco avanza con un homenaje al tenor Henderson, en forma de composición homónima. “Joe” contiene trazas hardbopianas y ritmo latino, con un Almazán desbocado con el deje de barroquismo cubano que sigue el rastro de la familia Valdés, sin llegar a lo volcánico. La composición viene de lejos, pero es la primera vez que Sambeat la fija en una grabación. Lo energético se hermana con lo sutil, y sirve para presentar las dotes de Rodrigo Recabarren, que también ha participado en proyectos junto a Javier Vercher, otro valenciano ilustre que en este disco firma además algunas de las fotografías de la carátula (la foto de portada corre a cargo de Maya Sambeat, todo queda en casa).

Aunque el disco rezuma atlanticidad por los cuatro costados, eso no impide que se transgreda la geografía que habita en él y se viaje al Pacífico Sur -homenaje para recordar la tierra mítica de la proceden los habitantes de la Isla de Pascua, como cuentan las crónicas legendarias que hablan de “Hiva”-. En compás ternario, la pieza introduce otro de los instrumentos que Sambeat maneja a la perfección: la flauta. Pocos, excepto Jorge Pardo, pueden seguirle los pasos a su disposición lírica. La composición sigue una estructura circular, dejando espacio para el progreso armónico y se incluyen en ella una percusión de palmas que ahonda en el aire flamenco que jamás abandona el disco. El pianismo de Almazán se torna obsesivo, y por momentos se acerca a un estado de trance por el que deambular a gustos para dejar aflorar esencias que vienen de muy adentro. Tal vez para preparar el camino a “Leviatán”, otro título mítico, en esta ocasión haciendo honores al monstruo marino bíblico del que sólo conocemos la versión masculina par evitar la procreación y así quedar libres del mal infinito que supondría su estirpe. Los ecos de Ornette Coleman son evidentes, así como la mirada Post-Bop, con Almazán guiñando un ojo a los Beatles (cita animosa de “With A Little Help From My Friends”) mientras se congracia con la disonancia free.

“Forlane” sirve de remanso baladístico para atacar la parte final del disco. En claro homenaje a Ravel y Le Tombeau de Couperin, la pieza muestra toda su elegancia y lirismo con unos ejecutantes dueños de su arte, congraciados con una conexión más allá de lo cómplice. Marco Mezquida ha hecho su propia lectura del universo del músico vasco-francés, pero se olvidó de esta hermosa composición. Ser clásico es eso, ser eterno, contar en cada momento algo nuevo desde un lugar que ya nos pertenece a todos. Ahí Ravel gana por goleada. Y Debussy no le va a la zaga, por poner otro ejemplo de creador afín a los tiempos actuales.

Con la idea de finura y tersura surge “Alisios”, un tema que rinde memoria a esos vientos de carácter delicado y amable, de fuerza mesurada, que soplan con regularidad de noreste a suroeste, y conservan una languidez regular que los hace necesarios para cualquier ruta –emocional o física- que se emprenda. Se trata de un medio tiempo en ritmo 12/8 que sirve de preámbulo a la gamberrada hardbopiana de “Rabbitt Dust”, energética y divertida, muy à la Lee Morgan. Arranca de súbito con un ataque a saxo solo que desemboca en un alarde rítmico muy jocoso y animado. La vena lúdica da paso a un último remanso melódico, donde Menares, tras las intervenciones de Sambeat y Almazán, ofrece su solo más melódico de todo el conjunto. 

Pero Atlantis no es únicamente una concatenación de piezas que pudieran servir de excusa para montar un disco en honor a su líder. Con llevar eso por bandera, lo que en verdad muestra este magnífico álbum es que todavía queda espacio para la esperanza cuando cuatro espíritus libres se conjugan para crear al unísono y ofrecer al mundo lo que son en este momento de sus vidas. Han pasado tres años desde que entraron en el estudio. Perico Sambeat acaba de cumplir sesenta años, y uno imagina que las cosas pueden cambiar mucho en tres años. En el caso de este cuarteto al que se le augura larga vida, esas cosas sólo pueden ir a mejor. ¡Salve!

Written by Enrique Turpin

Septiembre 12, 2022

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